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Capítulo 8

Don Arístides Sobrido estaba en su despacho ocupado en organizar la fiesta en que había de ser entregada a los boy-scouts una bandera bordada por algunas damas de la ciudad. Tenía que idear todos los detalles de la ceremonia, le era preciso interesar en la fiesta a las autoridades, redactar sueltos para los periódicos, pedir tiendas de campaña a la Intendencia Militar, preparar una arenga… El cerebro del señor Sobrido, como el de cualquier grande hombre que se encontrase en trance análogo, funcionaba a muchas atmósferas de presión, cuando la criada rompió sus meditaciones para anunciarle:

– Está aquí un explorador que desea verle.

– Que pase- concedió don Arístides moviendo apenadamente la cabeza en ese gesto que quiere decir: “no le dejan a uno!…”

Y apenas había concedido su venia aparecieron en el vano de la puerta, tiesos, con la mano derecha sobre el corazón y el sombrero Baden Powel sostenido a la espalda por el barboquejo, los tres palmos de estatura que componían la persona de Tintín Ampudia, primer premio de aplicación en el Colegio de San Antonio.

–  ¿Qué te trae, Titín? –preguntó con repentino aire de tedio el señor Sobrido-

– Vengo, porque…; una desgracia…, ¿sabe usted?… Pasaba yo por ahí, por las afueras…, cerca de la Plaza de Toros, y encontré a unos chiquillos que estaban atormentando a un pobre animal…; que iban a matarlo… Si no es por mí, acaban con él ahí mismo… Y fui yo…, fui yo y les di una peseta que me había dado mi papá… Porque eran muchos, y no podía quitárselo…

– Muy bien, Titín –alabó sin gran efusión don Arístides-; me gusta que tengáis buenos sentimientos y que protejáis a los débiles. Ya sabes que es una de vuestras obligaciones.

– Sí, señor. Está en el libro.

– Así es. ¿Traes ahí el pajarito ese?

Tintín había ido ya cuatro o cinco veces a perturbar las tareas de Sobrido para llevarle gorriones o golondrinas que rescataba de las crueles manos de los pilluelos.

     Pero esta vez dijo el explorador:

– No, señor; no es un pajarillo.

– ¿Qué es, entonces?

– Mírelo usted.

– ¿Dónde?

Solo entonces reparó Sobrido en una masa color barro que temblaba fuertemente a los pies de Titín.

– ¡Dios mío, una cabra!- exclamó.

– No es una cabra, don Arístides: es un perro.

– Nadie lo diría- aseguró el excelente hombre-; en mi vida he visto un animal más feo y sucio. ¡Infeliz!

– El rabo viene aparte- explicó Titín, dejando sobre un silla algo envuelto en un periódico-, porque se lo habían cortado ya.

– ¡El Señor nos valga!

– Si no aparezco yo- siguió el chiquillo, con la sana alegría de su acción- lo hubiesen matado. Lo iban a ahorcar. Entonces fue cuando les di la peseta.

– Está bien pagado- gruñó Sobrido, ya porque el can se le antojase una birria, ya porque temiese que el boy-scout abrigase la intención de pedirle los cuatro reales-. Está bien pagado. Seguramente nadie daría más, amiguito.

     El premio de la aplicación continuó:

– Y como mis papás no quieren animales en casa, dije yo: “se lo voy a llevar a don Arístides”.

– Claro, claro- gruñó el favorecido-; no me parece mal, no me parece mal… Ahora que…, no vaya a ser el diablo… ¿Tú te enteraste de si está rabioso?

– ¿Rabioso? No señor. Cuando están rabiosos se les conoce en seguida. No hay más que cantarles: “Marcha can; -marcha can; -agua clara- te darán”, y como no pueden ver el agua, se escapan corriendo.

El jefe de los exploradores se mesó su barbita de chivo. ¿Cómo se le dice que se vaya enhoramala con su puerco y moribundo perro a un boy-scout al que se le ha enseñado a amar a los animales? Don Arístides le alargó la mano como un hombre.

– Has cumplido, Titín. Te felicito. ¡Siempre adelante, hijo mío!

Titín le agitó la mano como si tocase una campanilla, y se marchó.

– ¡Eusebia!- gritó Sobrido, apenas se hubo cerrado la puerta-. Llévate de aquí a este montón de inmundicia.

Pero Eusebia cantaba un cuplé a grito herido en un lejano lugar de la casa, y no acudió. Arístides miró al montón de inmundicia y el montón de inmundicia le miró a él con los tristes ojos de los animales castigados. Luego, acaso transido de gratitud, se acercó arrastrándose, con el tierno propósito de rozarse con los pantalones del caballero.

El caballero apartó su sillón de la mesa, recelosamente, para ponerse en pie.

– ¡So! ¡So! ¡Chucho! ¡Pobrecillo él!- aduló Sobrido.

Y volvió a gritar, mientras daba la vuelta alrededor del mueble.

– ¡Eusebia! ¿No oyes, Eusebia?

Cuando la criada apareció, la paciencia del jefe de los exploradores estaba a punto de agotarse y su labor personal había sufrido una gran merma. Así, no es de extrañar que, libre ya de la amenaza del perro mutilado, cuando volvió a su labor y se vio nuevamente interrumpido en ella por el canto de la criada, la volviese a llamar para notificarle con el conminatorio acento de las grandes decisiones inquebrantables que “aquello era ya demasiado” y que “en su casa no cantaría en lo sucesivo nadie más que él”, aunque esto no quería decir de ningún modo que alguien hubiese de oír nunca entonar una nota a un ciudadano embargado de continuo por tan graves preocupaciones.

La criada opuso tranquilamente a aquella admonición.

– Si es así, ya puede buscar el señor otra para mi puesto, porque yo me voy. De todas maneras, pensaba hacerlo, y tanto da un día como otro. Pienso ser cupletista.

Y se fue, mientras don Arístides pensaba, con desesperación, que se hacía esperar demasiado el triunfo de Alemania, ya que, cuando Alemania hubiese vencido, no serían posibles muchas cosas que entonces amargaban la vida de los españoles amantes del orden: que le llevasen al hogar un perro sarnoso, que una criada se dedicase al cuplé…

Ya fuese, en verdad, porque todavía no se hubiera impuesto el espíritu teutón al mundo, ya por otras razones menos comprensibles, lo cierto es que de las oscuras cuevas de las porterías, de entre el vaho sofocante de las cocinas, de los obradores donde las muchachitas se inclinan, aguja en mano, sobre la policromía de las telas, ríos de juventud afluían a los escenarios del “género ínfimo”. Aquella que tenía un lunar estratégico, una naricilla graciosa, un talle flexible, o algo menos que todo esto: un diente de oro, se lanzaba a cantar o a bailar con el mismo rabioso afán de ganancias que los vendedores de cereales. Se incrustaron en los teatros, invadieron los cines, asaltaron los cafés, se apelotonaron en los carteles de atracciones de las casas de juego, densas, estólidas, perfumadas indiscriminadamente, contorsionándose como lagartijas o gritando que “eran las más bonitas de Andalucía”, o que “su madre era una maja de Maravillas”. ¡Patética marea de ansiedades, cañaveral de piernas bonitas que caminaban hacia la conquista del “auto” y del bocadillo de jamón, y en el cual el viento de los trombones silbaba cazurramente! Al firmarse la paz, cayeron en montones en la nada, como caen las moscas, al llegar el invierno, ante las puertas cerradas de los establos.

Esta muchedumbre juvenil tenía sus parásitos: agentes, musiquillos de ocarina, urdidores de “letras” para los cuplés.

Jorge Pons se alistó entre ellos y acertó el tono increíblemente estúpido, manicomial, de aquellas composiciones. Pero el insigne proyectista quiso reforzar los no muy copiosos ingresos que obtenía con tal trabajo, y jugó. Entonces era casi imposible sustraerse a esta tentación, porque las casas de juego eran tan numerosas como los bancos, o quizá más, y esto convenía a aquellos tiempos en que la impaciencia de enriquecerse se clavaba como una espuela en el espíritu. Jorge Pons jugó y perdió, aunque él había estudiado una martingala con la que las probabilidades de ganar aumentaban considerablemente. Nadie puede extrañarse de que aquel hombre, aligerado de la última peseta, llegase a la tertulia del café del Siglo hosco y taciturno, después de un largo y solitario paseo en el que consideró el fracaso de su “combina” con la amargura con que se enjuicia la ingratitud de una mujer amada.

Llegó al café y sentose en un extremo del diván. Sombríamente. Eran ya las doce de la noche y los parroquianos tan solo ponían en el local las oscuras manchas de cuatro o cinco grupos.  En el que presidía don Amado Casal, dialogaban ya lánguidamente el mueblista Suárez, Medina y el ex conserje del Colegio de San Antonio. Un tema se iba adelgazando para morir, cuando Suárez dijo:

–  Bueno, Medina, ¿y por qué no nos lee usted ahora esas cuartillas?

Medina hizo un gesto recomendándole discreción.

– ¿Qué cuartillas son esas?- preguntó entonces don Amado.

–  ¡Nada…!- despreció modestamente el joven escritor-. No haga usted caso.

– ¿Cómo que no?- saltó el mueblista-. Si iba usted a leérmelas cuando vinieron los demás…

– ¡Ah!- hizo Casal-. ¡Si nosotros no merecemos su confianza…!

Medina pareció de repente muy afligido .

–  ¡No diga usted eso, don Amado! En verdad, tengo en el bolsillo un cuentecito que escribí para El Eco… Pero… no vale nada… No voy a molestarles con…

– ¡Vamos, vamos!- sonrió el ex conserje-. ¡Sáquelo usted!

Una mano de Medina se deshizo hacia el bolsillo izquierdo de la chaqueta, pero debió de ser sin el consentimiento de su propietario, porque su propietario continuó aún durante algunos minutos insistiendo en que “aquello” no merecía ser leído y que únicamente se decidiría si don Amado interpretaba su negativa como una falta de confianza. ¿Había hablado en serio don Amado? ¿Sí?… Entonces, naturalmente, no podía vacilar un instante e iba a “amargarles la noche”. Pero la culpa no era suya, ¿eh? Esto era todo lo que le importaba hacer constar: la culpa no era suya.

Extrajo las cuartillas. El ex conserje tuvo entonces la inoportunidad de hablar de una fiesta celebrada en el colegio, en la que el director del Instituto había leído también un trabajo “que… ¡vaya un primor de trabajo!… El buen hombre intentó recordar algunas frases  recitó seis o siete oraciones vulgares, que habían quedado colgadas en su memoria, como –en las aulas- los macacos de papel que los alumnos arrojaban al techo pendientes de un hilo. Luego le acometió la duda de si realmente había sido el director del Instituto o el catedrático de Química, “un tal don Manuel, que valía mucho”… Medina esperaba con las hojas nerviosamente apercibidas. Al fin preguntó, sin contenerse, temiendo que llegase la hora de cerrar el café:

– ¿Leo o no leo?

Sí, sí: todos le escucharían encantados. El mismo ex conserje cortó su edificante evocación sin enojo alguno y dijo: -“¡Venga!”, con un ansia que parecía sincera. Medina advirtió:

– Es un episodio de la guerra.

Carraspeó. Anunció con prisa nerviosa:

– Se titula El pequeño héroe.

– ¿Cómo?- preguntó Pons, que estaba un poco lejos.

El… pequeño… héroe– replicó Medina casi silabeando.

– ¡Ah! Había entendido El pequeñorro.

Todos rieron, menos Medina, que se limitó a fruncir la comisura de los labios. Pepe, el camarero, se acercó al grupo para escuchar. Temiendo nuevas interrupciones, el joven comenzó a leer sin otros estímulos, en tono que no tardó en hacerse enfático y solemne.

En una provincia francesa, la vanguardia de los invasores había llegado a cierto lugar donde existía una granja, y una patrulla se albergó en la humilde casita. Inmediatamente, los soldadotes habían cargado sus pipas con un tabaco nauseabundo y comenzaron a fumar. El descubrimiento de un barril de cerveza en una habitación de la casa daba lugar a un escena frenética de alegría. De pronto, el sargento que mandaba la patrulla imponía silencio con un ademán, y mirando con ojos terribles a la dueña de la granja, ordenaba:

– ¡Dinos dónde están los franceses! ¡Tú sabes dónde están los franceses!

La pobre mujer se ponía densamente pálida. Los franceses se habían marchado, en efecto, aquella mañana, hacia la derecha, por un desfiladero; pero la mujer- que en este punto de la narración ya estaba lívida- se aferraba a un silencio desesperado y tenaz. Medina hacía constar escrupulosamente que en sus ojos “lucía un fuego sombrío”. Entonces el sargento por una pierna al pequeño René, hijo de la granjera, que apenas tendría siete años, y le arrastraba hacia sí, “con una mueca de sarcasmo”.

– ¡Este será el que cante!

Y le interrogaba:

– ¿Dónde están los franceses?

El chiquillo sin pestañear, secundaba el materno silencio. El teutón le apoyaba la punta del sable en la garganta y rugía:

– Por cien bombas de mano!… ¿Tendré que matarte?

Y el pequeño René, inmóvil ante el centellear del acero, afirmaba:

– ¡Máteme, yo no vendo a mi patria!

El ex conserje interrumpió admirado:

– ¡Caray! ¿Dijo eso?

–  Sí- sostuvo Medina, releyendo-; dijo: “Máteme: yo no vendo mi patria!”

– ¡Muy bien, muy bien!- apoyó entre dientes don Amado.

Pero los invasores no ignoraban que el pequeñuelo había servido de guía a los franceses y querían a todo trance obtener su declaración. Helos ahí poniendo en práctica la espantosa idea de acercar los desnudos piececillos del héroe “al alegre fuego del hogar”… Se difunde por la estancia un fuerte olor a carne quemada, los ojos del niño se extravían con el dolor…; pero él calla. Las llamas prenden súbitamente en su trajecito…

– ¿Se dice “trajecito” o “trajito”?- quiso aclarar el camarero, que oía atentamente.

– Trajecito, bestia.

Pues bien: comenzaban a arder sus ropas. Entonces le soltaban y aun permitían que la madre le curase. Mas era tarde ya: el niño agonizaba. Al amanecer el nuevo día se oyen disparos. Son los franceses que vuelven. La patrulla alemana es batida y mueren todos los feroces soldados. En su alcoba, René escucha la Marsellesa que cantan los triunfadores, y abre sus ojos, “en los que ya se veían las sombras de la muerte”. Pero suenan pesados pasos y tintineo de espuelas: el general francés y el abanderado, que ya conocen la historia de lo ocurrido, vienen a felicitar al pequeño héroe. René alarga sus manitas hacia la bandera, la abraza y expira. Todos se descubren, hasta dos soldados rasos que habían quedado en la puerta. El general, entonces, arranca de su pecho la cruz de la Legión de Honor y la prende en la camisita del niño.

–   ¡Qué atrocidad!… ¡Qué fuere es eso! Expresó sinceramente Suárez, con los labios fruncidos por un gesto de lástima.

– ¡Esa, esa es una raza! – exclamó el señor Casal, entusiasmado con aquella narración, en la que Medina había exprimido sus reminiscencias de los cuentos escritos después de la guerra del 70- ¡Esa es una raza! Ahí se ve el individualismo latino. Un arrapiezo alemán le hubiese preguntado a su padre, por disciplina: “¿Lo digo o no lo digo?” Y este, ¡zas!, se deja achicharrar desde el primer momento, el pobrecillo.

– ¡Lástima que no haya sido verdad, para hacerle un monumento a esa criatura!. Se dolió, conmovido, el ex conserje de San Antonio.

– ¡Está muy bien, Medina!- insistió Casal.

Y el joven, guardando las cuartillas, atenuó, con modestia:

– Es original, por lo menos.

Y procuró oír lo que decía Pepe, el camarero, que estaba repitiendo la historia a unos parroquianos. Suárez gimió, en un momento de pesimismo:

– ¡Y pensar que, si Dios no lo impide, esos bárbaros terminarán por entrar en París!

Don Amado afirmó enérgicamente:

– ¡No entrarán!… Todas las naciones cultas intervendrán para impedirlo.

Entonces ocurrió algo inesperado. Pons dejó lentamente su taza sobre el platillo, se echó hacia atrás en el diván y habló:

– Lo que hay que hacer es dejarse de platonismos. La Libertad y el Derecho están en peligro. Los hombres que amamos el Derecho y la Libertad tenemos ya nuestros puestos designados.

Y pronunció, solemnemente, entre el estupor de todos:

– Yo voy a marchar a la frontera francesa.

Columpió una pierna, con un aire de naturalidad encantadora, mientras los asombrados ojos de los contertulios le asaeteaban. Gruñó el mueblista:

– Creo que no se debe bromear…

Pons extendió las manos.

– ¿Es preciso que lo jure?… Me alistaré en la Legión Extranjera. Usted me verá partir. Soy joven aún; no dejo a nadie en el mundo; nada espero, porque la desgracia me ha perseguido siempre; y la causa de la Civilización me seduce bastante para morir por ella.

Su voz se hizo plañidera cuando añadió:

-Y ahora que estoy sin un céntimo…

Casal se levantó para ofrecerle sobre el mármol de la mesa la efusión de sus brazos.

-¡Es usted un valiente, Pons! Da usted un hermoso ejemplo. Su nombre será conocido en toda España…

Le estrechó, conmovido. Pons tenía los ojos llenos de lágrimas, porque en aquel momento en el que le estimaban y se estimaba más, le dolía más profundamente la injusticia de la suerte que le había hecho perder en la ruleta. Su evidente emoción concluyó por disipar incredulidades. Todas las manos se tendieron hacia él.

– ¡Bien, Pons!

– ¡Bravo, Pons!

– ¡A machacar teutones!

Él explicó, aún conmovido:

– Hace días que rumiaba la idea. Hoy es ya una decisión firmísima que nada podría hacer vacilar.

