Capítulo 14

Cuando apareció por la tertulia de El Siglo, a su regreso de un viaje a Madrid, Suárez declaró que traía “una noticia gorda”

–          He visto a Pons.

–          ¿A Pons?

Le miraron, sorprendidos, y él gozó un momento de aquella curiosidad y de aquella extrañeza.

Sí, había visto a Pons salir de Los Burgaleses, a las dos de la madrugada, “con una de esas”, escandalosamente llamativa. Pons llevaba aún sus medias inglesas y su gorra peluda. Estaba bastante borracho. Cuando reconoció a Suárez en aquel hombre detenido ante él, con la boca abierta por la sorpresa, hizo un movimiento para huir; pero después se aproximó, saludando militarmente.

–          ¡Mi querido amigo!- tartajeaba-. ¡Qué alegría experimento al hallarle!… Aquí me tiene usted… Por unos días… Nada más que por unos días…

Suárez pudo balbucir un reproche:

–          ¡Pero… usted en Madrid, Pons!

–          Estoy…., estoy con licencia…, eso es. Tengo…, una pequeña licencia…

Su amiga le tiraba del brazo para llevárselo.

–          Espera, mujer- reprendía él-. Este señor es como si fuese mi general…; mi general…; nada menos… Pues sí, señor: estoy con licencia… ¡Bueno: he matado una de boches!… No quiera usted saber… Salían, y… ¡venga ametralladora!… ¡racatacatacata!… ¡Patas arriba todos!… Entonces me concedieron una pequeña licencia… Sí; me dijeron: “Puede usted descansar unos días, que bien ganado lo tiene.” Y…, claro…, vine a Madrid…

Luego, cogiendo el brazo a Suárez, se lamentó de que la suscripción de Iberina hubiese sido de tan tacaña exigüidad.

–          Porque yo soy un héroe, mi general; créame. Y usted es otro héroe…

Acentuó el tono confidencial para pedirle cinco duros.

–          Naturalmente- explicaba Suárez-, naturalmente, yo no se los di. Entonces volvió a saludarme a la manera militar y me dijo: “No importa: siempre a sus órdenes!. Y como la señora pintada continuase tirando de él, me guiñó un ojo y añadió: “Aquí…, una conquista de las trincheras…” Se dejó arrastrar por ella gritando: “¡Adieu, mon cher…; mis recuerdos a los cutres de Iberina!” ¡Muy borracho estaba!

Los oyentes de Suárez comentaron:

–          ¡Qué canalla! ¡Qué canalla!

Y Casal suplicó:

–          No divulguemos esa historia. Es una gran desgracia, y nuestros adversarios sabrían utilizarla en su favor. Para nosotros, como si Pons hubiese muerto.

Suspiró y dijo:

–          Era un retrógrado enmascarado!

El ex conserje Rosendo opinó:

–          Pues si yo fuese el señor Medina, nadie me privaría del gusto de escribir un buen artículo contra ese impostor en El Eco.

Medina alzó displicentemente una mano, con gesto aburrido. Que no le hablasen nunca de El Eco. Había decidido separarse de aquel periódico viejo como una momia, abominable urdimbre de tópicos, cataplasma para la burguesía adocenada.

Los contertulios se sobresaltaron. ¿Algún disgusto con el director?

–          ¡Cuéntenos Medina!

¿El director?… ¡Magnífica bestia bautizada! El joven escritor había cavilado mucho desde su instructivo viaje a Bayona; había leído algunas revistas italianas y francesas, y, poco a poco, descubrió la fórmula de un nuevo arte. Antes de conseguir este magnífico resultado sufrió angustiosas vacilaciones. Lo que primeramente advirtió fue que los asuntos de la vieja literatura eran fatigosos y su forma de expresión borrosa, gastada, vulgar. A fuerza de uso, las frases se habían vuelto romas. Había una arteriosclerosis de la imaginación. Era preciso buscar temas recién nacidos, palabras recién bruñidas, y descubrir puntos vírgenes en la sensibilidad del lector. Colmado de repugnancia hacia su propia obra, Medina había entregado al fuego toda su producción anterior. Hasta El pequeño héroe. Y se sintió acongojado, como si encima y debajo de su alma no hubiese más que vacío. Pero lentamente fue comprendiendo…; supo ver en el mundo que surgía de entre la ferocidad de la guerra los nuevos elementos de belleza, que no esperaban más que a su cantor. Y ya había ensayado algunos trabajos que el idiota de López, el director de El Eco, se había apresurado a devolverle lleno de un susto pueril.

