Capítulo 13

Una tarde, Fandiño se presentó en la Secretaría del Ayuntamiento para hablar con Casal. Quería comunicarle ciertas extrañas observaciones. Inclinándose sobre la mesa, le miró con fijeza, remontadas las cejas peludas hacia el mar de arrugas de la frente.

–          ¿Sabe lo que ocurre, don Amado?

–          ¿Qué ocurre, Fandiño?

Y Fandiño, con aire de misterio, comenzó a contar. Todas las noches, después de cerrar su taberna, tenía la costumbre de sentarse un ratito a la ventana y fumar un puro. Desde aquella ventana de la casita arrabalera se veía el campo, y estaba muy bien así, en tales momentos, descansando de las preocupaciones que le acosaban desde que- como si lo viese- algún miserable le denunció a Inglaterra para hacerle incluir en las Listas Negras. Pasaba así unos minutos, sin más luz que la de su cigarro y la de la luna, cuando la había…

–          ¿Y qué Fandiño?- cortó Casal-. Le advierto que tengo mucho trabajo.

–          ¿Y qué…?- acentuó con gesto misterioso-. Pues que todas las noches, desde hace dos semanas, pasa Halp, el alemán, por delante de mi casa, a eso de las once, y se dirige al campo…

Casal comenzó a prestar atención. Aun no sabía en qué iba a parar aquella historia; pero frunció el ceño y murmuró preocupadamente:

–          ¡Hola!… ¿Al campo?…

–          Espere usted. Se interna en el campo , y poco después se ve brillar una luz casi en la cima del monte Pelado.

–          ¿Una luz, Fandiño?

–          Una luz, querido señor Casal. Estos ojos la han visto. Una llamita. Brilla y se esconde hasta tres veces.

Don Amado dio un ligero silbido para condenar la gravedad de lo que estaba oyendo.

–          ¿Y ocurre esto todas las noches?

–          No; en los quince días que lo vengo observando, tres veces no hubo señales luminosas. Pero siempre que las hay es después de que Halp ha pasado. Y, la verdad, a mí todo esto me tiene con un poco de escama. ¿Le parece a usted que dé cuenta de todo lo que ocurre al cónsul de Inglaterra? Así verán que…

–          No- apresurose a replicar don Amado, reteniendo por una manga a Fandiño, como si temiese una realización inmediata del propósito.

–          ¿Quizás, entonces, a la Guardia Civil?

Casal miraba al vacío, como el que forja un plan.

–          No amigo mío, no. No entere de esto a nadie. Déjeme usted obrar. Si vamos con el cuento a las autoridades, se ha perdido todo. Aquí no hay más que retrógrados que serían capaz de avisar al pájaro. Punto en boca, Fandiño. Creo adivinar lo que ocurre, y, si acierto, es más grave de lo que usted cree.

Horas más tarde, don Amado hizo apretar en su torno el círculo de amigos de la peña del Siglo; se cercioró de que no podían oírle más que oídos francófilos, y expuso:

–          Para esta noche les tengo reservada a ustedes una magnífica sorpresa. Esta noche iremos de caza.

Le miraron sin comprender. Los ojos de don Amado relucían. Dejó caer estas palabras:

–          Iremos a la caza de un espía.

–          ¿De un espía?

–          De Hermann Halp.

Los otros no acababan de comprender. Antes de explicarse, Casal disertó, indignado:

–          ¡Estos teutones!… Cada uno de ellos es un espía, desde el Kaiser al último alemán. Sus comisionistas, sus institutrices, sus mecánicos, todos los que vemos frecuentemente andar entre nosotros con los pretextos de apariencia más razonable, no son más que espías, viles espías, los malditos…

–          Bien, don Amado; pero ¿qué sucede?

Don Amado trasladó a sus amigos el relato del tendero del arrabal. Hubo un silencio de estupor.

–          ¿Es posible?