Interiormente, Medina sentíase contrariado por aquel sacrificio de Pons, que atraía la atención de todos cuando aun no se había hablado suficientemente del cuento. Presumía que en toda la noche no volverían a comentar El pequeño héroe, y esta lógica sospecha amargaba su corazón. Es imposible saber si fue por halagar a Jorge o comprometerle más fuertemente, por lo que dijo:

– Escribiré esta misma noche un sueltecito para El Eco, dando la noticia…

Pero de pronto calló para batir con el codo un brazo de Casal, invitándole con un gesto a mirar a la puerta. En aquel momento entraba en el café Herman Halp, el mecánico de una casa alemana a quien la guerra había sorprendido montando unas máquinas en una fábrica de Iberina y que, después de haber intentado inútilmente volver a su país, se quedó en la pequeña ciudad donde los dueños de la fábrica le ofrecieron trabajo. Entre los contertulios se hizo el silencio. Suárez inclinó el busto para susurrar cerca de Pons:

– Prudencia, ¿eh?… Se lo ruego.

Temía ver saltar a Pons sobre el extranjero, ávido de sangre germana. Pons hizo un ademán con el que quiso dar a entender que, aunque violentándose, conservaba todavía suficiente dominio sobre sus nervios. Susurró, con los dientes apretados:

– No; aquí, no. Estamos en un país neutral. Parecía, no obstante, que en sus ojos había el pesar de que las columnas de hierro del café del Siglo no fuesen troncos de árboles de un bosque de la Argona. Consideró a Halp, que había pedido un bock de cerveza, y entreabrió el arca de sus propósitos para dejar huir esta frase:

– Cuando los tenga delante de mi fusil…!

Su mano se abatió con aparente tranquilidad sobre la mesa y apresó un terrón de azúcar que, poco después, trituraron con ruido los dientes.

– ¡Ah- suspiró don Amado-, si yo fuese joven también…!

Y salieron. Medina no quiso acompañar aquella noche al grupo de Casal, Pons y el ex conserje. Marchó con Suárez, y fue explicándole, sin referirse concretamente a nadie, que, para la causa de los aliados, más útiles que las manos que arrojaban bombas podían ser las que moviesen una pluma culta y prestigiada, encendida en entusiasmo, como una antorcha capaz de prender su llama en todos los corazones.

– Es verdad, es verdad, Medina- concedió el mueblista, bostezando ante la puerta de su casa y haciendo girar la llave alrededor de un dedo-. Hasta mañana, que hay que madrugar.

Medina hubiera querido hablar un poquito más de Pons. Tenía aún muchas ideas profundas que comunicar a su amigo. Pero se azoró ante la franca despedida que coraba la charla y saludó:

– Hasta mañana.

Se alejó. La llave del mueblista rechinó en la cerradura; giró la puerta… Bruscamente, Medina, a seis metros ya de distancia, se detuvo para preguntar:

– ¿De veras le ha gustado mi cuento?

– ¿Qué?- preguntó, desde el portal, Suárez.

– ¿De veras le ha gustado mi cuento?

Suárez asomó la cabeza, con las cejas contraídas.

– No le oigo, Medina. ¿De veras… qué?—

El joven sintió un nuevo y mayor azoramiento.

– Digo que si verdaderamente tiene que madrugar mañana.

– ¡Ah!… ¡Más que usted! ¡Vaya una broma!

Y cerró la puerta. Medina se rió para que le oyese, pero después continuó su camino con un mohín de desprecio. Y aun gruñó más de una vez:

– ¡Imbéciles!

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Capítulo 7

Es cierto que Jorge Pons se hacía pagar el café en la tertulia de don Amaro. Pero no sin dolor de su corazón. Toleraba la generosidad de sus amigos con la melancolía de quien sabe que es víctima de una persecución personal y enconada de la Fatalidad. La principal desgracia de Pons, base de todas sus otras desgracias, era haber nacido español. Muchas veces aseguraba a sus contertulios, con la voz empañada, los ojos fijos en la lejanía, que si hubiese tenido la suerte de nacer ciudadano de Norteamérica o de vivir en un país joven y ávido, como la Argentina, su nombre resonaría en el mundo con el áureo estrépito del de un Morgan o un Rockefeller, de un Stinnes o de Vanderbilt. Conocía las biografías de muchos grandes fundadores de fortunas, y sentía en su interior hervir estérilmente la pujanza precisa para superarlos. Iniciativas diversas que confluían en la aspiración de hallar dinero, brotaban dentro de su cráneo rapado y se hinchaban hasta parecer que empujaban a sus ojos saltones. Era capaz, según decía, de urdir cada veinticuatro horas una idea suficientemente jugosa para enriquecer a un hombre. Pero… en España…, ya se sabe: mediocridad, tradicionalismo… y la terrible timidez del dinero…; no se concibe el crédito personal…; se fía una cantidad sobre un reloj, sobre unas sábanas viejas, sobre una capa en cuyos embozos viven millones de bacilos; pero nadie prestaría una peseta a un hombre que no tuviese otra cosa que una idea genial. ¿Qué se puede esperar de un país donde el propio Banco Nacional toma dinero en sus cuentas corrientes sin pagar interés y lo presta a un alto tanto por ciento y con garantías superiores al valor del préstamo? En la hora de la Revolución, había que llevar a la barra, como primeros responsables del atraso económico de España, a todos los consejeros y gobernadores de este sórdido negocio de judíos, turbio e intolerable.

Y Pons cerraba contra ellos sus manos peludas. ¡Todo el mundo enriqueciéndose a su alrededor, y él allí, pobre como un ratón de iglesia, fracasado sin lucha, sintiendo cómo el café, que ni aun podía pagar, excitaba en su cerebro las cien inspiradas ocurrencias que le enriquecerían si el ambiente mezquino y su mala suerte no le mantuvieran inmóvil, oprimido y desesperado, como entre dos topes poderosos.

Verdaderamente, era un proyectista, como se les llamaba entonces, de despierta facundia, y acaso no fuesen del todo injustas sus quejas contra el emplazamiento que le señalara la casualidad. Otros como él, con igual incultura, triunfaron y triunfarán en tierras próximas o lueñas, y hay que creer que algún delicado tornillo faltaría en el mecanismo del carácter de Pons cuando no consiguió alcanzar un éxito análogamente provechoso.

Porque sabía luchar, y no se resignaba nunca al knock-out en que parecían querer sumirle los golpes de la suerte. Antes de que ella contase diez- o anotase el camarero veinte consumiciones en el cuadernito de las deudas- ya estaba Jorge Pons en pie, tambaleante todavía, dispuesto a probar fortuna nuevamente en el ancho ring de los negocios.

La última tentativa había errado en torno a los combustibles. La Compañía Eléctrica de Iberina suministró en aquellos tiempos a sus abonados apenas la cantidad de fluido necesario para enrojecer débilmente los filamentos. Era imposible trabajar durante la noche, las calles tenían sombras de caverna, en los ascensores sólo podían subir– y únicamente los días de fiesta- las personas en último grado de anemia perniciosa y los niños menores de diez años. Cuando las quejas eran demasiado iracundas, la Compañía enviaba largos comunicados a los periódicos explicando que para producir electricidad regularmente era preciso que lloviese también con regularidad. Ahora, esta condición no se cumplía nunca por parte de las nubes iberienses, porque- como hasta los más ignorantes en estas cuestiones podían comprobar- en verano casi nunca llovía y durante el invierno se abrían cataratas celestiales. Mientras esto ocurriese así, ¿qué podía hacer la Compañía?

Las quejas arreciaban aún, y entonces la Compañía, excitada por el desprecio contra aquella incomprensión, duplicaba las tarifas. Cuando sus acciones decuplicaron su valor, decidiose a hacer algo serio y organizó una rogativa, con sus ingenieros y su Consejo de Administración al frente, para pedir al cielo que lloviese con arreglo a las necesidades de la fábrica.

Mientras tanto, Pons había ideado unos aparatos de carburo; y como no le produjesen más que ganancias irrisorias, se lanzó a inventar sustitutivos para el carbón y la gasolina. Aquella era la época de los sustitutivos, y aun podría decirse que la necesidad y el afán de lucro colaboraban para conseguir que todo estuviese sustituido. Jorge Pons contribuyó al mayor bienestar de la sociedad robinsoniana que era entonces España- isla de paz en un océano de violencias- inventando la “pinita” y la “naranjina”. La “pinita” era una pasta de hojas de pino, brea, papeles viejos y cerillas usadas, y estaba concebida para sustituir al carbón en el consumo doméstico. Verdaderamente, era un combustible magnífico, y el cálculo en que se basaba no parece ninguna tontería. Pons sabía perfectamente que los fumadores utilizan las cerillas apenas dos o tres segundos, lo suficientes para encender el cigarrillo, y las tiran después. De esta manera se pierde una cantidad considerable de hilillos empapados en estearina, que son arrojados desdeñosamente al suelo. Es preciso contar también en este despilfarro los fósforos que el viento apaga y aquellos que no llegan a encenderse nunca por mala calidad de la pasta. Pues bien: si todo el mundo guardase esos preciosos residuos y se los vendiese a Pons a un precio naturalmente razonable- diez céntimos el kilo-, Pons ofrecería a su patria un nuevo combustible de eficacia garantizada y de basura plausible. Lo que ocurrió fue que, a pesar de un anuncio publicado en El Eco, nadie se presentó a venderle restos de cerillas. Como Pons dijo después, con gran acierto, esto pinta a España. Somos perezosos; y ahí está el mal. No sabemos aprovechar las últimas materias. Cogemos el metal y tiramos la ganga que también puede enriquecernos. Si la “pinita” no llegó a aparecer en el mercado y sólo existió representada por un trozo único del peso de un kilo, que ardió con grandes bufidos y chisporroteos en presencia de unos cuantos representantes de la Prensa local invitados al experimento, no fue por culpa de Pons. Eso lo sabe toda Iberina.

Pero Pons no cejó. Simplemente, enfocó su poderoso cerebro hacia otro problema, y caviló algún tiempo- ¡oh, veinte o treinta días, nada más!- en el medio más práctico de sustituir la gasolina, que escaseaba terriblemente. Todo el mundo ha advertido que al apretar entre los dedos la cáscara de una naranja salen proyectados con violencia unos chorritos apenas perceptibles, que si nos alcanzan un ojo producen escozor y si atraviesan una llama se inflaman súbitamente. Esto pertenece a la experiencia popular. Sin embargo, a nadie más que al activo proyectista Jorge Pons se le ha ocurrido pensar:

–          Aquí hay una sustancia inflamable de gran fuerza explosiva. ¿Por qué no ha de servir para mover los motores?

Y como esta pregunta quedó formulada sin merecer respuesta hostil, Pons entrevió la posibilidad de la “naranjina”. Científicamente, la “naranjina” existe, descubierta por Pons. Comercialmente, no llegó a cotizarse. Pons necesitaba grandes cantidades de mondas frescas de naranja, y ofreció, en un anuncio que apareció tres días en la cuarta plana de El Eco y que aun figura sin pagar en los libros del administrador, señor Quncoces, cinco céntimos por cada diez kilos de aquella materia. La indiferencia española que desatendió el submarino de don Isaac Peral, que toleró la retención de Gibraltar, que dejó que la salsa mahonesa, concebida en Mahón, nos llegue impuesta del Extranjero con el nombre de sauce mayonnaise; el desamparo en que olvidamos nuestros talentos nacionales- como hizo observar muy bien el señor Pons-, impidió que la “naranjina” derrotase a todos los incontables y pestíferos sustitutivos de gasolina que por aquel tiempo estropeaban el motor de los automóviles en España. En la Naturaleza no llegó a existir nunca más de medio litro de aquella rara sustancia; y no pura, sino mezclada con aguarrás, tal y como había de ser utilizada en la industria. Esta composición pudo ser vista en un cazo de aluminio en la taberna de Juan Cajigas, por dos representantes de la Prensa local, invitados con tal objeto. Al acercar Pons una cerilla varias veces, con bruscos movimientos naturales en un hombre que sabe lo peligroso que es manipular estas sustancias, no se notó alteración e el transparente líquido. Esto impacientó a Pons, que mantuvo la tercera cerilla dos minutos cerca de aquel cuartillo de “naranjina”, que, cuando ya nadie lo creía, se inflamó magníficamente. Parece que el ilustre inventor no fue el menos sorprendido; su sobresalto le hizo retirar la mano con tal brusquedad que rompió los lentes del reportero de El Faro sobre las narices de su dueño, que contemplaba el cazo con gran atención y una sonrisa escéptica. Por su parte el redactor de La Gaceta, que mondaba prematuramente unos camarones (incapaz de contener su gula, a pesar de que Pons le había advertido varias veces con aire malhumorado e inquieto “que eran para después”), al producirse la llamarada exclamó: “¡Carape! O algo quizá más enérgico, y, al levantar un codo para protegerse la faz, derribó el recipiente, con lo que la “naranjina” se extendió sobre la mesa y el suelo, humeante y terrible, y todos salieron corriendo, aunque ninguno tanto como Pons, que había oído gritar a Cajigas:

–          ¡Usted será el que pague todo esto!

Otro cualquiera hubiese cedido ya; pero Pons era un proyectista de pura sangre, y algunos días después de hacerse pagar le café por los aliadófilos del Siglo, ya había puesto en marcha un nuevo negocio.

Esta vez la química no tenía nada que ver en el asunto. Algo más pacífico y también más vulgar se había delineado en el fecundo cerebro de aquel hombre

“a la americana”, como él mismo gustaba llamarse. Esta vez se trataba de un Banco, de un simple Banco, de uno de los Bancos que nacieron por centenares en España durante la guerra europea, ávidos de recoger y manejar los millones que entraban en la Península, y que desaparecieron luego sin dejar rastro de los millones ni de sí.

Pons había visitado a un hombre tosco y cazurro que comenzaba a amasar una fortunita con una pequeña fábrica donde se ponían en conserva numerosos peces averiados, más o menos próximos a la putrefacción, y le había pedido la ayuda de su dinero.

– Pero en Iberina- dijo el conservero- hay ya siete Bancos.

– Exactamente- corroboró Pons- ¿Y qué son siete Bancos? ¿Sabe usted cuántos millones de pesetas hay en Iberina? ¿Cree usted que todos están en esos Bancos? Pues no, señor: mucha gente guarda el dinero en sus casas, muchas personas se pasean llevando en los bolsillos cinco duros, veinte duros, acaso mil pesetas… Pues bien: mientras ocurra esto, aun puede haber otro Banco.

El señor Garcés, el conservero, se rascó la cabeza.

– Oiga, Pons: aunque sea así… ¿Usted por quién me ha tomado? Yo no tengo bastante dinero para afrontar la tal empresa… Y, de tenerlo, lo pensaría mucho… ¿Por qué no se dirige al señor Lobo o al señor Melgar?

– ¡Lo que yo me temía!- doliose Pons como hablando consigo mismo-. No están enterados de nada. Se enriquecen por milagro de Dios. Para fundar un Banco, amigo mío, lo de menos es el dinero.

– ¡Esa es buena!- gruñó, asombrado Garcés.

– Lo menos preciso es el dinero. El dinero lo traen los demás: el que teme que se lo roben, el que ha de enviarlo de aquí para allá, el que quiere ordeñar- y no sabe cómo- esa ubre que tiene cada peseta y que segrega cuatro o cinco centimitos anuales… Es estos tiempos hay en España más dinero que nunca, y mucha gente, desconcertada por la riqueza, no sabe qué hacer. Un país súbitamente invadido por el oro corre tan grave peligro como una persona a la que se le hace respirar, demasiado oxígeno. Por eso se abren con toda prisa esos sumideros que son los Bancos. Yo no le pido a usted más que el dinero necesario para pagar durante tres meses un local, los muebles y los empleados precisos.

– ¿Qué local?

– Planta baja.

– ¿Qué muebles?

– Pupitres de pino, sillas altas…; pero, sobre todo, seis o siete máquinas de escribir y un mostrador con reja. Si el público ve que el mostrador de un banco no tiene reja, cree que no hay dinero que guardar y no deposita el suyo.

– ¿Cuántos empleados?

– Dos meritorios bastarán. Pero son indispensables cinco “botones” que recorran incesantemente la ciudad, con el nombre de banco en la gorra, y un portero uniformado.

– Y cuando tengamos todo esto, ¿qué hacemos?

– Atraer el pequeño ahorro. Sugerir a la cocinera que sisa, al empleado que dejó de fumar, al camarero que recibe buenas propinas, a todo aquel, en fin, que llega a últimos de mes con un duro ocioso en el bolsillo, la visión de una vejez desvalida, achacosa y tremenda, de la que puede librarse confiándonos esas cinco pesetas con las que ahora no se puede procurar ningún bien. A los diez años de depositar en nuestra caja un duro mensual, tendrá… ¡qué se yo!… Tendrán, por ejemplo, una pensión de un duro diario.

– ¿Cómo, “por ejemplo”, Pons?

– Quiero decir que si no los atrae esa ganancia, ofrecemos dos duros diarios.

– ¡Oh, eso sí que no lo creo, amigo mío!

– Con números, si a usted no le importa perder diez minutos, puedo demostrarle que es posible ofrecer cuatro o cinco. Y para la seriedad de un banco basta que sus números estén bien. Si después la realidad desbarata los cálculos…, la culpa es de la realidad. Pero dígame, ¿conoce usted algún banco que tenga la realidad encerrada en los sótanos?

Garcés se pellizcaba la barbilla.

– No…; eso es cierto…; no la tienen, no…

– ¿Entonces?

– Déjemelo pensar veinticuatro horas, Pons –rogó el conservero, pasando amablemente un brazo por los hombros del proyectista.

Y poco tiempo después comenzó a funcionar el Banco Mutual de la Clase Meida y Ayacentes (B. M. C. M. A), titulado también, con acierto menos pomposo, pero más patriarcal y sugeridor: El Día de Mañana.