–          ¿Acaso se ha hecho usted futurista?- indagó Casal con recelo.

–          Eso ya es muy conocido. En verdad, creo poder asegurar sin inmodestia que he ideado una nueva escuela. Hasta ahora no conozco un intento igual.

–          Hay el dadaísmo…- apuntó Suárez.

–          Mi teoría estética se llamará el avionismo– anunció gravemente Medina.

–          ¿Y qué pretende?

–          Incorporar los aeroplanos a la poesía. La aviación aparece ahora, en la vida moderan, con una pujanza que revolucionará el mundo. Pero las multitudes no ven en ella más que un suceso científico… Algo parecido ocurrió con el tren. Hacía muchos años que los trenes rodaban, y los novelistas continuaban describiendo diligencias románticas. Tardó bastante tiempo la humanidad en admitir que un viaje en tren pudiese ser interesante, aunque hoy el más inculto de nuestros prójimos sabe ya ver en un ferrocarril “la serpiente de hierro” y el “monstruo resoplante”. Si ustedes se fijan, verán que la literatura está fuertemente influida y jalonada por los medios de locomoción. Hay una literatura propia de la época en la que el hombre utilizaba el caballo. Entonces era de un prosaísmo imperdonable citar en unos versos a un cerdo o a un buey. Hay la literatura de la silla de postas y la del tren. Todas vigorosamente caracterizadas. La literatura del automóvil apuntaba ya- un poco cursi- cuando apareció el avión. Y el avión ha de ser el símbolo de lo que nuestra generación intente. ¡El pájaro zumbador que vuela entre un bosque de rascacielos! Nueva visión de la tierra, contemplada, no con la horizontalidad de los puntos cardinales, sino verticalmente, desde el cenit, de arriba abajo. Todo alterado, todo distinto… Trepidación, velocidad, nubes cosidas con el fuselaje del aeroplano…. Los filisteos se resistirán… Pero no importa… Estoy decidido a afrontarlo todo. Tengo aquí el boceto de una comedia que indignará al director y al crítico de El Eco y que gustará a unos cuantos, a los únicos que en definitiva me interesan.,,

–          ¿Cómo se titula?- preguntó Suárez con falsa curiosidad, con la que intentaba hacerse perdonar la impertinencia de un bostezo que había llenado de lágrimas sus ojos.

–          Puzle– contestó orgullosamente Medina.

–          ¡Ah!- hizo Suárez, no muy seguro de lo que aquello quería decir-. ¡Ah! Muy bien.

–          ¿Quiere usted leérnoslo?- preguntó Casal, que le había escuchado atentamente.

Medina accedió. En Puzle no había más que un personaje; pero cada uno de sus principales estados de espíritu, durante el curso de la obra, adquiría corporeidad y era representado por un actor distinto. Las vacilaciones que Geridón– nombre del ente- experimentaba antes de decidirse a perdonar a su novia infiel, encarnaban en cinco o seis Geridones que dialogaban con él, apareciendo en escena sin anunciarse, envueltos en una luz especial y distinta. El Geridón que le aconsejaba venganza debía hablar con voz profunda, erguido en una atmósfera color fuego. Geridón hablaba con todos, naturalmente, y todos hablaban con él, analizando la culpa de la novia y la sanción que merecía. Ninguno era Geridón enteramente, y entre todos componía a Geridón. En un instante en que la discusión, evadiéndose del caso particular, se elevaba a lo abstracto, a lo filosófico, un chiquillo, perseguido por una luz blanca, atravesaba la escena gritando: “¿Y si salieses a tomar un whisky?” Era- Medina lo explicó amablemente- un pensamiento pueril que había cruzado por el cerebro de Geridón. Cuando terminó la lectura, Casal, meditando, opinó:

–          ¡Es extraño…, es extraño!…

Y añadió después de un silencio:

–          La verdad es que se siente cambiar el mundo… Todo este estrépito de la lucha no es sino que rechinan los goznes de la humanidad al mirar a otra era…

En las pizarras de los periódicos apareció pocos días después la nueva telegráfica del armisticio.

El corazón de Iberina tuvo una pausa de estupor.