Y Casal, con la mirada chispeantes:

–          Esta misma noche lo comprobaremos. Dentro de media hora hay que estar ocultos junto a la casa de Fandiño para seguir a Halp y sorprenderle. _Yo voy preparando a todo trance.

Y mostró con disimulo un terrible revolver de reglamento. Medina se retrepó y comenzó a jugar con un terrón de azúcar.

–          Todo eso es muy grave –dijo-; pero, francamente…, yo creo que nuestro deber, mejor que ir allá, es avisar a la policía…

–          ¿Para que lo estropee todo?- increpó don Amado.

–          Es verdad –apoyó el exconserje del Colegio de San Antonio-; la policía no debe intervenir hasta que lo tengamos todo aclarado, cuando ya no puedan echar tierra sobre el asunto. Hay que ir allá.

Medina hizo un mohín.

–          Es que yo creo que… Piensen ustedes: ¿qué diablo va a espiar a ese hombre?… Aquí no hay fuertes ni tropas…

Casal extendió hacia él sus manos.

–          ¡Ah, hombre candoroso!… No hay fuertes, no hay tropas…, pero, ¿y el mar?… ¿No tenemos el mar a medio kilómetro del monte Pelado? ¿No se ve desde el mar el monte Pelado?

–          ¿Y qué?

–          ¿Y qué?… ¿Pero aún pregunta usted “y qué”, desdichado?… ¿Se olvida de los submarinos? ¿No puede existir en alguna de las grutas que el mar ha cavado en la costa un depósito de gasolina? ¿Es absurdo pensar que Halp reciba y transmita órdenes para los sumergibles y les suministre datos acerca de la ruta de los barcos que han de torpedear? Imagínese algo de eso. Nosotros habríamos prestado un gran servicio a la Causa si lo descubrimos. Es nuestro deber intentarlo.

–          Algo tiene que ocurrir ahí- intervino Suárez-; esos paseos y esas luces no son cosa buena.

Medina tornó a encogerse de hombros, íntimamente amedrentado por aquella dudosa aventura. Entonces Rosendo suspiró:

–          ¡Si estuviese Pons con nosotros!

Evocaron a aquel Pons tan decidido, tan valiente, tan modesto a la vez. A pesar del tiempo transcurrido, nadie tenía aún noticias suyas. Casal creía que estaría instruyéndose militarmente. Otros le suponían batiéndose ya en la Francia invadida y no faltaba quien le llorase muerto; la verdad es que cada nuevo día circulaba un nuevo rumor acerca del legionario.

–          Pero también servimos nosotros para encararnos con Halp- afirmó el ex conserje.

Requirió un grueso bastón de nudos y se puso en pie.

–          ¡Vamos ya!

–          Vamos.

Medina rogó aún:

–          Déjenme, por lo menos, ir a mi casa a buscar algún arma…

–          No hay tiempo, Medina; van a dar las diez.

Suárez le ofreció su bastón:

–          Tome. Es de estoque.

–          ¿Y usted?… No, llévelo usted…

Porfiaron, y al fin Suárez siguió con el estoque. A grandes zancadas, por las calles más oscuras, salieron de la ciudad y se agruparon tras la fuente de ancho pilón que había cerca de la casa de Fandiño, en un ensanchamiento de la carretera, donde los campesinos llevaban a abrevar sus bestias en los días de mercado.

El camino estaba desierto. En la ventana de Fandiño se veía brillar de vez en vez el ascua de un puro. El tendero les había saludado, al conocerlos, golpeando en los cristales. Dieron las diez en los relojes de la ciudad, y continuó el silencioso acecho. Estaban agazapados tras la fuente avizorando la carretera. Medina aventuró:

–          Me parece que hoy no vendrá.

Pero Casal siseó, y ya el literato no se atrevió a insistir en su presentimiento. Al fin, a la luz del último farol del arrabal, se vio la conocida figura de Hermann que avanzaba con la cabeza baja, la corra echada sobre los ojos, como si no quisiese ser identificado. Los que esperaban, ocultáronse totalmente. El ascua del cigarro de Fandiño comenzó a trazar extrañas trayectorias detrás de los vidrios como para advertir:

–          ¡Ahí os va! ¡Ahí os va!