Pronto quedó demostrado que al menos un pequeño grupo social sentía la necesidad de tal organismo. Algunos agricultores, diversos empleados y más de una docena de criadas que depositaban insolentemente el cesto de la compra sobre la mesa cubierta de revistas financieras del año anterior, corrieron a entregar pequeñas cantidades, ansiosos de asegurarse un porvenir que nunca habían podido contemplar serenamente. Ignoro la marchas de los negocios de El día de Mañana en aquellos sus primeros tiempos. Yo estuve una vez tan sólo en las oficinas. Entré porque necesitaba camibar un billete de cien pesetas, y siempre procuro hacer estas operaciones con el máximo de garantías. No había más que una mujerona del pueblo aguardando ante una ventanilla, y yo me dirigí a la del otro extremo y batí en el cristal con los nudillos.

Al lado opuesto del mostrador, listado el rostro por los barrotes dorados de la reja, apareció un empleado. Fue un momento.

– A la otra ventanilla- me dijo antes de recibir mi saludo.

Y volvió a desaparecer.

Juraría que era el mismo sujeto el que me preguntó medio metro más allá, en el siguiente hueco del cristal enrejado:

– ¿Qué desea?

– Cambiar un billete.

– A la otra ventanilla- me ordenó.

Di dos pasos a la derecha, y un individuo que se parecía al anterior tanto como un empleado puede parecerse a sí propio, indagó:

– Usted dirá…

-¿Pueden cambiarme…?

Indicó, cerrando el cristal…

-Vaya a la ventanilla siguiente.

     Esto ocurre en todos los bancos serios, y yo quedé bastante bien impresionado. Si lo cuento es para que se advierta que Pons tenía una idea suficientemente atinada del funcionamiento de una entidad de esta índole.

Me puse a esperar ante el ventanuco inmediato, cuando por el que estaba al final, cerca de la mujerona, me reclamaron con un “¡chts!” imperioso. El empleado a quien ya había visto tres veces me aguardaba, asomando la cabeza, en la conocida actitud de un hombre que ofrece su cuello a la guillotina. Le sonreí como a un viejo amigo; pero él se limitó a inquirir:

– ¿Libras? ¿Florines? ¿Coronas? ¿Rublos?

– No- interrumpí casi avergonzado-; cien pesetas…

– Cien pesetas… Muy bien… ¿Las tiene ahí?

– Sí, aquí las tengo.

– A verlas.

Cogió el billete, lo examinó y desapareció tras un biombo.

Entonces oí, involuntariamente, el diálogo que Pons, en la ventanilla de al lado, sostenía con la mujer gorda.

– ¿Qué me da usted aquí?- interrogaba con cierto tono de escándalo la voz del gerente.

– El duro del mes- afirmaba la mujerona-. Mi cuota es esa.

Un silencio; y después un opaco sonido de la moneda fuertemente batida contra el mostrador.

– O esto es plomo- gruñó Pons- o hay una riqueza en las cañerías de la casa.

– No sé lo que quiere usted decir- respondió la mujer dignamente.

– Señora- acusó Pons en lenguaje que me pareció poco bancario-, el pasado mes nos colocó usted un duro más falso que Judas, que se lo cobré yo mismo, y ahora viene a repetir la maniobra, ¿no? Suelte usted cinco pesetas de ley, o no hacemos negocio.

– ¡Pues no sé qué tiene este duro!

– Lo que no tiene es ni pizca de plata.

La mujer perdió su tesón. Dijo con desenfado:

– Bueno, y aunque así sea… ¿qué diablo quiere usted que traiga? ¿Mis ahorros? Pero yo no puedo ahorrar más que las monedas falsas, porque no me las admiten en ningún sitio. ¿A usted qué más le da? Un banco es un banco, y entre tantos duros como manejan ustedes no se ha de notar si uno es más o menos honrado. Más adelante, cuando los negocios me vayan bien… Tengo cuatro hijos… Y la verdad es que yo he tomado este duro engañada, creyéndolo bueno… Algo han de hacer por mí que les traje dos clientes hace diez días..

Pons vaciló un poco, mirando y remirando la moneda, antes de decir:

– Transijo por esta vez. Que sea la última. El condenado se parece más a un higo que a un duro, y me voy a ver negro para echarlo de encima. Ya el del mes pasado me costó mis sudores… En fin, ahí va su recibo.

La mujer salió rápidamente, mascullando su gratitud. Pons comentó después, dirigiéndose al empleado que esperaba a su espalda:

– Si no viene alguien más, no creo que podamos tomar hoy el aperitivo, Eduardo.

Pero Eduardo le hizo un gesto, y el gerente entonces reparó en mí. Se enteró de mi ruego mientas el empleado doblaba y desdoblaba el billete.

– ¿Cambio de qué? ¿De cien pesetas? Pero… habría que ir a la fábrica del señor Garcés. El señor Garcés es quien tiene el dinero…

La fábrica está a las afueras de la ciudad-

– Acudiré a otro banco- dije.

– Quizá sea más cómodo. No sabe usted cuánto lo siento, señor Velarde… Y… ¿no quiere usted hacerse un capitalito para la vejez? ¿Ahora que está en fondos? ¿Eh? Con esas cien pesetas paga el primer trimestre y… al cabo de diez años, tres duros diarios de renta… ¿Qué tal? ¡Trae un impreso , Eduardo!

Mi corazón latió apresuradamente y me enchufé en la ventanilla con tal impulso que Jorge, conocedor de los hombres, comprendió que en el Banco Mundial de la Clase Media y Adyacentes no había nadie con elocuencia bastante para hacerme renunciar al billete. Me lo devolvieron, suspiré y salí. Esto es todo lo que yo puedo contar de aquel negocio.

Ocho o diez días después, por motivos absolutamente ajenos a las operaciones del banco, que atañían sólo a los gastos personales de Pons, el señor Garcés le expulsó de El Día de Mañana, sin indemnización alguna, cuando el proyectista no tenía en su bolsillo más que diez pesetas recaudadas durante toda una jornada tras el mostrador enrejado.

Entre esta fecha y aquella en que el activo personaje tomó la resolución que honrará para siempre su nombre (haya lo que haya de cierto en lo que se dijo después, la resolución era enternecedora) transcurrió un mes. En este tiempo, Jorge Pons atendió decorosamente a su subsistencia cultivando un oficio que en los años de la guerra reforzó en proporción considerable los ingresos de muchos dependientes y oficinistas: escribió cuplés.

Consigno este nuevo avatar del proyectista porque revela la amplitud de sus facultades y, sobre todo, nos muestra su espíritu- saltando hasta la posía desde un Banco Mutual- poseído de una inquietud que difícilmente podrá encontrarse en los hombres de España fuera de aquel agitado período en que se buscaba el dinero por los procedimientos más extraordinarios y el dinero acudía hasta al más trivial de los reclamos. Esto explica también la prodigalidad con que era derrochado, ora en pianolas, ya en gramófonos, bien en automóviles y en fin, escapándose de las manos en despilfarros tan alegres, inusitados y delirantes que hasta hubo cuarenta o cincuenta españoles que acordaron por aquellos tiempos adornar sus casas con otras tantas bibliotecas en las que llegó a haber libros, clara revelación de rastacuerismo que hizo morir de risa a nuestra vieja plutocracia, que siempre supo mantenerse alejada de esas perturbadores frivolidades.

 

Capítulo 6

Por aquellos días sufrieron los germanófilos una grave defección. El Faro Iberiense, el diario más modesto y aburrido de los tres con que contaba la ciudad, y que defendía la acción de los Imperios Centrales, se pasó al enemigo con sus tres redactores, sus cinco cajistas, el administrador y siete vendedores callejeros. El tránsito fue tan brusco que causó sensación. Sin que ningún indicio anterior pudiera hacerles sospechar aquel cambio, sus ochocientos lectores vieron con sorpresa una mañana en la hoja que les suministraba el desayuno espiritual grandes titulares que afirmaban que Guillermo II era un monstruo abominable y que sus ejércitos no tardarían en ser aniquilados.

Como no ofrezco estos apuntes únicamente a la efímera curiosidad del lector de novelas, sino que los brindo también a los historiadores que hayan de reconstituir, pasados los años, las memorias de este tormentoso periodo, debo consignar lealmente que no era ésta la primera brusca desviación que sufrían las opiniones de El Faro. Al estallar la guerra, se declaró francófilo, y el director, don Silvino Pérez, pedía todas las mañanas la devolución de Alsacia y de Lorena con tanto ahínco como si tuviese propiedades en aquella comarca y se las detentasen los germanos. Poco tiempo después, coincidiendo con la aparición de unos anuncios de casas alemanas, El Faro separose de la Entente y rindió pleitesía a Hindenmburg. Su justificación ante los lectores fue el arribo al frente de batalla de un regimiento de senegaleses. El Faro declaró adolorido que era incompatible con los senegaleses. La santa causa de la Libertad, la Civilización, el Derecho y las Pequeñas Nacionalidades, no podía admitir, sin denigrarse, la colaboración de aquellos bárbaros de oscura piel traídos a Europa como feroces instrumentales de muerte.

Don Silvino Pérez afirmó, en un alarmante artículo, que las consecuencias de esa colaboración de hombres salvajes en la guerra sería funesta para todo el continente. Varias veces en las equilibradas columnas de El Faro se había llamado la atención de las potencias acerca del “peligro amarillo”. Cuando El Faro se dedicaba a meditar –cumpliendo uno de sus más importantes deberes- acerca del posible fin de la hegemonía europea, tenía la profética visión escalofriante de una irrupción abrumadora de hombres de las grandes emigraciones asiáticas, incontenibles como las avenidas de sus grandes ríos. Veía El Faro juncos chinos cubriendo el mar, acercándose a las playas del viejo continente. Veía hombrecillos de color azafranado saltar por las playas y los cantiles, formando un cordón que había de estrangular a Europa… Veía sus ojos oblicuos, sus bigotes lacios, sus túnicas de seda, sus sombreros en forma de setas, sus largos sables curvos, sus zapatos de punta retorcida…; y en todas las pequeñas embarcaciones había un estandarte en el que se retorcía, temible, un dragón. En estas imágenes recogía don Silvino Pérez todos sus recuerdos de las bandejas y los veladores de laca. Pero su fantasía achacaba gestos aún más terribles a los hombres de cabeza de marfil que habían de acabar con nosotros. ¿Qué ferocidades extraordinarias serían las suyas…? Evocaba los refinamientos de los suplicios asiáticos. Europa incendiada, toda Europa, una hoguera, y las figuritas menudas, de ojos torcidos, brincando entre las llamas, jubilosas, como salamandras vestidas de seda.

Pues bien: el peligro que El Faro Iberiense había denunciado en varias editoriales, amenazaba ya muy próximo. La visión profética del minúsculo diario iba a comprobarse en una fecha no distante. Y éramos nosotros mismos, los hombres de raza blanca, los que abríamos las puertas a las extrañas hordas feroces. Los japoneses ocupaban las Carolinas, donde los españoles vivieron; los negros de África estaban en Orleáns… Venían en calidad de fieras devoradoras de hombres, en calidad de máquinas de matar. Ya estaban en Europa, con sus rostros hocicudos, con sus ojos ensangrentados, con su recio pelo y su prominente dentadura blanca, de antropófagos… Imprudentemente, les enseñábamos los modernos sistemas de exterminio, enconábamos su odio contra el europeo, albergábamos la sierpe junto al corazón…

No… El Faro reconocía haberse equivocado en sus preferencias. La maravillosa raza india, embrutecida y esclavizada por el inglés; y ahora, los senegaleses… No. Ni la razón ni la justicia estaban de esa parte. Entrar los africanos en Francia y salir la simpatía de El Faro por la otra puerta, había sido simultáneo. Bien comprendía ahora que los aliados no esperarían mucho tiempo el fracaso final.

Pero dos meses después, acaso porque en una conferencia secreta, le hubiese convencido el cónsul de Francia, el director de El Faro amaneció con un traje nuevo y las antiguas ideas. Lo de los negros no tenía importancia. Era natural que se escatimasen las vidas de los hombres civilizados y que fuesen llevados a la lucha aquellos para quienes matar y morir constituía la única ocupación honrosa. A El Faro le constaba que los senegaleses se habían ofrecido a intervenir en la grave contienda, llenos de amoroso entusiasmo hacia la metrópoli amparadora. ¡De ellos debía aprender España! ¡Ay de las naciones que no acudiesen a verter sus sangre en la tierra sagrada de Francia en tales horas críticas! Cuando el momento de la liquidación llegase, recibirían el bien ganado castigo aniquilador. Era sonrojante que hasta los senegaleses nos dieran lecciones de cultura.

Después de esto, El Faro tornó a ser germanófilo y a pedir que cerrasen las fronteras y los puertos para que ni un solo grano de trigo, ni una sola mula fuesen exportados a los países beligerantes. Fue en aquel tiempo cuando el señor Pérez se mudó a la calle Larga, abandonando su fétido tabuco de la plaza del Pozo. Don Arístides Sobrido, el director del Colegio de San Antonio, los hermanos Zaera, que poseían un almacén de comestibles, y algunos otros significados germanófilos, habían comparado acciones del periódico. Pero no pudieron impedir el nuevo cambio de ideas sobrevenido cuando, después de negarse ellos a más importantes desembolsos, el señor Pérez les hizo saber que no podían tolerar el empleo de gases asfixiantes ideado por Alemania.

Es justo reconocer que las incesantes vacilaciones de sus preferencias no alteraban la felicidad del director de El Faro, que más bien ofrecía el creciente aspecto de un hombre satisfecho de su existencia. Sus deudores habían perdido la temible categoría de tales, y los tres desdichados que redactaban el periódico cobraban sus irrisorias gratificaciones con insólita puntualidad. Cierto es que el número de lectores disminuía en cada zigzag, pero todavía quedaba un grupo de leales. Un anciano sarmentoso y tullido, de humilde aspecto, aparecía el día primero de todos los meses en las oficinas y entregaba la peseta de la suscripción, recomendando:

-No se olviden de enviarme el periódico. Estoy muy intrigado. Me han dicho ustedes que debía ser francófilo; luego, germanófilo; aliadófilo, otra vez; después, partidario de Alemania… Soy viejo ya; pero sentiría morirme sin saber definitivamente lo que debo pensar de todo esto.

Los otros diarios locales, El Eco y La Gaceta de Iberina, se conservaban invariablemente fieles a sus primitivas devociones. El Eco defendía a los aliados, y La Gaceta hacía suya la causa de los Imperios Centrales. A lo largo de una polémica diaria, había concluido por encenderse también la guerra entre ambos periódicos. Varias veces se habían zurrado sus respectivos repartidores al encontrarse en la escalera de la misma casa; adjetivos incandescentes eran disparados desde las columnas de El Eco a las de su rival, y viceversa. Apretados ejércitos de letras del tipo ocho se lanzaban cada mañana unos contra otros en defensa de los opuestos amores. Y el grueso cañón que era la pluma de Atila tosía cotidiana y formidablemente desde La Gaceta. Atila era un comandante de la escala de reserva que escribía para el diario germanófilo la “crítica” de la guerra. Sabía zaherir a los adversarios, abultar las victorias, convertir las huidas en “retiradas estratégicas”, “rectificaciones del frente” y “cambios de posición”. Cuando los ejércitos de quienes se había declarado protector abandonaban una ciudad, explicaba que no la habían tomado más que para producir “un efecto moral”; disminuía el número de las bajas amigas en todos los partes y aumentaba las del contrario. Su popularidad en Iberina era inmensa, mucho mayor que la del crítico militar de El Eco, que era un simple pasante de notario y firmaba con dos asteriscos. Este caballero utilizaba los mismos trucos que Atila y equivocaba siempre los nombres de los lugares rusos y austriacos que aparecían en la roja pantalla de la guerra, y de los generales alemanes.

En cuanto a los directores de los dos periódicos, habían dejado de saludarse a los seis meses de comenzadas las operaciones, y en Iberina era opinión corriente que en un momento cualquiera ocurriría un choque dramático entre ambos caballeros. Y así sucedió.

Fue el día del banquete de gala en la Diputación, en honor de un presidente que se había enriquecido mucho más que todos los anteriores. El director de El Eco, señor López, se dirigía al salón de la fiesta cuando se encontró con el director de La Gaceta, señor Gómez, que marchaba en sentido inverso buscando un escondite donde dejar a buen recaudo, para recuperarla después, la mitad de un cigarro que estaba fumando. Halláronse frente a frente bajo el dintel de la misma puerta. Cada uno esperó que el paso le fuese cedido. El señor López, al fin, lanzó un despectivo salivazo sobre la butaca que estaba a su derecha. Entontes, dignamente, el señor Gómez proyectó un decilitro de la misma sustancia sobre un cortinón. Después intimó:

– ¡Atrás, gabacho!

Y el señor López, heroico:

-Yo no cedo el paso a un troglodita.

– ¡Cipayo!

– ¡Boche!

Se miraron con ojos llameantes, casi rozándose las narices. De pronto, el director de El Eco lanzó una carcajada burlona.

– ¿Qué?- dijo-. ¿Se ha olvidado usted ya de la paliza del Marne?

El director de La Gaceta fue entonces el que no pudo contener una risotada altiva antes de preguntar:

– ¿Le escuece aún lo de Amberes?

– Por última vez: ¡sepárese!

– Por última vez: ¡paso!

– Perfectamente- rugió- ; vamos a ver, entonces, cuál es el más hombre de los dos.

Y alargando una mano hacia una silla próxima, la atrajo y se sentó ante la puerta. Aun no se había extinguido el golpe con que la hizo batir sobre el parquet, cuando sonó otro igual. El señor Gómez acababa de sentarse al otro lado del umbral, frente a su enemigo, dispuesto a no moverse nunca.