¿Armisticio? ¿Por qué un armisticio? La numantina comprensión de la lucha se alumbró otra vez en todos aquellos espíritus heroicos. ¿Armisticio? ¡No: adelante, adelante! Nadie depuso las armas. Los francófilos querían obstinadamente llegar a Berlín; los germanófilos se consideraban deshonrados al ceder antes que hubiese muerto el último soldado alemán. El naviero Riera, el fabricante Moltó, Melgar el minero, la muchedumbre de infelices que habían convertido una putrefacta acción industrial de seis duros en un montoncito de miles de pesetas, enviaban a Dios urgentes recados desde los reclinatorios de la Catedral. ¡Buen, Dios, buen Dios!, ¿por qué desamparas a tus criaturas? ¡Unos añitos más de guerra, buen Dios, y todo quedará redondeado y perfecto!

En los tres periódicos locales, la lucha continuaba aún. El Eco pedía represalias feroces, indemnizaciones extenuantes; La Gaceta amenazaba al mundo con un cataclismo social; El Faro, convertido al marxismo, en la desesperación de lo irremediable, proponía para el día siguiente la lucha de clases utilizando las ametralladoras que la paz dejaba en el ocio… Y al cesar la contienda se vio cómo todo estaba vanamente edificado sobre sus horrores, porque todo se tambaleó en Iberina y crujió, y se vino estrepitosamente al suelo. El Banco Mutual de la Clase Media y Adyacentes fue el primero en sucumbir. Desde que el señor Garcés había prescindido de Pons y tomado sobre sus hombros la carga de la gerencia de El Día de Mañana, el Banco había prosperado mucho. Una propaganda eficaz realizada en el campo y en los pueblos de la provincia, el ofrecimiento de intereses crecidos, una codiciosa ampliación en los negocios de la entidad y el hábil nombramiento de un Consejo de Administración compuesto de caballeros sin competencia, pero influyentes en la comarca- muy contentos de recibir algunas pesetas mensuales por el alquiler de sus nombres- habían aumentado considerablemente los ingresos del Banco. El viento de la prosperidad hinchaba las velas que el proyectista Pons había tendido dos años antes con el auxilio del fabricante de conservas. El día de Mañana tenía instaladas sus oficinas en la principal calle de la ciudad; los empleados eran numerosos; los libros, concienzudos; las máquinas de escribir tecleaban sin descanso… Ningún tropiezo, ningún revés.. Únicamente…

     Pero esto apenas merece contarse.

     Únicamente, algunos meses después de firmada la paz de Europa, el subdirector del Banco, luego de recibir los prudentes consejos de Garcés acerca de diferentes asuntos, y cuando la conferencia parecía ira a terminar, colocó cuidadosamente su lápiz detrás de una oreja y se decidió a balbucir:

–          Tengo que decirle a usted algo grave acerca de Aguilera.

–          ¿Quién es Aguilera?- inquirió el gerente.

–          Ese muchacho que han recomendado cuatro señores consejeros. Se le ha concedido una plaza y hace un mes que trabaja en el Banco. Temo mucho que, si trabaja un año más, nos arrastre a la ruina.

–          ¿Qué hace?

–          Nada que revele sentido común, señor. Se equivoca al hacer los pagos, se equivoca al hacer los cobros, jurarían que desconoce la aritmética. Acaso por eso…

Se detuvo.

–          ¿Qué?

–          No quiero acusarle de nada deshonroso…, pero es lo cierto que hemos notado la falta de veinte duros… Sin duda, por uno de sus errores, los ha entregado indebidamente…

El señor Garcés frunció el ceño.

–          Mándele usted venir.

Cinco minutos después, el joven Aguilera comparecía ante el gerente mordiendo el cabo de una pluma, con los dedos terriblemente manchados de tinta.

–          Siéntese usted, amigo mío- dijo Garcés-. ¿Cómo está su familia?

–          Bien, señor; mi familia está perfectamente.

–          ¿Y usted?

–          Mejor aún que mi familia, señor. Desde que he conseguido emplearme en este Banco, soy feliz: sueldo regular, guapas mecanógrafas, libros muy anchos, asientos muy estrechos, cajas de hierro, billetes a montones… Soy feliz. Comprendo que nací para vivir en este ambiente. Nunca lo abandonaré por mi gusto.

–          Sin embargo, han llegado hasta mí algunas quejas relativas a su comportamiento…

–          Nadie está libre de tener enemigos.

–          Dígame: ¿cuántas son tres por cuatro?

–          Veinticuatro- respondió el dependiente sin la menor vacilación.

–          ¿Y siete por ocho?

–          Trece.

Sobrevino un silencio que duró un minuto.

–          Amigo mío- habló al fin Garcés- siento mucho lo que voy a decirle: tres por cuatro no han sido nunca veinticuatro, ni siete y ocho, trece. Mientras haya un solo empleado en el banco que tenga esa misma opinión que usted, nuestros dividendos corren peligro.