Le dejaron adelantarse un poco. Después don Amado volvió la cabeza hacia sus amigos y pronunció en voz casi imperceptible una sabia orden estratégica:

–          ¡Fila india!…

Y echose a andar el primero por la cuneta, encorvado, apoyándose a veces en el borde de la carretera, llevando en la mano el formidable revólver. Detrás, casi pisándole, iba el ex conserje. Luego, Medina, tembloroso, porque no creía que aquello tuviese buen final y también porque, en ocasiones, veía brillar demasiado cerca el estoque desenvainado de Suárez, que caminaba el último. Al fin se paró y habló al oído de éste, en voz como un suspiro:

–          Tenga usted cuidado con el estoque.

El otro no le oyó:

–          ¿Eh?

–          Que me va a pinchar con el estoque.

–          ¡Ah, bueno!… No se preocupe…

Sin embargo, a Medina no le tranquilizó aquella respuesta. Volvió a susurrar:

–          Vaya delante. Es mejor.

Suárez pasó al tercer puesto de la “fila india”, y siguieron gateando por la cuneta.

No había luna, pero la noche tenía esa vaga claridad que difunden las estrellas, y podían ver, antecediéndoles algunos metros, el borroso bulto del alemán que caminaba sin apreciables indicios de precaución.

Casi al pie del cerro, se sentó en el pretil que en aquel lugar tenía el camino y esperó. Sus perseguidores le vieron encender una pipa. Pasaron algunos instantes. Cada uno de los cuatro amigos creía que los latidos de su propio corazón llenaban el ruido de la noche. ¿Qué iba a ocurrir? ¿Qué revelación trascendental se preparaba? La imaginación de Medina evocaba el recuerdo de todas las películas de espionaje vistas en el “Cine iberiense” y los graves peligros que en ellas sorteaban los héroes aumentaban ahora su total inquietud.

Estaban casi tumbados en el suelo, sin halar, sin moverse, esperando con una grande ansiedad el instante de la revelación apetecida.

De pronto, a media ladera del monte, brilló una luz; luego, otra; y una tercera; así como si alguien encendiese cerillas, las sostuviese un breve tiempo en alto y las dejase caer. Fandiño no les había engañado. Pero no era Halp el que hacía las señales. Halp estaba allí, sobre el pretil, y ahora se alzaba y se dirigía al monte. El “otro”, el aun desconocido, era su cómplice.

¿Quién? Don Amado pensó rápidamente que pudiera ser un tripulante de los submarinos desembarcado a favor de la noche. Un enardecimiento poderoso avisaba a Casal que estaba a punto de levantar el velo que ocultaba algo muy importante. Nunca ningún soldado se arrastró, entre las sombras, con el ardor contenido y la fe y la decisión con que don Amado se deslizó por el monte seguido de sus preocupados compañeros. Llegó a pensar- ¡puede tanto el concepto literario del espionaje!-, llegó a pensar:

–          Si hay en el cerro alguna galería subterránea y se nos escapa por ella…

Y así lo creyó, porque la vaga sombra del teutón había desaparecido. Pero pronto vio el tenue resplandor de su pipa a cuatro metros de él, en una sombría oquedad de la tierra. Se oyó un cuchicheo. Don Amado se detuvo para reunir a sus amigos, acosado por una terrible impaciencia, por una enorme inquietud que no le permitía esperar más tiempo.

–          ¡Vamos a cogerles…, a coger al cómplice!

Se incorporó de un brinco y echó a correr.

En las tinieblas se le oyó gritar con una extraña voz ronca, que no parecía la suya:

–          ¡Alto!

Hubo un rebullicio. Alguien se deslizó…

     Don Amado volvió a amenazar:

     _ ¡Rendirse!