Se dice que estuvieron así media hora, retándose con la mirada, escupiendo, despreciando recíprocamente el peligro de una agresión, insensibles a los ruidos que llegaban del comedor, donde ya había comenzado la sabrosa comida. El caso es que cuando alguien les encontró en aquella actitud irreductible, tuvo que hacer venir al propio presidente para que cediesen en su brava tenacidad. Por entre los hombros de los amigos, que le arrastraban asegurándose que el puré de guisantes ya estaba frío, el señor Gómez lanzó un reto trágico a su rival:

– ¡En Verdun lo veremos, señor mío!

Y su rival, extendiendo un brazo amenazador sobre las cabezas de sus apaciguadores, replicó, con brío semejante:

-¡En Verdun, en Verdun les esperamos a ustedes!

Este impresionante choque entre los dos famosos periodistas fue muy comentado en la ciudad, y Atila hizo una enérgica y transparente alusión a él en su artículo ¡Venceremos a todos!, en el que fue especialmente celebrada su afirmación de que, para discutir “con cierto esbirro de Francia”, era indispensable el uso de la careta contra los gases asfixiantes; diáfana referencia a la ozena que padecía el señor López.

Se ha asegurado que tal artículo señaló la cumbre de las aptitudes críticas de Atila. No es absolutamente cierto. Al menos debe consignarse que el desbordamiento de la admiración popular hacia el valioso auxiliar de Hindenburgo ocurrió cuando el fuerte Douamont cayó por tercera o cuarta vez en poder de las tropas del Kronprinz. Refiriéndose a las enormes pérdidas de ambos ejércitos y alzando –con espíritu extrañamente sereno, casi regocijado- el Ideal por encima de aquel mar de sangre, trazó las vibrantes líneas de su crónica ¡No importa!, tristemente olvidada ya, que entrañaba el más sublime desprecio por la vida humana. Entonces fue cuando se le ofreció un banquete de trescientos cubiertos y se le invitó a pronunciar conferencias en cinco pueblos de la región, donde firmó innumerables abanicos, devoró abundantes manjares y suscitó la curiosidad pública en tan alto grado como si fuera el mismo Kaiser. En Campolirondo del Cid alguien gritó a su paso:

– ¡Viva el vencedor de Verdum!

Y él sonrió; pero, dueño de sus vanidades y esclavo de la verdad, extendió su mano para recomendar calma, y opuso:

– Todavía…, todavía, amigo…

Era un hombre abnegado y tranquilo a quien, a lo largo de los incidentes de una guerra espantosa, nadie vio nunca perder serenidad ni ceder un milímetro de las posiciones que ocupó el primer día. El sujeto de los dos asteriscos también se portó valientemente, y sería injusto quien negase importancia a sus esfuerzos por convencer al mundo de que los franceses eran latinos y los iberienses también. Nunca razonó esta oriundez; pero si sus frases no tenían la fuerte contundencia de las afirmaciones científicas, poseían, en cambio, el irresistible atractivo de las corazonadas. El tenaz escritor modestamente oculto tras las dos estrellitas tipográficas conquistó medio mundo para el latinismo en aquellos años de fiebre. Avanzaba por el mapamundi, incontenible y dominador, y ponía la marca del Lacio, con el hierro –enrojecido de entusiasmo- de su pluma francófila, en todos los rincones de la Tierra. Esto bien vale algo, digo yo. No obstante, en ningún momento llegó a alcanzar la popularidad de Atila.

Atila tuvo en Iberina tanta importancia como Hindenburg y llegó a parecer, no un crítico, sino un personaje de la guerra. Hoy comenta los estrenos teatrales de La Gaceta, y guarda, como recuerdo de las admiraciones suscitadas entonces, seis estilográficas de oro.

En cuanto al hombre de los dos asteriscos, del gran imperio latino que fundó y unió tan trabajosamente… ya no queda nada.

Sí… Algunos tenderos franceses que quieren colocar sus mercancías en Sudamérica, algunos argentinos que visitan París y sucumben al deseo de llamarse a la parte en sus grandezas, hablan todavía de latinismo… Pero pocos…, mal…, sin fe suficiente… Vedijas de una nube que se deshace… Dispersos residuos de lo que debió de ser tan amplio que precisaba el nombre de la raza. Supervivientes, más bien. Como los comanches, los mormones, las ballenas azules, los parches de sebo contra la tos…

 Adelanto del  Capítulo 7

Es cierto que Jorge Pons se hacía pagar el café en la tertulia de don Amaro. Pero no sin dolor de su corazón. Toleraba la generosidad de sus amigos con la melancolía de quien sabe que es víctima de una persecución personal y enconada de la Fatalidad. La principal desgracia de Pons, base de todas sus otras desgracias, era haber nacido español. Muchas veces aseguraba a sus contertulios, con la voz empañada, los ojos fijos en la lejanía, que si hubiese tenido la suerte de nacer ciudadano de Norteamérica o de vivir en un país joven y ávido, como la Argentina, su nombre resonaría en el mundo con el áureo estrépito del de un Morgan o un Rockefeller, de un Stinnes o de Vanderbilt. Conocía las biografías de muchos grandes fundadores de fortunas, y sentía en su interior hervir estérilmente la pujanza precisa para superarlos. Iniciativas diversas que confluían en la aspiración de hallar dinero, brotaban dentro de su cráneo rapado y se hinchaban hasta parecer que empujaban a sus ojos saltones. Era capaz, según decía, de urdir cada veinticuatro horas una idea suficientemente jugosa para enriquecer a un hombre. Pero… en España…, ya se sabe: mediocridad, tradicionalismo… y la terrible timidez del dinero…; no se concibe el crédito personal…; se fía una cantidad sobre un reloj, sobre unas sábanas viejas, sobre una capa en cuyos embozos viven millones de bacilos; pero nadie prestaría una peseta a un hombre que no tuviese otra cosa que una idea genial. ¿Qué se puede esperar de un país donde el propio Banco Nacional toma dinero en sus cuentas corrientes sin pagar interés y lo presta a un alto tanto por ciento y con garantías superiores al valor del préstamo? En la hora de la Revolución, había que llevar a la barra, como primeros responsables del atraso económico de España, a todos los consejeros y gobernadores de este sórdido negocio de judíos, turbio e intolerable.

Capítulo 5

Arístides Sobrido, el viejo amigo de don Amado, que había sostenido sobre la pila bautismal a la pequeña Aurora, apareció en el café donde el secretario no tenía más contertulio que el mueblista Suárez retenido por las jugosas posibilidades de una discusión acerca de la ingerencia de España en la guerra. Algunos diarios de Madrid lo exigían, con el fuerte vocabulario de aquel tiempo de exaltaciones, y El Radical, bajo el título del medioevo – ¡España por los aliados!– que se extendía a lo ancho de la primera plana, desarrollaba entusiastamente el tema y afirmaba que únicamente dos españoles podrían, en tan graves momentos, señalar el rumbo que debía seguir la nación: el señor Lerroux y el cardenal Cisneros. Lamentablemente fallecido, hacía ya algunas centurias, el segundo de estos dos personajes, era forzoso poner nuestros destinos en las manos del propietario y director de aquel periódico.

Excitados por tales sugestiones, Casal y Suárez procuraban sondar en el porvenir de su patria. El mueblista, hombre de espíritu más sosegado, hecho a ahondar en los negocios y a examinar el pro y el contra de cada cuestión, no creía que España se decidiese a guerrear, y su flemático pesimismo irritaba a don Amado.

Así, cuando Arístides apareció, limitose a intercalar en su discurso un rápido: “¿cómo te va?”, y a tirarle de la mano, después de estrechársela, para indicarle que debía sentarse a su lado, en el diván. Quizá influyese en tal laconismo el deseo, perfectamente respetable, de no verse obligado a invitarle a café.

– ¿Por qué, vamos a ver, por qué?- continuó Casal, acosando a su contradictor-. ¿Es que cree usted que no puede obligarse al Gobierno a salir de su neutralidad? Pues en otras partes se ha hecho, y también parecía difícil.

– Pero aquí, no –opuso Suárez-; aquí somos neutrales a la fuerza, porque carecemos de medios de lucha.

– ¿Es que no tenemos un ejército, como cada quisque?

– Pero no tan bien preparado.

– ¡Caramba! ¿Y por qué? – interrogó burlonamente Casal.

Sobrido no estaba en el café para discutir tales temas, pero no pudo contenerse.

– ¡Hombre, no diga eso!- reprochó-. Donde esté un soldado español, que se quiten todos. ¡Un ejército que estuvo luchando no sé cuántos siglos para echar a los moros de la Península…! ¿Y los conquistadores de América? ¿Quién hizo otro tanto? ¡Parece mentira, Suárez!

Don Arístides era un germanófilo intransigente, pero compraba sus muebles en el almacén de Suárez, y éste le profesaba la estimación que se debe a todo hombre que paga sus pedidos por anticipado. Mostrose un poco afligido con la reprimenda, y explicó:

– ¡Pero si no digo nada en contra de eso! ¡Dios me libre de dudar del valor de nuestros soldados! Me he referido a las culpas de los gobernantes, y usted mismo me dará la razón, si me escucha, don Arístides.

Y comenzó a exponer sus observaciones: ¡Naturalmente que había en España soldados insignes! ¡Si éramos un país de guerreros! Guerreros y santos: no teníamos otra cosa, y ellos formaban –un eslabón de hierro y otro de pluma- la cadena de la raza desde los aborígenes hasta hoy. Precisamente el señor Suárez estaba convencido de que en España nacían, en cada generación, varios Napoleones. Pero ¿qué ocurría? Cada pequeño Napoleón exteriorizaba en seguida sus aficiones: coleccionaba soldados de cartón o de plomo, requería a los Reyes Magos para que le regalasen sables, corazas y escopetas, y recorría muchas veces el pasillo de su casa cabalgando sobre un indómito bastón y tirando tajos a las paredes. Después, en la adolescencia, soñaba con pasar, vestido de húsar, por entre el aterrado enemigo, segando cabezas, con la violencia de un huracán. Y le estremecían de entusiasmo las imaginaciones belicosas: caer herido con una bella frase épica en los labios; salvar una ciudad sitiada; rescatar una bandera; desfilar, pálido aún, vendada la frente, entre la multitud delirante, sobre un suelo alfombrado de laurel: mujeres bonitas en los balcones, roto el aire por el agudo clarín, y el sol de la patria más alegre y más voluminoso que nunca.

En la Academia militar, este hombre ganoso de gloria guerrera tenía que aprender táctica y estrategia, álgebra y balística, historia, geografía y cien libros más que le preparasen para el mando de las tropas y para las futuras batallas. Ya es teniente, o comandante o general…

-Y cuando es teniente, o comandante, o general –clamó el señor Suárez, dándose una palmada en los muslos-, viene el Estado español y le ordena: “ahora vas a ser gobernador civil, o inspector de Subsistencias, o te vas a consagrar, en fin, a cualquier otro aspecto de la burocracia civil”. Y aunque suele remunerarles largamente, esto es torcer su vocación, cortarles las alas, desviarles de su carrera, encerrar el águila en la jaula del loro. Yo imagino lo que deben sufrir con este brusco cambio de ideales.

– ¡Ay, amigo- cabeceó don Arístides-; para algo está la disciplina! Obedecen, y sirven al país donde se les manda.

– ¡Muy elogiable, muy elogiable, señor Sobrido! –se apuró el mueblista-. Pero no me diga usted que el hombre que ama el estruendo de las batallas y que soñó consagrar su vida a la defensa armada del territorio nacional, puede aceptar sin conmovedora melancolía la misión de estudiar expedientes electorales en un plácido Gobierno civil. Si él hubiese apetecido tal fin, se haría abogado. ¿Qué apuros serían los de usted, don Arístides, si le confiriesen ahora, por análoga incongruencia, el mando de una batería de montaña?

– Eso es otra cosa- distinguió Sobrido.

– Bueno- cortó Casal-. Aunque nuestro ejército no estuviese preparado, se apercibiría muy pronto. Y, mientras tanto, ahí está nuestra escuadra, que siempre sería un útil esfuerzo.

Suárez aplastó sobre el mármol, pensativamente, un granito de azúcar.

– Sí…; la escuadra, sí- concedió.

Y después, limpiándose la uña:

– Aunque sería preciso eliminar bastantes buques que figuran en las relaciones, pero que, en realidad, están inutilizados para el servicio. El Carlos V, por ejemplo, no parece ser de todo lo fuerte que debiera…

– No me extraña- disculpó don Arístides-; estar metido siembre en la humedad del mar, no es cosa que se resista.

Suárez se apresuró a otorgar:

– Ciertamente. De los efectos de la vejez nadie se sustrae. Y si no, véase el Pelayo

– ¿El Pelayo también?

– No es que no pueda moverse, y hasta ¡ay del barco con el que tropezase a toda marcha! Pero me parece que sería un exceso fatal para él disparar un cañonazo.

– ¿Quiere usted decir que ya no sirve para nada?

– ¡Oh, según se mire…! siempre valdrá más que el Marqués de Molíns, que tiene menos planchas de acero para vender, y está tan estropeado por los años.

– ¡Cuántos nombres gloriosos! –evocó don Arístides-. ¡Pelayo! ¡Numancia! ¡Carlos V! ¡La Nautilus!

– Sí, es una escuadra de fantasmas heroicos. Recuerdan la batalla del Callao, el tesón de Gravina… Se siente el afán de buscar en sus bordas la mordedura de los garfios de abordaje, en Lepanto; se les ve escoltar la barca suntuosa y florida de Cleopatra… Pero el país es pobre, y una escuadra moderna representa un esfuerzo agobiador, ruinoso. Los pocos buques nuevos y poderosos que tenemos, en nada sensible aumentarían la pujanza de los aliados. Por todo esto he dicho que nos es imposible la neutralidad.

– ¿Y nuestros brazos? ¿Cree usted que los contingentes humanos no representan nada en esta guerra?

– Mucho, pero a Francia y al Imperio británico les importa tanto o más tenerlos como taller y como despensa. Les somos más útiles. Si no fuese así, quisiéramos o no, estaríamos luchando también nosotros.

– ¡Pues vaya veremos si nos quieren! –amenazó Casal recogiendo su bastón e irguiéndose para marchar porque habían sonado las cinco-. ¡Pepe: cobra mi café! Y lo que yo sentiré, si llega el momento, será por no poder quitarme veinte años.

Enardecido aún por la discusión, emprendió la caminata hacia el Ayuntamiento, e hizo a Arístides Sobrido, que caminaba junto a él, el regalo de algunos argumentos que acudían retardadamente en socorro de su opinión.

– Locuras, Amado, locuras- rechazó su confidente-; a España le conviene no intervenir, porque cuando todos esos países se extenúen después del terrible esfuerzo de la guerra, nosotros seremos los más poderosos. Pero, aunque no fuese así, por patriotismo, deberíamos desear el triunfo de Alemania. Acuérdate del desprecio y de la mala fe que han guardado siembre para nosotros los franceses. Acuérdate de aquel banquete que la colonia inglesa de Vigo celebró el día del bombardeo de Cavite, para brindar por el triunfo de los yanquis.

– Esas son mezquindades, Arístides.

– Bien. En todo caso, piensa en la máxima persa que dice: “sé enemigo de tu vecino, y amigo del vecino de tu vecino”. Es un buen consejo diplomático.

– Eres un monaguillo- despreció Casal.

– Amo el orden. Y Alemania es el orden, el progreso industrial, la tranquilidad económica, la cultura sanamente orientada…

Casal le interrumpió:

– Estoy seguro de que no te has tomado el trabajo de venir al café para recitarme ese rosario de bobaditas.

– No- confesó el otro, de mal talante.

– Desembucha, entonces, sacristán. ¿Qué diablo te trae?

     Arístides mostró un semblante serio.

– No es cosa buena.

– Veamos.

Y Sobrido comenzó a regañar. ¿Quién metía a su compadre en líos arriesgados? ¿A qué venía significarse a favor de unos ni de otros y poner cátedra en todas partes y haber anunciado una conferencia en el Centro Obrero, acerca de French, y estar “trabajando” firmas para el Mensaje a Bélgica con más ardor que si fuesen votos para una elección de diputados?… ¿Qué era todo eso?

– ¿No comprendes, desdichado, que te juegas el pan?

Don Amado hizo un gesto.

– Sí, señor: el pan- insistió Sobrido-, ¡el pan! Y tú debes atender a tu casa y a tus hijos. El otro día se habló de ti entre nosotros, los concejales. Ya sabes que la mayoría del Ayuntamiento es germanófila. Han hablado de ti y han dicho que, aun respetando las ideas de todos, no se puede consentir que un secretario municipal, un hombre que, como tú, tiene un cargo oficial de relieve, incurra en estridencias semejantes. Todos los germanófilos están excitados contra ti, y también Conchado, el síndico, que, aunque es rusófilo, tiene puestas sus miras en tu cargo; y si pueden, te revientan, Anda con tiento y déjate de alharacas.

Casal se había cruzado de brazos. Gritó:

– ¡Pero eso sería un atropello!

– Pues hay razones para temer que ocurra.

– ¡Vamos, hombre…! ¿Y tú crees que van a poder llevar a cabo semejante polacada?… ¡Sería el colmo de…! Además- agregó atemorizado-…; porque… yo no entiendo…: ¿qué es entonces lo que debo hacer?

– Dejar eso del Mensaje; que lo hagan otros. Y no dar la conferencia… No te conviene significarte…, créeme…

Insinuó tímidamente, después de una leve vacilación:

– Tampoco estaría mal que me mandases a tu hijo Eladio para le grupo de boy-scouts

Don Amado fingió una risotada.

– ¿Eh?… ¡Ya veo a lo que vienes, viejo raposo!; pero te digo que mi pequeño no irá a esa comedia, a envenenarse de militarismo. En cuanto a lo demás… yo no abdico de mis ideas, Arístides: lo sabes bien. Yo nunca- y menos en estos momentos difíciles- abandonar la causa de Francia.