El joven mordió más nerviosamente el mango de la pluma, con los ojos entornados, como si recapacitase.

–          Reconozco que he incurrido en un error de cálculo. Pero le aseguro que si dije que tres por cuatro son veinticuatro, no fue para molestarle a usted.

–          Así lo creo.

–          Fue, sencillamente, una equivocación.

–          Sin duda. Pero inadmisible. Permítame aun otra pregunta. ¿Sabe usted el paradero de cien pesetas que desaparecieron entre las que ayer le fueron confiadas a usted?

El joven movió la cabeza con aire de disgusto.

–          ¡Ya lo creo que lo sé!

Suspiró fuertemente:

–          Créame: vale más no hablar de eso.

–          Perdón- insistió Garcés-; me satisfaría mucho enterarme…

–          En fin…, pues… ¡nada!…: las perdí ayer en la ruleta.

–          ¿Usted juega?

–          ¿Y qué va a hacer uno? Había calculado una magnífica martingala: apostar al número que no hubiese salido en las últimas cuarenta veces, con lo cual las probabilidades de ganar eran mayores. El 12 estaba en ese caso. Duro a duro, apunté en su casilla las cien pesetas. Pero no acerté. Es increíble.

–          Esas cien pesetas no eran de usted.

–          No, no era mías.

–          Las había usted sustraído al banco, atropellando nuestra buena fe, la confianza de sus jefes…

–          Bueno…, sustraído…, según… Yo pensaba realizar un buen negocio, ganar treinta y cinco por uno… Le doy mi palabra de honor de que no creía perder. Pero no lo hice por perjudicarles… Si sale el 12, ustedes tendrían un dinero…

–          ¿Y ahora?

–          Ahora…, naturalmente…, es imposible.

El señor Garcés dio un puñetazo sobre la mesa.

–          ¡Usted nos ha desfalcado!- gritó-. ¡Usted ha abusado de nosotros!

–          No…, no…; apenas se trata de una mala especulación… Se lo aseguro… No he tenido suerte: eso es todo.

–          ¡Cínico!- rugió el gerente.

Apretó con insistencia un timbre.

–          ¡Avise usted a la policía!- ordenó al portero.

Y el joven Aguilera fue a la cárcel. Cumplía ya no sé qué condena cuando el Banco Mutual de la Clase Media y Adyacentes se desmoronó entre susto y escándalo. Nadie pudo recuperar un solo céntimo. El señor Garcés había invertido una gran cantidad de dinero en la compra de marcos. Los marcos bajaron, y el señor Garcés- lleno de fe en el resurgimiento de Alemania-, volvió a comprar. Continuó el descenso. Un millón de marcos valía una peseta…; después, un real; después bastaban diez céntimos para poseer treinta o cuarenta billones. Y Garcés compraba, compraba… El dinero de las cuentas corrientes, los valores depositados…, todo fue invertido en aquellas adquisiciones. Centenares de familias encontráronse en la miseria sin saber por qué, sin culpa ni aviso, y lloraban en la vía pública, o permanecían atónitas, apoyadas en los muros del banco, retenidas allí por la vaga esperanza de descubrir, al fin, que aquel cambio brusco de la comodidad a la inopia no había sido más que un mal sueño.

Garcés compareció ante los jueces. Explicó que sus intenciones eran buenas: se proponía ganar. Lo juró por los dioses y por sus hijos. No había querido arruinar a nadie, sino enriquecerse él. ¿Quién puede censurar este afán especialmente legítimo en un banquero?. Se había equivocado, pero su intención era buena. Una especulación desgraciada: nada más. Falta de suerte. ¡Si Alemania hubiese pagado…!

Le dejaron en libertad. Su reputación de hombre de negocios aumentó mucho desde entonces; en cuanto a su honor personal, no hace falta aclarar que no sufrió menoscabo. Cuando Aguilera se cruza con él en la calle, el antiguo empleado baja la cabeza, cargado de humillación y de remordimientos.

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2 Responses to “Capítulo 14”


  1. 1 Parado amancebado febrero 11, 2010 en 20:36

    ¿Penúltimo capítulo? ¡ay, ay, ay, no digas eso, qué disgusto! ¿Cómo me voy a quedar sin la abundante ración de endorfinas que siempre me procuran Aguilera, Pons, Aurora Halp, Arístides y toda la ciudadanía desquiciada de Iberina? ¡Ay, que me voy a tener que hacer “avionista” para superarlo!

    Un fuerte abrazo.


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