     Después de una indecisión, como no oyesen tiros ni advirtiesen otras señales de lucha, los amigos de Casal acercáronse apresurados. Casal, emocionadísimo, ordenó:

–          ¡Una cerilla! ¡Encended una cerilla!

Suárez apretó el resorte de la lamparita eléctrica que utilizaba para subir de noche las escaleras y proyectó su luz con mano temblorosa. Frente a ellos, con expresión inquieta, estaba Halp, parpadeando deslumbrado.

–          ¡Manos arriba!- vociferó Casal, aproximando el terrible revólver al pecho del sorprendido-. ¡Manos arriba!

Y cuando lo tuvo como a un cowboy de película, dispuso:

–          ¡El cómplice, el cómplice!… ¡No le dejéis escapar!

Rosendo y Medina encendieron fósforos y siguieron la misma conducta que si se propusiesen buscar una aguja en el monte. Fue en aquel momento cuando de entre una mata salió un gemido que heló el corazón de Medina y le hizo dar un paso hacia Casal. El gemido se convirtió en una franca lamentación. Una voz de mujer rogó, plañidera:

–          ¡No me hagan daño, por Dios, por las almas de sus difuntos!…

Casal, estupefacto, sorprendido por la ingerencia de un personaje femenino, bajó el arma.

–          Pero… ¿qué quiere decir esto?- balbució.

Arrodillada aún, la cómplice de Halp clamaba:

–          ¡Por Dios, que yo soy una mujer de bien…, que no vine a nada malo!…

Casal comenzó a comprender la verdad.

–          ¡Levántese!- mandó- ¿Qué hace usted aquí?

La mujer intentó improvisar una excusa. No obstante, pronto se aclaró le deliciosos secreto. La misteriosa acompañante del germano era la mujer de un guarda de consumos y vivía cerca de aquel lugar, casi en la falda del monte. Halp y ella habían resbalado dulcemente hasta el pecado, y cuando el consumero trabajaba de noche o se iba al pueblo a beber, la adúltera avisaba a Halp por aquel alarmante procedimiento luminoso.

–          ¡Pues ya podíais veros en otra parte!- gruñó Casal enfundando el extraordinario armatoste, ofendido por el error, sensible al ridículo- ¿No hay más lugares que este? ¿No tienes una casa?

–          En mi casa no podemos, señor- justificó la mujer-, que está mi madre.

Don Amado dedicó una frase enérgica a la madre de su interlocutora y echó a andar monte abajo, a grandes zancadas, seguido por la “fila india”, que ya había perdido su escrupuloso cuidado de formación.

No pudo mantenerse secreto durante mucho tiempo este episodio, que en todos los grupos de germanófilos fue comentado con indignación. Entonces, ¿qué?… ¿No podía un hombre tener una amante sin que los partidarios de Francia se creyesen en el deber de fiscalizar sus entrevistas?… La iracundia contra don Amado creció. Los concejales boches se propusieron hundirlo definitivamente en cuanto hubiesen triunfado en aquel asunto de la traída de aguas que los francófilos hostilizaban por creer que no era el río Blanco, sino Negro, el que debía prestar sus linfas para apagar la sed de los iberienses. En esta cuestión, como en todas, había un criterio germanófilo y un criterio aliadófilo. Como había una ciencia aliadófila y una ciencia germanófila, y, en fin, como había un Dios partidario de los imperios centrales y un Dios que ampara a Francia y a Inglaterra. Los dos ríos próximos a Iberina estaban también incluidos en aquellas discrepancias sañudas, y mientras La Gaceta injuriaba al Negro, suponiéndole lleno de microbios mortíferos, El Eco vertía sarcasmos sobre el caudal del Blanco, y llegó a llamarle, en uno de sus artículos de fondo “ese retrógrado riachuelo de boche”.

La importancia del asunto y el encono de la discusión impidieron que, por el momento, pudiesen buscar los concejales germanófilos adecuada sanción para las demasías de don Amado; pero todos los que en la ciudad suspiraban por la victoria del Kaiser, propusiéronse desagraviar a Hermann. Se pensó primero en organizar una gira en su honor; después, en regalarle una medalla de oro; finalmente, organizose una comida a la que, además del alemán, asistieron los más fervorosos partidarios de Guillermo II.