Sobrido, llevado así otra vez a la polémica no se detuvo:

– No sé qué se te pierde a ti con Francia.

-Yo me debo a la Libertad. Tú te olvidas de que mi abuelo sacrificó su vida cuando la sublevación de la Blanca. ¿Voy a vacilar yo en sacrificar un destino?…

– ¡Francia! ¡La Libertad! Mordió don Arístides con desdén-. También los senegaleses la defienden. ¡Tú eres un cipayo!

-¡Y tú un clerical!

Gimió don Arístides:

– ¿Un clerical? ¿Soy yo un clerical? –movía la cabeza mirando en torno como si estuviesen presentes más personas y requiriese su indignación contra aquella injusticia- ¿Yo un clerical?… ¿Qué andas llevo en las procesiones? ¿Cuántas veces me he confesado? ¿Quién es mi mayor enemigo en Iberina sino el párroco de San Eugenio?-…

– Aunque sea así, y aunque tú no lo sepas, eres un producto del jesuitismo.

Don Arístides se detuvo.

– Mira: haz lo que quieras. Yo he venido tan sólo a darte un buen consejo. Por tus hijos, más que por ti… Si quieres, lo tomas, y si quieres, lo dejas. ¡Al diablo!

Y se alejó, murmurando unas frases enojadas.

¡Qué triunfase Alemania, a ver si después se podría dar el caso de que un funcionario público se permitiese desobedecer a sus superiores! Lo que hacía falta en España era disciplina. Alemania era grande por su disciplina. Y don Arístides estaba seguro de que en la posesión de esta virtud se encerraba el secreto de la prosperidad de los pueblos. Pero no una disciplina social reducida al respeto y cumplimiento de las leyes, sino a esta ciega obediencia y esa fe silenciosa del militar. La receta de Sobrido era inyectar gérmenes de militarización en todas las venas de la patria. Consecuente con sus opiniones, cuando se crearon en España los grupos de boy-scouts, el fue quien, en Iberina, organizó un núcleo –veinte o treinta- y se impuso la obligación de instruirles y gobernarles. Los domingos, a las diez, los “exploradores”, con los trajes de boyeros yanquis, le esperaban en la plaza de la Constitución, frente al Ayuntamiento. Había siempre allí, con tal motivo, bastantes curiosos. Formábanse los niños y echaban a andar hacia el campo, con don Arístides a la cabeza, despertando cierto rumor admirativo entre las gentes. En verdad, con sus rollos de cuerdas, sus garrafitas para el agua, su pértiga, su morral, las piernas bien envueltas en medias inglesas y el barboquejo caído, más parecían ir a una empresa formidable que a subir al monte Pelado, a las puertas del pueblo, que era, en realidad, el único objeto de aquel viaje.

Don Arístides iba también con su peliculero uniforme de explorador. El primer día que apareció con él en las calles de Iberina, casi hubo un alboroto. Las piernas torcidas, el bigote cano, la absurda delgadez de Sobrido, su reputación de hombre serio, no casaban, en opinión de las gentes, con aquel disfraz. Pero don Arístides soportaba las pullas heroicamente, como un evangelizador lleno de fe y anheloso de triunfo. Antes de salir de su casa, mandaba, sin embargo, a su esposa que se asomase al balcón para ver si había muchas personas en la calle. Luego, en el trayecto hasta la plaza de la Constitución, iba internamente azorado, mirando al suelo, y si se veía reflejado en un escaparate, su turbación aumentaba.

Pero ya al frente de los treinta chiquillos se sentía sereno, y, fuera de la ciudad, su entusiasmo le hacía latir el corazón presurosamente. Se imaginaba a veces ser un general que conducía un ejército a una lucha homérica. Casi siempre hacía subir a paso de ataque el monte Pelado –un cerro, más bien- y cuando sonaba la corneta que llevaba un boy-scout hospiciano, el propio don Arístides, enardecido, con su bastón agarrado como una espada, corría también, falda arriba, descargando golpes sobre las matas del tojo, como si segase cabezas. Pero se cansaban pronto sus piernas de alambre, y entonces, detenido, reunía aún las escasas fuerzas que le quedaban para gritar:

-¡Adelante, hijos míos!… ¡Siempre adelante!

La subida al monte le causaba invariablemente la misma emoción. A veces la adornaba con detalles bélicos de gran prestigio patriótico. Frecuentemente, desplegaba a la hueste infantil en una sola línea, con los tres banderines al frente…; porque cada diez chiquillos formaban un grupo asignado a un banderín sobre el cual estaba dibujado un bicho edificante, y, en inconsciente vuelta al culto totémico, cada crío recibía nombre del animalucho que enaltecía su banderín. Había el “alacrán venenoso”, el “lagarto pasmado” y el “gato enfurecido”. Según la explicación de don Arístides, el alacrán, con su veneno en la uña terminal de la cola, daba, desde los treinta centímetros cuadrados de tela que le contenían la clara lección de que la violencia debe ser lo último a lo que se debe apelar, pero que… hay que contar con ella, siquiera en el más lejano extremo del carácter, por si fuese necesario emplearla, el lagarto simbolizaba el pasmo admirativo ante la bella naturaleza, que también concedía semanalmente sus gracias a los “exploradores” en el panorama poco interesante que se alcanzaba a ver desde el monte Pelado; y el gato representaba la agilidad y la astucia, indispensables a todo boy-scout.

Cuando  los treinta arrapiezos se habían alineado detrás de sus banderines, Sobrido enarbolaba el bastón, chillando.

-¡Viva España!

-¡Viva!- clamaban las voces agudas de los chicos, que ya saltaban impacientes.

-¡Viva el Rey!

-¡Vivaaa…!

Arístides se volvía hacia el corneta:

– ¡Toca, Juanito!

Y se lanzaban, como leones, monte arriba. Desde la mitad de la ladera, allí donde todos los domingos se le acababa el aliento, su anciano jefe les gritaba:

– ¡A ver esos alacranes!… ¡Ánimo los lagartos!… ¡Adelante, adelante!…

Ya en la cumbre, se cruzaban las pértigas en pabellón y los chicos extraían sus viandas y devoraban con apetito, acariciados por la brisa que llegaba del mar lejano. Don Arístides había intentado, al principio, darles lecciones de cosas, pero la verdad es que el excelente hombre no se había visto nunca en la necesidad de estudiar y sus conocimientos eran, únicamente, hijos de sus observaciones personales; poco podía enseñar; una gran parte de su escasa ciencia no le inspiraba a él mismo gran confianza, y las pocas verdades de que estaba seguro las comunicaba perezosamente, con fatiga. Por todas estas razones, prescindió bien pronto de sus débiles tentativas de acrecer el hilillo de conocimientos que se insinuaba en las almas de sus treinta cachorros. Pero había en el grupo de los lagartos pasmados un niño, Tintín Ampudia, que no le dejaba en paz con sus inquisiciones. Esta desdichada criatura había ganado en el colegio donde se educaba un “premio a la aplicación”, consistente en una Botánica elemental, con numerosos grabados. Despiertos su actividad mental y su orgullo con un cáustico tan poderoso, el chiquillo abrió de par en par a la ciencia todas las puertas y las ventanas de su espíritu, y en cualquier momento que se le encontrase, no era más que el niño estudioso, premiado en el concurso del colegio de San Antonio. Preguntaba siempre y acerca de los infinitos asuntos que se ofrecen a la curiosidad de unos ojos recién abiertos. Don Arístides casi llegó a odiarle.

Sin embargo, para él guardaba exclusivamente las interrogaciones que le sugería una sola rama del saber humano: la Agricultura. Fue desde que un día quiso enterarse de la orden a que correspondía aquella cruz que en las ocasiones solemnes lucía sobre el pecho de su ilustre jefe, y su ilustre jefe le informó con solicitud:

– Es la cruz del Mérito Agrícola.

Y no era otra, en efecto. Arístides había ansiado siempre llevar una de tantas insignias con que los Gobiernos avisan celosamente a los ciudadanos: “eh, ahí va un hombre importante!”, como los Municipios colocan farolitos rojos junto a las zanjas y el “Real Automóvil Club” planchas de hierro cerca de las curvas y de los pasos a nivel. Sobrido hubiese deseado preferentemente una cruz militar, pero no podía apoyar su demanda en ningún mérito. Porque la triste verdad es que, hasta crear en Iberina el grupo de “exploradores”, su vida no tuvo utilidad alguna para sus semejantes. Su pariente lejano, el ministro de Fomento estaba dispuesto a servirle, pero no hallaba asidero; y en vista de que no podía adscribírsele a ningún orden de valores, le concedieron la cruz del Mérito Agrícola.

Tintín Ampundia, impresionado por esta especialización de su jefe, espoleaba su tierna facundia por la lectura del sucinto tratado de Botánica, amargaba la felicidad del don Arístides con cuestionarios atormentantes.

Los domingos, en el monte, después de almorzar, entregábanse los treinta chiquillos a trascendentales ejercicios. Ora se trataba de rastrear, y avanzaban a gatas siguiendo huellas imaginarias, ora se hacían prácticas de “paso del abismo”, y se lanzaban cuerdas de un lado a otro sobre una zanja de medio metro de profundidad; ora se resolvía, por medio de una lente, el problema de hacer fuego, en el supuesto de encontrase sin cerillas en el Sahara… Poco a poco, domingo a domingo, por estas maniobras expertamente dirigidas, aquellos muchachos se iban poniendo en condiciones de afrontar los trances más duros y los más graves peligros que pueden ocurrirle a un hombre en un planeta como el nuestro, donde los abismos sin puentes y los desiertos sin cerillas abundan más de lo que fuera deseable.

En tales ocasiones, cuando el espíritu de Arístides Sobrido se columpiaba gozosamente entre el evocado deleite de las novelas de Mayne Reid y la satisfacción de servir a su patria, era cuando Tintín le clavaba el dardo alevoso de una pregunta difícil. A lo mejor, pasaba una piara por la falda del monte, y el crío, después de meditar, inquiría:

– ¿Qué vale más, don Arístides: cuatro cerdos maduros o diez cerditos pequeños?

– ¿Para asar o… para qué…?- planteaba, un poco desconcertado, el caballero.

– Para hacer maletas. Mi mamá tiene una maleta de piel de cerdo.

– Entonces…, según. Si se trata de maletines de mano, yo recomendaría siempre los cerditos pequeños.

– Cerditos de Rusia.

– Sí, no pueden ser otros.

Y se alejaba el chiquillo. Pero diez minutos más tarde ya estaba el tenaz verdugo otra vez a su lado, mostrándole una flor campestre, enrojecido por el placer de ensayar ante una persona del mérito agrícola de Sobrido cualquier palabreja aprendida en la Botánica del premio.

– Don Arístides, ¿será una monocotiledónea?

Y si don Arístides, tomando la flor distraídamente, sin comprender bien, empujándole hacia atrás:

– Sí, muy mona; vete con tu grupo.

Aparte esta excepción, amaba a todos los “exploradores”. Les llamaba “mis valientes”, y cuando paseaba en la Alameda con su divisa en el ojal y algún boy-scout le saludaba llevándose la mano derecha al costado izquierdo, Sobrido respondía, entre protector y grave con un sombrerazo.

 Adelanto del Capítulo 6

Por aquellos días sufrieron los germanófilos una grave defección. El Faro Iberiense, el diario más modesto y aburrido de los tres con que contaba la ciudad, y que defendía la acción de los Imperios Centrales, se pasó al enemigo con sus tres redactores, sus cinco cajistas, el administrador y siete vendedores callejeros. El tránsito fue tan brusco que causó sensación. Sin que ningún indicio anterior pudiera hacerles sospechar aquel cambio, sus ochocientos lectores vieron con sorpresa una mañana en la hoja que les suministraba el desayuno espiritual grandes titulares que afirmaban que Guillermo II era un monstruo abominable y que sus ejércitos no tardarían en ser aniquilados.

Como no ofrezco estos apuntes únicamente a la efímera curiosidad del lector de novelas, sino que los brindo también a los historiadores que hayan de reconstituir, pasados los años, las memorias de este tormentoso periodo, debo consignar lealmente que no era ésta la primera brusca desviación que sufrían las opiniones de El Faro. Al estallar la guerra, se declaró francófilo, y el director, don Silvino Pérez, pedía todas las mañanas la devolución de Alsacia y de Lorena con tanto ahínco como si tuviese propiedades en aquella comarca y se las detentasen los germanos. Poco tiempo después, coincidiendo con la aparición de unos anuncios de casas alemanas, El Faro separose de la Entente y rindió pleitesía a Hindenmburg. Su justificación ante los lectores fue el arribo al frente de batalla de un regimiento de senegaleses. El Faro declaró adolorido que era incompatible con los senegaleses. La santa causa de la Libertad, la Civilización, el Derecho y las Pequeñas Nacionalidades, no podía admitir, sin denigrarse, la colaboración de aquellos bárbaros de oscura piel traídos a Europa como feroces instrumentales de muerte.

Don Silvino Pérez afirmó, en un alarmante artículo, que las consecuencias de esa colaboración de hombres salvajes en la guerra sería funesta para todo el continente. Varias veces en las equilibradas columnas de El Faro se había llamado la atención de las potencias acerca del “peligro amarillo”. Cuando El Faro se dedicaba a meditar –cumpliendo uno de sus más importantes deberes- acerca del posible fin de la hegemonía europea, tenía la profética visión escalofriante de una irrupción abrumadora de hombres de las grandes emigraciones asiáticas, incontenibles como las avenidas de sus grandes ríos. Veía El Faro juncos chinos cubriendo el mar,, acercándose a las playas del viejo continente. Veía hombrecillos de color azafranado saltar por las playas y los cantiles, formando un cordón que había de estrangular a Europa… Veía sus ojos oblicuos, sus bigotes lacios, sus túnicas de seda, sus sombreros en forma de setas, sus largos sables curvos, sus zapatos de punta retorcida…; y en todas las pequeñas embarcaciones había un estandarte en el que se retorcía, temible, un dragón. En estas imágenes recogía don Silvino Pérez todos sus recuerdos de las bandejas y los veladores de laca. Pero su fantasía achacaba gestos aún más terribles a los hombres de cabeza de marfil que habían de acabar con nosotros. ¿Qué ferocidades extraordinarias serían las suyas…? Evocaba los refinamientos de los suplicios asiáticos. Europa incendiada, toda Europa, una hoguera, y las figuritas menudas, de ojos torcidos, brincando entre las llamas, jubilosas, como salamandras vestidas de seda.

Pues bien: el peligro que El Faro Iberiense había denunciado en varias editoriales, amenazaba ya muy próximo. La visión profética del minúsculo diario iba a comprobarse en una fecha no distante. Y éramos nosotros mismos, los hombres de raza blanca, los que abríamos las puertas a las extrañas hordas feroces. Los japoneses ocupaban las Carolinas, donde los españoles vivieron; los negros de África estaban en Orleáns… Venían en calidad de fieras devoradoras de hombres, en calidad de máquinas de matar. Ya estaban en Europa, con sus rostros hocicudos, con sus ojos ensangrentados, con su recio pelo y su prominente dentadura blanca, de antropófagos… Imprudentemente, les enseñábamos los modernos sistemas de exterminio, enconábamos su odio contra el europeo, albergábamos la sierpe junto al corazón…

No… El Faro reconocía haberse equivocado en sus preferencias. La maravillosa raza india, embrutecida y esclavizada por el inglés; y ahora, los senegaleses… No. Ni la razón ni la justicia estaban de esa parte. Entrar los africanos en Francia y salir la simpatía de El Faro por la otra puerta, había sido simultáneo. Bien comprendía ahora que los aliados no esperarían mucho tiempo el fracaso final.

Pero dos meses después, acaso porque en una conferencia secreta, le hubiese convencido el cónsul de Francia, el director de El Faro amaneció con un traje nuevo y las antiguas ideas. Lo de los negros no tenía importancia. Era natural que se escatimasen las vidas de los hombres civilizados y que fuesen llevados a la lucha aquellos para quienes matar y morir constituía la única ocupación honrosa. A El Faro le constaba que los senegaleses se habían ofrecido a intervenir en la grave contienda, llenos de amoroso entusiasmo hacia la metrópoli amparadora. ¡De ellos debía aprender España! ¡Ay de las naciones que no acudiesen a verter sus sangre en la tierra sagrada de Francia en tales horas críticas! Cuando el momento de la liquidación llegase, recibirían el bien ganado castigo aniquilador. Era sonrojante que hasta los senegaleses nos dieran lecciones de cultura.

Capítulo 4

La vida de don Amado Casal no era muy holgada. Tres mil pesetas anuales le producía su empleo de secretario del Ayuntamiento de Iberina, y con ellas había de atender al sostenimiento de una casa donde medraban cinco hijos bajo los cuidados de doña Elisa, su mujer, siempre ajetreada, siempre quejosa, con los pelos caídos desde el cogote a la espalda, a manera de ramas de sauce. Don Amado abandonaba su hogar a las nueve de la a mañana, volvía a las dos para comer rápidamente, escapaba al café hasta las cinco de la tarde en que el trabajo le reclamaba de nuevo, cenaba en menos de media hora y otra vez huía a su tertulia. No era a él a quien molestaban los gritos y la suciedad de las criaturas, la pobreza y el desorden y el reducido ámbito de la casa, las viejas butacas por cuyos desgarrones asomaba la crin, la imponente visión del gigantesco y ruinoso armario cuya luna se había rasgado hasta parecer que las patas de una araña inmensa estaban allí, aplastadas, detrás del cristal. Tampoco era él quien tenía que idear aquella laboriosa distribución de fondos, triste y difícil como el racionamiento de una ciudad sitiada, que permitía que él, su mujer y sus críos tuviesen aún alguna carne sobre los huesos y alguna tela sobre la carne. Era doña Elisa la que braceaba entre aquella oculta miseria, pacificando a los pequeñuelos, batallando con las  vendedoras del mercado, entregada a la labor de dar todos lo días un sabor distinto a una fuente de patatas, y a coser sin tregua, y a gemir, y a asustarse cuando un niño tosía, y  a gritar: “¡apaga esa luz!” apenas veía en otra estancia un resplandor superfluo… ¡Sísifo obscuro del que nadie hablará! Cada día, tirando ella sola de la carga pesada, con la cuerda del remolque ceñida al pecho, ahincando los pies en el estrecho y duro camino de sirga, llevaba penosamente su hogar hasta el reposo nocturno. Y a la siguiente mañana todo le esperaba trastornado, deshecho; y se hacía indispensable recomenzar; el polvo había vuelto a los rincones, los zurcidos tornaban a abrir sus bocas bigotudas, las ollas estaban otra vez vacías, era preciso dar de nuevo jabón a los chiquillos, dinero a las vendedoras, lustre a la casa, cuerda al reloj…: vencer otro día tan igual al anterior que parecía el mismo. ¡Ea: la cuerda al pecho, en la dolorida huella de ayer; la espalda curvada sobre el camino infinito: a sirgar!

¡Infeliz mujer; siempre tuve hacia ella una compasión respetuosa! Yo he sido uno de sus tormentos. Durante dos años se aburrió diariamente de siete a nueve de la tarde paseando por la calle Larga de Iberina al lado de su hija, que charlaba conmigo las naderías de los enamorados. En todo aquel tiempo no tuvo más que un par de zapatos que le torturaban los pies y que absorbían en invierno, al través de sus grietas disimuladas, la frecuente humedad de las calles. Cuando ya no podía soportar el dolor, fingía abstraerse en la contemplación de un escaparate, y aliviaba ora un pie, ora el otro, elevándolos para que descansasen, en turno poco equitativo porque el izquierdo siempre le dolía más.

Ella hizo esos callados milagros que nadie canoniza: el de no enloquecer, el de hacer tortillas sin huevo, el de que Aurora aparentase tener un sombrero en cada estación, cuando en realidad no poseía más que uno para toda la vida. Pero en aquellos tiempos su fortaleza estuvo a punto de ceder y sus recursos de agotarse. Cada día todo costaba un poco más. El pescado que no había comprar en una peseta, valía veinticuatro horas después cinco reales. La carne era un manjar inasequible. Cada patata parecía, por su precio, que debía ser vendida envuelta en papel de estaño en tiendas de aterciopeladas vitrinas; como el marron glacé o como joyas.

– Pero, ¿por qué?- preguntaba cada vez doña Elisa.

     Y le respondían cada vez:

– Es la guerra

La mujer de Casal no podía comprender aquella unánime solidaridad de todos los animales y todos los vegetales con la degollina europea y sospechaba un fraude punible en cada elevación del coste. Le parecía irritante que la merluza que salía antes del mar, coleando al extremo de un anzuelo para dejarse vender por tres pesetas, se hiciese pagar ahora a nueve, como si a ella le costase más engordar en los abismos marinos o exigirse un cebo doblemente exquisito y preciado para dejarse coger. Ignoraba el trastorno de la economía mundial, pero atisbaba con perspicacia la rapacería del comerciante.

–  Si hay menos hombre- argüía-, ¿por qué escasean las patatas? ¿O es que ellas van también a luchar y a morir en otra maldita guerra de las lechugas?

Lo cierto es que la codicia había roto el freno en todos los corazones, y un desapoderado afán de riquezas, alentado por ejemplos relevantes y numerosos, espoleaba al ladrón agazapado dentro de cada hombre. No se pensaba en ganar, sino en enriquecerse, y se le concedía a la fortuna un plazo de meses –a veces horas- para rendirse sin condiciones. El pelafustán que vendía tocino, el belitre que negociaba en corbatas, el que rellenaba colchones, todo el que tenía un tenducho abierto, y los fabricantes rutinarios que agonizaban antes de la guerra sobre su propia inepcia, parapetados en un arancel criminal, y los dueños de minas exhaustas o inundadas, y los que presenciaban inconmovibles el hambre de la gente que arañaba en sus latifundios, se apresuraban a desfondar sus botas, como el soldado del cuento, para que el diablo de la guerra la llenase de oro, y se creían asistidos del derecho de despertar de su despreciable mediocridad convertidos en millonarios.

Y lo lograban.

Entonces fue cuando sacudió a Iberina la fiebre del comercio. Se vendía de todo y se compraba todo a buen precio: hasta lo que menos podía valer: hasta algunas conciencias. ¡Oh, yo os digo que nunca se pagaron tan caras tan malas conciencias! Pero hacían falta también, y los que las tenían en venta justificaban sus pretensiones con aquella misma frase de las mujerucas del mercado:

– ¡Es la guerra!

Y todos compraban y vendían. Era la época en que hasta en Madrid resultaba distinguido ser bilbaíno, porque Bilbao era el centro de los grandes negocios. Gente que no había trabajado nunca, aristócratas sin cultura, señoritos de cabaret, hombres ablandados en la molicie aburrida de los casinos, procurábanse representaciones comerciales y ofrecían ganado, automóviles, carbón, bosques de pinos, vagones de garbanzos, partidas de cuero… Pululaban por los bancos, discutían en los altos asientos de los bares americanos, cuchicheaban cohechos en los Ministerios para obtener permisos de exportación, intrigaban, bullían…

No vender algo, no comprar algo, era de mal tono y caracterizaba de quídam. Lo mejor, en algunos casos, para soslayar el desprecio, era fingir que se estaba incubando un misterioso asunto de grande provecho.

Yo mismo… Ahora me avergüenza el recordarlo, y comprendo que aquella escena no podría volver a repetirse en las circunstancias actuales, mientras conservase mi razón. Pero entonces fue un episodio sin importancia que seguramente habrá ocurrido en toda España millares de veces en los cuatro años de la tragedia.

Sucedió que una noche, en un bar en que el whisky era auténtico, me dijo mi amigo Urundurena, después de hacer en colaboración ciertos comentarios al reciente encumbramiento de algunos conocidos:

-Yo voy a realizar también un negocio fantástico. Tengo diez mil toneladas de pirita de cobre. Cuando quiera, las vendo; no hace falta más que ofrecerlas: me las quitarán de las manos. Pero no me gusta precipitarme. Está subiendo mucho su precio.

Yo sabía perfectamente que Urundurena era el único vasco que no había tenido en sus veintiocho años de vida ni un kilo del más modesto mineral. Pero ya he insinuado la frecuencia de estas fanfarronadas. El caso es que yo exclamé:

-Yo te las compro.

No se admiró lo más mínimo, aunque, a su vez, estaba enterado de que yo no podía adquirir ni el cobre necesario para hacer diez duros en calderilla.

– Te las compro. ¿Cuánto quieres?

Urundurena comenzó a patinar. Carecía del más elemental indicio acerca del valor de la pirita, y aun de lo que era exactamente la misma pirita. Masculló algunas frases de escaso sentido, mientras se apuraba en la ideación del precio.

– ¿Cuánto quiero?… ¡Hombre, así, de pronto!… Además, yo… De cualquier manera, no voy a cobrarte a ti lo mismo que a un desconocido. ¡Ea!, me vas a dar… cien mil pesetas por tonelada.

Rechacé seriamente:

– No puedo, querido; es muy cara…

– ¿Muy cara? ¡Por Dios, si es casi de balde!

– Me asombras, Urundurena. Vas con esas piritas a la Bolsa y no te dan por tonelada ni diez duros.

Yo creía entonces que en la Bolsa se vendía todo, como en un Rastro distinguido.

– ¡Pero si precisamente pregunté esta mañana en la Bolsa y me ofrecieron ciento dos pesetas!…

– ¡Qué horror! ¡Qué horror!- gemí.

– Hagamos cuentas- propuso él dominado ya por aquella fiebre de los negocios que era epidemia entonces.

Apartó el vaso de whisky y extrajo un lápiz del bolsillo.

– Hagamos cuentas, ¿Cuánto cobre crees tú que se puede extraer de esa cantidad de pirita?

– Veamos lo que crees tú- contesté prudentemente.

– Voy a conceder –balbució- que en cada tonelada se pierda la mitad.

– Es poco.

– Pongamos que se pierden las tres cuartas partes. Esto sólo se lo concedo a un amigo como tú. Queda un cuarto de tonelada de cobre. Cada moneda de diez céntimos pesa diez gramos. Calcula las que saldrán de ese cuarto de tonelada. Hago un mal negocio. Pierdo muchísimo…

Medité un poco y, para afirmar mi prestigio de hombre de finanzas, busqué una frase que tuviera sentido técnico, elevado.

– Rebájame un entero- exigí.

Me miró con desconfianza.

– Sea –gruñó-, trato hecho. Como tengas un poco de maña, puedes ganar en la reventa más de doscientas mil pesetas.

– Pienso llegar a los sesenta mil duros- afirmé severamente; e insinué en seguida-: Por el momento me interesa encontrar comprador para veinte mil sacos de lentejas que tengo en el almacén.

– Yo compro todo- deslizó con aire displicente Urundarena.

– Pues si te parece… a cincuenta pesetas cada saco.

– ¿Por quién me tomas?

– Precio de amigo. Te lo juro. ¿Quieres calcular? Una ración de lentejas se vende a dos reales en cualquier tasca; de cada saco pueden salir quinientas raciones. Es un estupendo negocio.

Vaciló.

– Rebaja un entero.

– Ya son tuyas. Con poco trabajo puedes ganar un millón en la reventa.

– No me sería difícil –concedió-. Tengo verdaderamente el don de los negocios.

Nadie que nos viese podría advertir en nosotros la menor emoción. Nos marchamos a dormir con la misma tranquila indiferencia que si no hubiésemos ganado ni un céntimo. Lo cierto es que mucha gente hacía transacciones parecidas a las nuestras, pero no era demasiado difícil prosperar; y hasta creo que si Urundurena y yo hubiésemos tenido cien o doscientos duros reales y verdaderos en vez de la pirita y de las lentejas fantásticas, hubiésemos llegado muy lejos.

Pero yo estaba sometido a un sueldo más mísero aún que el de Casal. Y tampoco me preocupaba mucho el dinero. Deseaba tan sólo el suficiente para poder llevar a mi lado a la dulce Aurora, y aun esto sin excesivas impaciencias, porque un buen empleado sabe que en su vida los grandes cambios están regulados por los ascensos y les supedita sus ansias. Pero un ascenso no es un bien arbitrario e irregular, como un premio de la Lotería, sino algo tan serio y grave y ordenado como las fases de la metamorfosis de un insecto. Hay que esperar como se espera para todo lo importante: para que aparezcan los dientes, para llevar gafas, para tener un hijo, para digerir, para que vuelva a pasar un cometa, para entrar en el despacho del director general… No podía casarme aún, pero solicité permiso para que nuestra charla diaria pudiese ser sostenida al amparo del techo familiar. Doña Elisa, un poco colorada, opuso:

– Mire usted, Javier, francamente…, aprecio su buen deseo, pero hasta que usted se decida a hacer la petición formal de la mano… vamos a dejar las cosas así. Ya sabe cómo es el pueblo… Si después de entrar en casa ustedes se separasen por cualquier disgustillo…

Y yo expliqué:

– Usted comprenderá, doña Elisa, que, para casarnos…, hasta que ascienda…

Y ella suavemente:

– Pues esperemos a entonces. Es mejor.

La razón secreta estaba en aquellos muebles sin barnizar y en aquellas butacas rotas y en aquel aspecto empobrecido y lamentable de la casa, que los esfuerzos de la madre no podían disimular ni corregir. Aurora oyó el diálogo, pero no intervino en él. Allanose sosegadamente a la superior decisión. Pienso aún muchas veces en ella y la veo mejor que entonces, a favor de la lejanía; y me sobrecoge un poco pensar cómo me juzgará ahora, si aún se acuerda de mí. En aquel tiempo tuve a mi lado, sin comprenderla bien, una mujercita serena y dulce, desentendida de todas las nerviosas exaltaciones de su padre y en la cual se había transformado en reposo la resignación maternal. La impetuosidad lírica de los dieciocho años la arrastraba al amor, pero yo creo que no era el amor lo que ocupaba sus pensamientos cuando, en la encristalada galería de su casa, mientras en su regazo se iba durmiendo el hermanito menor y el agua de los canalones batía con estrépito los paraguas, se quedaba con sus grandes ojos oscuros mirando los dibujos de la lluvia en los vidrios. La vida familiar debía de tener embridados sus ensueños: las angustiadas confidencias de su madre, los sucesivos avatares  de su ropita, la imposibilidad de eludir en ningún momento –ni aun en los de más dolorosa fatiga- el cansancio y espeso ambiente del hogar, porque ella era “una señorita decente”, y una señorita decente no podía poner un pie fuera del portal de su casa sin movilizar tras ella en celosa guarda al padre o a la madre o a otra persona de comprobada solvencia moral… Y así estaba, hundida en un amargo tedio que ella no había creado, tirando con su madre del carro donde ningún peso era suyo, envenenada el alma por las toxinas que emanan de un matrimonio pobre y prolífico próximo a celebrar las bodas de plata. Trajes recosidos, menús irrisorios, llanto de criaturas, muebles arañados, un viejo gabán echado en la cama para calentar los pies en invierno, mejillas anémicas; a cada peseta gastada, un “ay, Jesús”; y aquella repetida congoja de los últimos días del mes, cuando, tras tímidas vacilaciones, doña Elisa indagaba de su marido: “¿Podrías pedir cinco duros?”… y don Amaro inclinaba entonces la cabeza, un poco malhumorado, y no respondía; pero por la noche entregaba, al entrar, el mugriento billete. A veces nada más que veintitrés pesetas. Había reservado dos para su tabaco y su café… Vida de penuria por la que la tristeza se arrastraba largamente como un jirón de niebla por un paisaje otoñal.

Pero yo no comprendía entonces… Ni esperaba que el vaho de la sangre, al pasar sobre la tierra, iba a cambiar tantas cosas… Mi contrato con la sociedad humana estaba firmado, y confiaba en él. A los veintitrés años, veinte duros y una novia; antes de los treinta, cinco pesetas diarias y una esposa, esa “mujer casada”; tranquilidad, quietud, hijos, cafés con ruido de fichas de dominó, cigarrillos de cuarenta céntimos, películas americanas… Y el ingente y respetable Escalafón rodando lentamente sobre el mundo y sobre el camino de mi vida, alisándolo…

Cuando cavilo en todo esto se me ocurre que mi generación ha sido gris, apagada y estúpida. Tan atiborrada de tópicos, de imaginación tan decaída, que le fue preciso sufrir la guerra para enterarse de que la guerra es un gigantesco crimen repugnante donde se padece con el más estéril de los dolores, entre espantos inenarrables, y que esta palabra: “batalla”, que en las novelas y en la historia tiene un bello fulgor romántico, envuelve, como la piel de una granada, los rojos granos de millares de tristezas, de millares de heridas, y el hambre, y los incendios, y la ruina, y la muerte, y cuerpos desgarrados, y luto, y agonías abandonadas entre el lodo, bajo la escarcha y bajo el sol. Fuimos el fruto natural de aquellos hombres que amaban las frases pomposas rellenas de crema de pensamientos formidablemente baladíes; que llevaban un sombrero de chimenea sobre el cráneo para favorecer el tiro en la “hoguera de sus ideales”; que discutían el ademán con que sus señoras habían de saludar la bandera; que creían que el hombre debía oler a tabaco, a aguardiente y yodoformo; que se entusiasmaban con la retumbante pesadez de Víctor Hugo, y sentían el dulce mareo de lo sublime cuando un político extendía sus manos en el Parlamento y comenzaba un discurso tremolado:

– ¡Grande es Dios en el Sinaí…!

Eran hombres cáscaras, sonoros y huecos, que suponían empujar heroicamente “el carro de la Civilización” porque en ocasiones se dejaban apalear por los guardias al amotinarse para exigir cosas tan triviales como la secularización de los cementerios; y porque también, algunas veces, se reunían en asambleas o paseaban las calles, pálidos, con el escalofrío de los mártires, recelosos de la iracundia demagógica, gritando ante los guardias, los transeúntes y los tenderos que se asomaban a las puertas, sus vehementes, sus incontenibles deseos de que Cristo fuese Rey…. Hombres estrepitosos y miopes, admiradores de Napoleón y que aun conservaban una estremecida devoción por la poesía lírica, por el marrasquino y por las grandes paradas militares. No pudieron engendrar más que multitudes, hombres de fila, masa: empleados, soldados… En masa corrimos aquí a las oficinas, y, en casi todo el mundo, a las trincheras. En masa ascendimos aquí, y en masa murieron allá. Nos decían: “copie esa minuta”, o “dispare ese fusil”; y no pensábamos más. Las grandes frases de nuestros padres guardaban la retaguardia y nos iban empujando hacia nuestro destino, trágico o sencillamente melancólico. Nuestra generación fue una multitud, nada más que una multitud, copiosa, apretada y llana como un arenal sin guijarros. Quizá por eso la Naturaleza la gastó pródigamente en la Hecatombe Inútil, con la misma indiferencia con que ve a diario precipitarse millones de animalitos del plankton en la boca de una ballena, con la misma frialdad estática con que mira al armadillo retirar golosamente su larga lengua cubierta de hormigas, o a las golondrinas engullir enjambres y enjambres de moscas, todas pardas, todas iguales, todas con su barriguita purulenta y su vanidoso ronroneo e idéntica manera de frotar las patitas, con el ademán satisfecho y burgués de un oficinista a la hora de marcharse o de un soldado ante la pitanza.

Una multitud; eso es lo que somos. Si no pudiésemos escribir novelas de la guerra, la Humanidad no llegaría a enterarse nunca de que hemos existido.