Arístides Sobrido no faltó, ni los hermanos Zaera, ni el propietario de la fábrica donde Halp trabajaba; el agente consular de Alemania, el director del Colegio de San Antonio y seis o siete personas más, sentáronse gravemente en torno a la mesa adornada por banderitas tudescas y españolas. Fue un agasajo íntimo. Un acuerdo previo impedía beber champaña; pero Sobrido convenció a los demás de que, como una gran parte de la región productora de aquel vino estaba en poder de los germanos, el Viuda Cliquot debía ser considerado alemán. Esta teoría no tropezó con reparos. Y, a medida que el alcohol iba desatando las lenguas, el entusiasmo de los comensales crecía y crecía. Los brindis tuvieron una indudable trascendencia. Arístides opinó en el suyo que Alemania estaba abriendo una nueva era histórica y explicó la necesidad de imitarla. Modestamente insinuó que, por su  parte, hacía cuanto le era dado para germanizar convenientemente a la nueva generación. Sus valientes exploradores se lanzarían alguna vez por el Peñón de Gibraltar arriba con el mismo fuego con que hoy gateaban por el monte Pelado. Vaticinó a Inglaterra la pérdida de la India, del Transvaal, de Egipto y de Irlanda; señaló a Francia, para después de la guerra, una pequeña franja en el litoral, e hizo votos por que el cielo diese a los gobernantes españoles la clarividencia necesaria para declarar obligatorio el ingreso de todos los niños españoles en los grupos de boy-scouts.

El mayor de los hermanos Zaera habló en nombre de la razón social para pedir el protectorado de Alemania, porque, según su parecer, era la más rápida y segura manera de estar bien gobernados y de que la ética y la educación ciudadanas alcanzasen la conveniente dignidad.

Entonces todos vieron con angustia que el señor Ibarra, director del Colegio de San Antonio se ponía de pie. Era un orador denso e infatigable que ahuyentaba a los auditorios más resignados, y el temor a su pesadez era tal, que en Iberina se aclaraban las filas de los oyentes apenas, afirmados los quevedos sobre la gruesa nariz pedagógica, pronunciaba la palabra inicial, “Señores”, con el gesto de quien acaba de abrir la compuerta de un dique.

Pero en esta ocasión nadie quiso huir porque quedaba algún champaña en las botellas y el café no estaba aún servido. Ibarra disertó tan extensa y gravemente acerca de los filósofos alemanes, que todos los rostros se ensombrecieron. Cada cual buscaba la manera de atajar aquel daño, y Sobrido tuvo la ocurrencia de interrumpirle con un viva al Kaiser seguido de aplausos frenéticos, como si entendiese que había terminado la peroración. Ibarra rechazó con gran humildad aquel arrebato; calmó con un ademán al auditorio, y aclaró:

–          Pero, ¡ah, señores!, aun hay más…

–          ¡Viva el Kaiser!- volvió a gritar Arístides con el ahínco de la desesperación.

Y tornaron a aplaudir. El director del Colegio de San Antonio continuó hablando. Entonces se optó por prescindir de él y se aceptó el discurso como una contingencia funesta y fatal. Cada uno charló por su lado.

–          ¡Ese es un monarca- decía Zaera, el menor-, ese es un monarca!… He leído no sé dónde que hasta las bailarinas de la Opera tienen que ser sometidas a su examen antes de ser aceptadas. No se mueve una hoja en todo el imperio sin que el Kaiser lo sepa, y lo estudie, y lo ordene. ¿Qué cerebro podrá comparársele?… Si las manufacturas alemanas recorren triunfalmente el mundo, ¿a quién sino al Kaiser se le debe?

–          ¡Oh! –intervino otro comensal-. Según eso, el Kromprrinz, ¿no es nadie?