 Adelanto del capítulo 5º.

 Arístides Sobrido, el viejo amigo de don Amado, que había sostenido sobre la pila bautismal a la pequeña Aurora, apareció en el café donde el secretario no tenía y más contertulio que el mueblista Suárez retenido por las jugosas posibilidades de una discusión acerca de la ingerencia de España en la guerra. Algunos diarios de Madrid lo exigían, con el fuerte vocabulario de aquel tiempo de exaltaciones, y El Radical, bajo el título del medioevo – ¡España por los aliados!– que se extendía a lo ancho de la primera plana, desarrollaba entusiastamente el tema y afirmaba que únicamente dos españoles podrían, en tan graves momentos, señalar el rumbo que debía seguir la nación: el señor Lerroux y el cardenal Cisneros. Lamentablemente fallecido, hacía ya algunas centurias, el segundo de estos dos personajes, era forzoso poner nuestros destinos en las manos del propietario y director de aquel periódico.

Excitados por tales sugestiones, Casal y Suárez procuraban sondar en el porvenir de su patria. El mueblista, hombre de espíritu más sosegado, hecho a ahondar en los negocios y a examinar el pro y el contra de cada cuestión, no creía que España se decidiese a guerrear, y su flemático pesimismo irritaba a don Amado.

Así, cuando Arístides apareció, limitose a intercalar en su discurso un rápido: “¿cómo te va?”, y a tirarle de la mano, después de estrechársela, para indicarle que debía sentarse a su lado, en el diván. Quizá influyese en tal laconismo el deseo, perfectamente respetable, de no verse obligado a invitarle a café.

– ¿Por qué, vamos a ver, por qué?- continuó Casal, acosando a su contradictor-. ¿Es que cree usted que no puede obligarse al Gobierno a salir de su neutralidad? Pues en otras partes se ha hecho, y también parecía difícil.

– Pero aquí, no –opuso Suárez-; aquí somos neutrales a la fuerza, porque carecemos de medios de lucha.

– ¿Es que no tenemos un ejército, como cada quisque?

– Pero no tan bien preparado.

– ¡Caramba! ¿Y por qué? – interrogó burlonamente Casal.

Sobrido no estaba en el café para discutir tales temas, pero no pudo contenerse.

– ¡Hombre, no diga eso!- reprochó-. Donde esté un soldado español, que se quiten todos. ¡Un ejército que estuvo luchando no sé cuántos siglos para echar a los moros de la Península…! ¿Y los conquistadores de América? ¿Quién hizo otro tanto? ¡Parece mentira, Suárez!

Don Arístides era un germanófilo intransigente, pero compraba sus muebles en el almacén de Suárez, y éste le profesaba la estimación que se debe a todo hombre que paga sus pedidos por anticipado. Mostrose un poco afligido con la reprimenda, y explicó:

– ¡Pero si no digo nada en contra de eso! ¡Dios me libre de dudar del valor de nuestros soldados! Me he referido a las culpas de los gobernantes, y usted mismo me dará la razón, si me escucha, don Arístides.

[…]

 

 

 

Capítulo 3

La fortuna del excelentísimo señor don Juan Lobo sería hoy suficiente para adquirir una provincia, si su ansia de atesorar no le hubiera hecho comprometer una gran parte en la compra de marcos. Pero aún así, el señor Lobo es uno de los ricos más ricos de España. Cuando estalló la guerra ya era dueño de dos millones, y, como detalles que revelan su esplendidez y su amor a las comodidades, diré que poseía en el “Casino Iberiense” una escupitera y un taco para jugar al billar.

Al conocer la magnitud de la conflagración, el señor Lobo vendió su automóvil, se dio de baja en el teléfono y en los diarios locales, anuló un pedido copioso hecho a la tienda de ultramarinos y despidió a toda la servidumbre, con la excepción de una vieja criada de su mujer. Adivinaba una catástrofe económica y esperaba temblando el momento en que le fuese necesario vivir como un empleadillo cualquiera. Verdad es que así pensaron todos los rentistas, todos los comerciantes y todos los industriales españoles, sin ninguna excepción, en los primeros días de guerra, y que el dinero que robusteció sus caudales entró en sus casas como un gas, filtrándose al través de las puertas que habían cerrado la torpeza y el miedo.

El señor Lobo ganó después tanto como el más codicioso de los hombres pudiera soñar, y cuando le recuerdan sus temerosas previsiones de entonces, trata de explicarlas displicentemente asegurando que el automóvil era viejo, que el teléfono le molestaba y que los criados carecían de aptitudes. Pero lo cierto es que, antes de que se diese cuenta de la razón, encontrose con que sus ovejas tenían vellones de oro; la madera de sus pinares casi valía tanto como antes la caoba, y en la tierra donde nacían el trigo, las lentejas y las coles bastaba ahora inclinarse a la hora gratísima de la cosecha para llenarse el regazo de billetes. Sin que le naciese una arruga ni vertiese una sola gota de sudor, el dinero corría hacia él y sus acciones se desdoblaban y volvían a desdoblarse, con la fecundidad que sólo es posible encontrar en algunos peces y en algunos insectos.

Pero el reposo de este personaje, su inercia durante aquel agitado período –especie de hombre-estanque, al que confluían arroyuelos de oro- no merece más atención por mi parte, y si le he citado es tan sólo porque, al dedicar un capítulo al mágico enriquecimiento de algunos vecinos de Iberina, el nombre del inteligente millonario salta al papel desde los puntos de la pluma, habituado a aparecer el primero en cuantas reseñas se escriben a propósito de reuniones de Consejos de Administración. Y lo dejo pasar del mismo modo que los novelistas de la guerra cuentan en dos renglones cómo cruzó un viejo general con sus galones de oro y su casco reluciente y la quincalla de sus cruces sobre el pecho, sin que después vuelva a transcurrir el mismo bravo caudillo por las páginas de la obra. Ruego a ustedes que no olviden en ningún momento que están leyendo una novela de la guerra, impregnada de la incoherencia, el desorden y la sucesión atropellada de vidas y de hechos que la guerra impone. Aunque un personaje nos cautive, leyendo a Arnold Zweig, a Barbusse o a Remarque, no protestamos si un proyectil lo suprime prematuramente para nuestro interés. Sería inútil, porque el personaje podría argüir: “Ustedes están encantados conmigo, pero acabo de recibir una bala en los sesos,  y ya tengo bastantes razones para morirme aquí, después de saltar como una liebre”. Y nadie se atrevería a tacharle de desatento. Así mis personajes llegan a la sombra y a la sombra vuelven en momentos fatales que señala el reloj de la terrible epopeya, y pretender retenerlos es como asirse al fantasma que comienza a desdibujarse cuando ya ha cantado el gallo anunciador de la aurora.

Obedientes a la ley que rige estas novelas, surgen ante mí, crasos y alegres, optimistas y adinerados, dos ilustres vecinos de Iberina, con un derecho a entrar en la Historia por la estrecha y escondida puerta de este libro.

Uno de ellos es Enrique Melgar, ¿Quién sino él descubrió la inagotable mina Cisconia con tan patriótica oportunidad? Durante los treinta y nueve primeros años de su vida, Enrique Melgar no pudo explicarse nunca el reiterado fenómeno de sus fracasos como negociante. Cuenta empresa acometía derrumbábase dejando una amarga estela de letras protestadas y, ante las puertas de su casa, los días primeros de cada mes, una cola de acreedores que la desesperanza se encargaba de reducir bien pronto. Melgar tuvo una tienda de gorras. Y quebró. Y un almacén de vinos. Y quebró. Y una agencia de colocaciones… Se quejaba de su suerte, y hasta llegó a negar a la Providencia. No sabía que estaba reservado para algo más grande.

¿Quién sino el ángel que vela por los destinos de España le incitó a ir a pasearse por las vertientes del monte Pelado el mismo día en que debían presentarse al cobro de una factura de mil pesetas. Es seguro que Enrique Melgar, hombre escrupuloso, no podría dar explicación alguna del hecho de estar a las cinco en punto a tres kilómetros de la ciudad, sentado en una piedra, cara al mar y fumando un cigarrillo, habiendo dicho la víspera a su alrededor:

– Mañana, entre cinco y cinco y cuarto, vaya a verme a mi casa y le pagaré.

Sin duda, todo obedeció a un designio superior a su voluntad. El caso es que había llegado allí como pudiera haber ido a cualquier otra parte. Mientras fumó, estuvo contemplando el mar melancólicamente. Cuando arrojó la punta del cigarrillo, quiso aplastarla con el bastón. La deshizo y, maquinalmente, siguió escarbando –ahora con las uñas- fruncido el ceño y una lucecita en los ojos; guardó tres o cuatro guijarros y se puso en pie…

Poco después bajaba, silbando, la ladera, y unos días más tarde supo que había denunciado una mina de carbón, la Cisconia, en el monte Pelado.

Al principio nadie quiso creerlo. La gente recordaba que en otros tiempos había existido en aquel mismo lugar una fragua, donde herraban las caballerías y al ganado que iban a la feria de San Antonio; y afirmó que lo que Melgar había descubierto era el depósito donde el herrero arrojaba las escorias. Puede que sí y puede que no. El caso fue que bien pronto aparecieron unos hombres que comenzaron a picar y a cortar rebanadas de monte, y salieron en todas direcciones vagones cargados de una especie de arenisca negra y también de guijarros del mismo color, del tamaño de huevos de gallina. Las características de este mineral eran la humedad, un peso análogo al del granito y una tenaz resistencia al fuego. Casi puede decirse que no ardía nunca; pero eso era lo más conveniente, porque en las contadas ocasiones en que se consiguió poner rojo aquel producto, brotó de él una densa nube de humo verdinegro, tan sofocante, de tan irresistible olor, que aun los hombres habituados a beber el aguardiente de caña, tosían como viejas y lagrimeaban como niños. En todo caso, esta circunstancia desmiente el rumor- generalizado en Iberina de que Melgar exportaba sencillamente tierra, porque ninguna tierra del mundo, ni aun la tierra de los cementerios, puede oler tan mal al ser quemada. Y en la imposibilidad de saber ciertamente qué era aquello, se convino en aceptarlo como carbón. Melgar se hizo representar en Madrid por el hijo del gobernante, y como en España escaseaba el combustible desde que Inglaterra había entrado en la lucha, vendió tantos vagones como pudo cargar con las raspaduras del monte Pelado. Y se enriqueció más que si hubiese descubierto una mina de oro. La Compañía Iberiense de Ferrocarriles (C.I.F.) era uno de sus principales clientes, y desde que fue así, salir o entrar en la ciudad por el camino de hierro arredraba a los corazones mejor templados.

No es que fuese cómodo viajar en aquel tren antes de que se decidiese quemar en sus hogares el carbón de Cisconia. Desde los días de la inauguración, los coches saltaban como canguros y a cada momento parecía que iban a desgonzarse. Los revisores, negros de humo y con la ropa destrozada, asustaban a los viajeros asomándose a las ventanillas para pedirles tabaco, y cuando el convoy se detenía en una estación, el jefe abrazaba al maquinista como si hubiese temido que no pudiera llegar.

La C.I.F sufrió durante mucho tiempo una terrible crisis económica. Perdió el dinero a raudales y estuvo próxima a la quiebra. Era imposible ocultar que todo estaba en ella desorganizado. Siempre había un tren de viajeros que chocaba con otro de mercancías, y así, antes de tomar el billete, los pasajeros se enteraban cuidadosamente de la clase de carga que traía el tren mercante con el que debían cruzar. Si era heno, harina o cualquier otra materia blanda, se embarcaban. Si eran bloques de mármol, maquinaria o, en fin, materiales compactos y duros, renunciaban a emprender el viaje. Les parecía que en el inevitable choque tenían más probabilidades de romperse menos huesos en el primero de estos dos casos. Naturalmente, no era sino una despreciable conjetura, casi nunca comprobada en la práctica de todos los días.

Llegó un momento en que la C.I.F. no encontró maquinistas ni fogoneros que se aviniesen a jugar la vida con tantas probabilidades de perderla, y se vio obligada a reclutar su personal entre licenciados de guerra de África, sin miedo a nadie ni a nada, curtidos en el riesgo. Los jefes daban salida a los convoyes llorando a hilo, y en cuanto arrancaba la máquina, en el balcón de la Casa Consistorial ponían la bandera a media asta, en anticipada pero infalible señal de duelo.

Las hecatombes cesaron porque las máquinas se quedaron sin fuerzas al año de uso. Se detenían en las cuestas y, previo el pago de un pequeño suplemento, los viajeros obtenían permiso para empujarlas.

La Compañía no sabía qué hacer. Las acciones bajaban. Se llamó a un ingeniero belga. El ingeniero belga propuso que se adquiriese un nuevo material. La solución era absurda, porque se aspiraba a ganar algo, no a gastar más. Se llamó a un ingeniero alemán. El ingeniero alemán recomendó que se vendiese todo como hierro viejo y se volviese a hacer la línea con otro trazado. Más absurdo aún. Entonces la Compañía nombró presidente del Consejo de Administración al ex ministro X, y le señaló un sueldo anual de doce mil duros. El ilustre personaje estudió el asunto en dos días, y descubrió que lo que le hacía falta al ferrocarril era una amplia subvención del Estado. Se la procuró, y la C.I.F. reparte desde entonces dividendos, para escarnio de todos los ingenieros españoles, alemanes y belgas.

El carbón de Enrique Melgar volvió a dar a aquellos viajes el encanto de lo imprevisto. A veces, la llamita del gas que alumbraba los vagones era azul, o verde, o lívida, como la del azufre. A veces el humo de la máquina saturaba la piel de los viajeros de un color negro-etíope, y a veces de un tono leonado. Pero estas no eran más que bagatelas. Cierto día llegó a Iberina el tren y nadie bajó de los vagones. Todos los pasajeros estaban atufados. Los efectos de las emanaciones del hogar perturbaban hasta el punto de que muchos individuos se apeaban en estaciones donde no tenían nada que hacer, con maletines que no eran los suyos. Las locomotoras se paraban de repente en medio del campo, y algunos viajeros aseguraban oírlas suspirar, como si se les hiciese demasiado duro su sino. Cuando esto ocurría, el fogonero, caminaba lentamente a lo largo del tren, salmodiando con voz fatigada:

– ¿Tienen ustedes periódicos viejos o algo para quemar?

Y por las ventanillas le echaban cestos de mimbres, revistas ilustradas, bastones, fundas de maletas… En ocasiones, la detención duraba días enteros, y entre los desdichados ocupantes del tren se jugaba a las cartas, se organizaban orfeones, se concertaban matrimonios y se incurría, en fin, en todas las extravagancias que aconseja un ocio prolongado y la inseguridad de volver al seno de las sociedades humanas.

Como esos perros esquimales capaces de alimentarse con cuero; como los náufragos que devoran astillas del bote donde se han refugiado, las locomotoras de aquella época sacaban fuerzas de los más extraños objetos, hasta del carbón de Melgar, cuyo destino nadie hubiera sospechado que fuese el servir de combustible. Ocurrían milagros. Yo no salí entonces de Iberina, pero he oído contar que una máquina que llevaba treinta horas parada en un descampado se movió sobre los rieles siguiendo ansiosamente a un empleado que tuvo la idea de caminar ante ella por la vía llevando en la mano un trozo auténtico de carbón de Cardiff.

No sé si esto es posible. Viajo poco. Pero sucesos más o menos prodigiosos se repitieron durante los años de la guerra en todos los ferrocarriles de España.

Si alguien logró en Iberina una fortuna mayor que la de Enrique Melgar, fue Avelino Rivera, antiguo pescador que, cuando aparecieron los vapores del bou, había hecho encallar su barquito en tierra firme, aprovechando unas mareas extraordinarias, y lo había convertido en morada de su familia, resuelto a consagrarse para siempre a la agricultura. Una noche, en el otoño de 1916, las olas arrancaron a su descanso aquel calafateado armatoste, anacrónico como el arca de Noé, y lo llevaron a la deriva. Riera y los suyos no murieron de hambre porque en el viejo barco guardaban su abundante gallinero y una considerable cantidad de trigo y lentejas. Marchó el leño por donde quiso el buen Dios, y, pasados varios días, tocaron a un punto que resultó ser un puertecillo de Francia. Y ya allí, casi antes de tener tiempo de bendecir al Señor, le compraron por una cantidad exorbitante de trigo, las lentejas, las gallinas y las boinas de sus tres hijos. Hizo poner una vela a su arcón, lo arregló como pudo y volvió a las próximas costas de España, dispuesto a repetir, ya voluntariamente, el viaje. Cuando se abrió en dos su barco, la Compañía aseguradora se lo pagó muy bien, y ya tenía él abundantes ahorros. Compró un vaporcito, y se dio tanta prisa en transportar al país vecino maderas, mantas, mulos, cereales, ganado, mineral y conservas, como si quisiese vaciar España. Dícese que llevaba a remolque depósitos de gasolina para dar de beber a los submarinos alemanes si los topaba; pero esto, en definitiva, no prueba otra cosa que su espíritu de neutralidad.

Cuando acabó la guerra era dueño de una flota y tan rico que tenía a sueldo un famoso pintor holandés, de la escuela de Rembrandt, encargado exclusivamente de procurar el todo justo del café con leche que el prócer gustaba de beber varias veces al día. A estas exquisiteces llamaban entonces los que tenían menos dinero y los que carecían absolutamente de él “insolencias de nuevo rico”.  Pero no debían de ser tales, ya que las dos hijas de Avelino Riera se han casado, hace tiempo, con dos Grandes de España, elegidos entre veinticuatro.

Podría añadirle otros muchos nombres a esta lista de personas que, por medios igualmente inesperados y distantes de la vulgaridad, acumulaban respetables fortunas gracias a haber sido asesinado un archiduque en la remotísima ciudad de Sarajevo. Si no lo hago es porque ningún otro caso puede superar en originalidad ni en millones a los ya consignados. Ni aun el fabricante de paños de Moltó, que por aquel entonces vendió por kilómetros y al precio que se le antojó pedir una tela singularísima con la que muchos caballeros españoles se hicieron vestidos que el primer día eran grises; el segundo, verdes; a la semana siguiente, tornasolados, y en cuanto les alcanzaba la lluvia olían a sopa de legumbres. Este último inconveniente no bastaba para anular la ventaja de sugerir a la gente que se poseían varios trajes, cuando en realidad se llevaba puesto siempre el mismo. El mérito del señor Moltó destaca con mayor relieve si se tiene en cuenta que fabricaba ese paño increíble en un telar que cierto abuelo suyo había adquirido en la cabaña de un malayo, en no sé qué isla de la Polinesia; y el señor Moltó, orgulloso de las tradiciones de su casa, nunca lo había querido sustituir.

Pero ya he dicho que no entra en mis propósitos recorrer, peldaño por peldaño, la escalera que comienza suntuosamente en el excelentísimo don Juan Lobo y termina en el humilde iberiense que ha conseguido algunas economías vendiendo botones con la conminación: “¡No me hable usted de la guerra!”

Con lo ya referido, los futuros historiadores tienen bastante.

 

Capítulo 2

Donde hay dos hombres existe una rivalidad; y en Iberina moraban veinte mil personas que nunca estuvieron acordes. Diez mil vecinos pensaban siempre lo contrario que los otros diez mil. Desconozco la historia antigua de la ciudad, pero recuerdo tres de las grandes causas sucesivas que provocaron escisiones tan hondas como las grietas que puede abrir un movimiento sísmico. En mi infancia, el bando de los que hacían el viaje a la capital en los coches de El Oriente procuraba rehuir el contacto con los que preferían los de La Nueva Iberina, que, a su vez, les consideraban con desdén. Cuando uno de los retumbantes carruajes adelantaba al otro en la carretera, los viajeros, asomados a las ventanillas, se colmaban de insultos y se arrojaban trozos de pan, salivazos y residuos de tortillas de patatas, enrojecidos, exaltados, irreconciliables. Los brazos se extendían y los dedos adoptaban las diversas posiciones de su lenguaje convencional: se abrían delante de la nariz de su dueño, en mofa; se cerraban apretada y unánimemente en amenaza, o con alguna discrepancia, en escarnio.

Las señoras gritaban también.

Y los curas.

Después se comentaba en las tertulias de Iberina:

– La diligencia de El Oriente pasó hoy a la otra, en la cuesta del Cuervo.

Allí fue donde dos concejales, un magistrado y un oficial se agarraron a los tirantes de las caballerías para sacar al coche de un atasco, y como no lo consiguiesen, uno de los concejales gritó, enardecido, al ver aparecer a lo lejos el carruaje de la otra Empresa:

– ¡Tralla, mayoral!

Y el mayoral repartió entre ellos unos latigazos, golpeando el pescante con sus pies. Y arrancó el coche.

El fútbol refirió estos enconos a otras ansias. Surgieron dos equipos en la ciudad, y la dividieron en dos apasionamientos delirantes. Gente que nunca había tenido la menor relación con los deportes, individuos sedentarios, señoritas sentimentales, madres de familia, huecas ya de tanto parir, banqueros, hombres graves, hasta enfermos crónicos que no podían abandonar el lecho, y paralíticos clavados en sus sillón, y los quince ciegos de nacimiento que había en aquel redil humano, alistaban sus intransigentes simpatías en uno u otro equipo. Todos los días de fiesta, fuera de murallas, en un campo donde antaño crecían periódicamente las hortalizas, agolpábase la muchedumbre en graderías de madera de pino para ver cuántas veces y por cuál de las puertas entraba una pelota, y se apostrofaban, se burlaban y se golpeaban entre sí.

Las señoras también.

Y los tenedores de libros.

Allí fue donde murió el sacristán de San Jorge. Se le rompió el corazón al conseguir su equipo el goal del empate. El buen hombre trabajaba durante el partido más que cualquier jugador. Como los aficionados al billar contorsionaban su cuerpo en una imaginaria ayuda a las bolas, así él realizaba en su banco tantos movimientos como pueden hacer falta para llenar de agujetas el cuerpo de un estibador. Se inclinaba a derecha e izquierda, “cargando” sobre sus vecinos de asiento; y en los instantes decisivos, cuando sus favoritos “chutaban”, no reparaba en pegar un fuerte puntapié a la señora sentada en la grada inferior, que, a su vez, había dado un rodillazo en los riñones al caballero colocado ante ella, a más bajo nivel. Pero esto era tan frecuente que no se molestaba nadie.

Al estallar la guerra europea, en el verano de 1914, todos los rencores desaparecieron, todas las divergencias se borraron; hubo una pausa de atención y de susto en la que se diría que el barro en que estaban modelados los recientes visajes de los enemigos, era amasado nuevamente por las manos del escultor.

Y, de pronto, Iberina se rajó en dos mitades.

Ocurrió así:

Al conserje del Colegio de San Antonio le regalaron un perro. El conserje del Colegio de San Antonio era muy querido en la ciudad, porque había soportado angelicalmente las diabluras de tres generaciones de estudiantes. El señor Ibarra, último propietario y director del Colegio, tenía asimismo en gran estima al viejo servidor, y cuando se quedaban solos en la enorme sala central, prescindía amablemente de su empaque para ofrecerle un cigarrillo.

Si ha de decirse la verdad, el perro no valía nada. Era pequeño, rabicorto y torpe de movimientos, si olía alguna vez la esquina de una casa lo hacía como cumpliendo con un deber, no con esa desenfadada alegría con que los perros suelen exteriorizar su desdén por la arquitectura. Temía a los guardias, sabe Dios por qué sucesos misteriosos de su vida pasada, y casi todos los días entraba en los jardinillos de la Plaza y comía hierbas seis o siete minutos. Nada más sé de él. Pero estos detalles no creo que puedan suscitar la idea asociada de un emperador. Sin embargo, el conserje le puso por nombre Kaiser.

Por aquellos días, el señor Ibarra dejó de ofrecerle tabaco cuando se encontraban al terminar las clases.

Razones que nunca fueron bien conocidas, pero que acaso tuviesen su raíz en la evolución de los rencores de aquel humilde funcionario, le movieron poco tiempo después a designar al animalucho con este apodo: Kronprinz.

Y ya comenzaba la sucia bestezuela a comprender la relación que había entre ellas y este sonido, cuando su amo cambió repentinamente de parecer y la bautizó con un apellido sonoro y honorable: Ludendorf.

Como un día llamase al can en presencia del señor Ibarra, que corregía los cuadernos de los alumnos de Latín, el señor Ibarra levantó la cabeza y le preguntó severamente:

-¿Cómo ha nombrado usted a ese perro?

El conserje, que iba hacia el patio con un escoba y un balde de agua, se detuvo.

–  Ludendorf– respondió.

– Dígame, ¿es una inspiración del momento o le llama siempre así?

– Ahora se llama así: Ludendorf.

El director dejó su pluma:

– Usted puede  poner al chucho el nombre que quiera: Leal, o Melquíades, o Lerroux, o cualquier otro de esos motes que se les suelen dar; pero nunca el que ahora tiene.

– ¿Por qué?

– Porque yo no lo consiento.

– Pero el perro es mío.

– Pero el Colegio es mío. Y al general Luidendorf me lo respeta usted. Cuando quiera pronunciar su nombre, coja la escoba de su oficio y cuádrese.

El conserje arrojó el balde, que resonó con estrépito.

– ¡Muera el Kaiser!- gritó rabiosamente, con los puños cerrados.

– ¡Muera Poincaré!- respondió el director.

A siete metros de distancia uno del otro, parecía que aquellos hombres, en el solitario salón, cruzaban los disparos.

– ¡Viva Francia!- volvió a hacer fuego el empleado, dándole un patada al cubo de cinc.

– ¡A la calle! –le alcanzó el jefe, arrojando una regla de ebonita contra el perro.

El portero desfiló altivamente:

– ¡Vámonos, Ludendorf!

Y Ludendorf le siguió con pasitos apresurados.

Toda Iberina se enteró de lo ocurrido, y fue este episodio como las escaramuzas de frontera que preceden a la ruptura de las hostilidades. Desde aquel momento las ardorosas devociones y las enconadas antipatías latentes rebosaron alborotadas, y la ciudad se anegó en una inundación de odios.

Cada individuo creía tener bien justificadas sus preferencias, y las apuntaba con todos los lugares comunes y las pomposas mentiras reclamistas que los Gobiernos de las naciones en guerra lanzaban a la publicidad para enardecer a los propios y atraer a los ajenos. Descontando el Diluvio, nunca sufrió la Tierra una inundación más desagradable que la de los tópicos que en aquellos cuatro años rodaron en oleaje estrepitoso sobre la superficie del mundo. Las personas de espíritu delicado la recordaremos siempre con invencible repugnancia. Hoy, lejos ya de aquellos días crueles, sin temor a las represalias que entonces caerían sobre mí si me decidiese a revelar este secreto, diré que cada uno de los grandes Estados beligerantes había creado unos servicios de propaganda análogos a los de las industrias que quieren divulgar y acreditar un producto, y pagaban con buena moneda los hallazgos de frases definitivas. Cuando le ofrecieron al Gobierno francés estas cuatro palabras: “Luchamos por la Civilización” experimentó un júbilo muy parecido al de la casa fabricante de dentífricos cuando su agente le brindó este enérgico renglón: “Esa película que recubre sus dientes…” Cerebros privilegiados trabajaban en la busca de vocablos y afirmaciones de fuerza bastante para dejar profunda huella en la memoria de quien los leyese. Y hay, que decir de una vez, con claridad heroica, que en la guerra vencieron los que mejor manejaron el reclamo. Por una de esas raras decisiones de nuestro Destino, que los hombres somos incapaces de comprender, la pérdida de tantos millones de vidas no mejoró la civilización, ni afirmó lo libertad, ni enriqueció a ningún Estado, ni sirvió para nada más que para probar la eficacia del anuncio inteligentemente hecho. Fue el triunfo de las agencias de publicidad. Ved cuán torpes somos. Jehová tiene que apelar, con pena, a procedimientos aterradores para hacer entrar en nuestras duras cabezas los más simples axiomas: abrió las cataratas celestes para que supiésemos que la concupiscencia es dañina; nos condenó a trabajar para que aprendiésemos a respetar lo prohibido, y tuvo que sacrificar centenares de miles de existencias para que comprobásemos la verdad de esta máxima: “El anuncio es el secreto del éxito”.

Desafío a las Chancillerías de Europa a que me den un mentís. Yo sé bien lo que digo, y no invento nada. Valgo poco; pero, mejor que un primer ministro, ve un ratón desde su agujero lo que ocurre en la alcoba de un rey. Yo he conocido un yanqui muchas veces millonario que viajaba para apagar su sed, y él me ha contado… Cuando ese yanqui tenía treinta años, se embarcó un día como polizón en un vapor que hacía le viaje a Francia. No había comenzado aún la guerra submarina, pero no por eso dejó de ofrecer peligros tal viaje para un hombre que no llevaba más que un billete de veinte dólares entre el calcetín y el zapato del pie derecho. Llegó a París y puso tal obstinación en hablar con el presidente del Consejo, alegando tener que comunicarle una importantísima noticia, que, al fin, fue recibido. Mi hombre era apenas un empleadillo en una agencia de publicidad en Nueva York, y había logrado recientemente algunas felicitaciones de sus jefes por su acierto al “lanzar” una nueva crema para el calzado. Quizá le hubiesen subido pronto el sueldo y hasta acaso no se le presentase tan difícil su carrera; pero todo lo abandonó bruscamente. Cuando se vio ante el jefe del Gobierno francés, dijo, con el aplomo de quien está seguro de sí mismo:

–  He ideado una frase que será más útil a la Entente que si se decidiese a guerrear a su lado toda la América del Sur.

Pidió tantos millones que Francia se vio obligada a hacer un empréstito extraordinario. Pero tuvo el alivio de que Inglaterra compró la mitad de la patente. Aun siendo tan costosa, la frase, fue baratísima. Era así, y no hubo ninguna de más ingenio:

Hacemos la guerra a la guerra 

                                          

Hoy nos reímos al recordar aquella impúdica mentira, aquel sabroso ofrecimiento irreal, porque la guerra nunca morirá por la guerra; pero entonces todos repetíamos seriamente esa estupidez, y muchas vidas ardieron gozosamente convencidas de la utilidad de su sacrificio.

En Iberina , como en el resto del planeta, manejábanse estos clisés, y se bombardeaban con ellos de una acera a otra, convencidos todos de emplear las armas legítimas y de manejar grandes ideas. Pero la verdad es que en el período romántico de estas inclinaciones, cuando aún no se mezclaba el interés a las simpatías, pocas personas podrían dar, en justificación de estas, otras razones que las de un caballero que apuesta por un boxeador.

Don Amado Casal estaba en otras circunstancias. Para nada interviene en este juicio el afán de agradar a su hija Aurora, el primero y más grande de mis amores, cuyo recuerdo no se ha cicatrizado aún dentro de mí. Soy un historiador, no un enamorado, y cuando sea preciso hablar de mis sentimientos lo haré con la honrada frialdad de un químico que analiza su propia sangre en el laboratorio. Y de don Amado Casal diré siempre que obraba en virtud de un impulso irresistible que le obligaba a colocarse al lado de la libertad y de las reivindicaciones humanas por atavismo ideológico, por abolengo, por herencia espiritual. Un abuelo suyo había muerto en El Ferrol, cuando la sublevación de los cantonales. Don Amado hablaba frecuentemente de la fragata Blanca y de la opresión de los tiranos. Amaba a Francia y conocía, en francés, la letra de la Marsellesa.

Un hombre que retiene un larga tirada de versos en un idioma que le es extraño y del que nada comprende, equivale al que se deja tatuar en la piel el retrato de la amada. Quizá sufra más, y desde luego queda vinculado eternamente en aquella devoción. El señor Casal, secretario del Ayuntamiento de Iberina, era, aun sin proponérselo, el caudillo de los francófilos locales. Los más exaltados de esta bandería no dejaban de acudir a su tertulia del café del Siglo, donde se comentaba con sincera pasión lo que ocurría en todos los frentes de batalla.

Y a la tertulia llegó una tarde, acezando, radiante, el joven abogado Medina, colaborador literario de El Eco. La seguridad de llevar una noticia importante le hinchaba el corazón de una alegría que no era capaz de contener.

Sin enterarse, temiendo que alguien que llegase después refiriese lo mismo que él acababa de leer en un telegrama urgente recibido en el periódico, indagó, examinando rápidamente a los otros:

–  ¿Saben ya lo que ocurre?

Fueron ahora los contertulios los que escrutaron su gesto para adivinar si era favorable o adversa la noticia.

– No, no sabemos.

Y Medina, abriendo el alma para recoger deliciosamente el asombro de los demás:

– Los alemanes han violado la frontera belga.

Un silencio. Estupor. La bola rota del billar del primer piso rodaba sobre la mesa como un trueno lejano.

El señor Casal dio un formidable puñetazo en el velador, y un vaso lleno de café vertió parte de su contenido sobre la chaqueta del mueblista señor Suárez. El señor Suárez pensó decir malhumoradamente: “¡No hay que ponerse así!”; pero resonó la voz de don Amado, al tiempo que miraba con aire severo a cuantos le rodeaban.

– ¿Y ahora?… ¿Quedarán aún germanófilos en Iberina?…

Pequeño, cetrino, con grandes bigotes grises y unas cejas ásperas y profusas, Casal era un manojo de nervios vibrantes. Esperó con su puño aún sobre el mármol, la respuesta a su pregunta irritada. Jorge Pons, que acababa de quedar cesante por enésima vez en su vida y que, fortificado en esta circunstancia, solía no pagar su café, apoyó con soterrado acento:

– Es verdad, es verdad.

Medina esgrimió esta frase, brillante y sonora como la hoja de un mandoble:

– La civilización ha sido herida por la espalda.

Y don Amado gritó, enardecido.

– ¡Pero nosotros no podemos permanecer en ocio!¡Es preciso oponernos al atropello criminal, colocar nuestros corazones al lado de la víctima, favorecerla, inyectarle ánimos, ayudarla en sus represalias!…

– ¡Naturalmente, naturalmente!- roznaron algunos.

Casal buscaba en su interior el más útil de los auxilios. La imaginación recorría con urgencia los desvanes donde aquel hombre bueno pudiera guardar, arrinconada, alguna decisión terrible y eficaz, que amparase contra sus enemigos al desdichado pueblo belga. Resolvió, al fin:

–  Me parece que estamos en el caso de dirigir un mensaje al Gobierno del rey Alberto.

Y todos aplaudieron:

– Un mensaje! ¡Muy bien, un mensaje!

Medina fue encargado de redactarlo. Designáronse sitios para recoger firmas, y cada contertulio sintió como el alivio de haber hecho un bien a sus semejantes, ese vano contento que nos enrojece cuando alguien nos ve ayudando al transeúnte que sufrió un mareo en la calle. Al salir del café- apenas había recorrido cien metros- el señor Casal tropezón, casi de manos a boca, con Heriberto Muñiz, acomodado almacenista, que era, a la vez, agente consular de Bélgica, hombre de una gran devoción, hermano mayor de varias cofradías, exhibidor de cirios en cuantas procesiones se celebraban en el pueblo. Don Amado le odiaba. Aquella tarde, sin embargo, pasó ante él si injuriarle con la mirada de desprecio en que le venía envolviendo desde que Muñiz había firmado la primera convocatoria de la Adoración Nocturna. Y aun hizo algo más: le cedió la acera. Después, un poco hosco, dijo a Medina, que le acompañaba:

– Hay que ser respetuoso con la desventura.


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