–          Por ahora- objetó Zaera-, no compare usted.

–          ¡Cómo no voy a comparar!- saltó el incondicional del príncipe heredero-. Para mí tiene más talento que su padre.

Zaera apeló a la autoridad de Halp.

–          Vamos a ver, Hermann- interrogó cordialmente-; diga usted: ¿a quién debe más la industria alemana? ¿Al Kaiser o al Kromprinz?

–          ¡Oh, oh!- sonrió el tudesco, sin comprometerse.

Pero otro comensal le tiraba en aquel instante de la americana.

–          Óigame: le estoy diciendo a don Manuel que, si ustedes quieren, Londres desaparecerá en una sola noche. ¿No es verdad?

–          ¡Oh, muy poco tiempo!… –protestaba con una sonrisa el germano.

–          Es como eso que andan propalando los francófilos…, que si ustedes son protestantes…- gruñó Zaera, el mayor, católico reconcentrado-. ¿Es usted, acaso, protestante, Halp?

–          No, señor- aseguró el extranjero.

–          ¡Entonces!- clamó victorioso el señor Zaera-. ¿Conoce usted a algún alemán protestante?

–          ¡Oh, muchos, sí, señor…; muchísimos!…

Zaera frunció el ceño.

–          ¡Qué va a haber, hombre, qué va a haber!

–          Hay muchos- insistió el alemán.

–          ¡Le digo a usted que no!- gritó el comerciante, enfurecido-. Alemania es un país católico. Lo demás es una calumnia.

El señor Ibarra continuaba, en pie, su discurso. Había pasado las fronteras y estaba anonadando a los enciclopedistas, tan ajeno al bullicio de sus compañeros de mesa a él. En las charlas, caldeadas por el alcohol, se elogiaba la supremacía de Alemania en todos los órdenes. Desfilaban Wagner, Bismarck, Sudermann, Ehrlich… algunos nombres ya inscritos en el registro de la popularidad, porque la erudición de aquellos entusiastas germanófilos no era profunda ni abundante. Arístides aseguró que Alemania poseía la tierra más feraz del mundo, y Halp negó, escandalizado. Entonces Sobrido aseguró que era igual, porque aun en el caso de que no hubiese ni un solo grano de trigo en toda la Confederación, los sabios teutones fabricarían cereales en sus laboratorios en mayor abundancia que la que ofreciesen las cosechas de Rusia y los Balcanes juntas.

Don Manuel, el fabricante que utilizaba los servicios de Hermann, dogmatizó a propósito de la potencia económica de Alemania y expresó, sonriente, su seguridad de hacer un negocio fabuloso cuando pudiese cambiar a la par los marcos que había comprado a bajo precio. También los Zaeras y Arístides y algunos otros habían convertido grandes cantidades de pesetas en moneda alemana, y la satisfacción se hizo más ruidosa. Hubo una cuchufleta para el oso moscovita, y Zaera, el mayor, declaró, volcando una copa de coñac en su café humeante, que Dios había decidido la ruina de la inmoral y frívola civilización francesa. Don Manuel se lamentó entonces de no haber nacido en Berlín; pero Arístides provocó un alboroto, culpándole de renegado y afirmando con golpes en el pecho su orgullo de ser español.

–          ¿Y Lepanto?- gritaba-. ¿Y Otumba? ¿Y las Navas de Tolosa? ¿Y San Marcial?

En este momento, el director del Colegio de San Antonio hacía una leve inclinación, con los puños apoyados en la mesa, y murmuraba, satisfecho:

–          He dicho, señores.

Había terminado su discurso.

El vocerío reunió a las puertas del restaurante a muchas personas que lograron enterarse por los camareros del pretexto de aquella comida. Algunas narices permanecieron largo tiempo aplastadas contra los cristales para aproximar más a ellos los ojos indagadores de los curiosos. Cierto número de exaltados les esperaban cuando terminó el banquete. Al salir los comensales se oyeron aplausos y vivas. Unos mozalbetes izaron a Halp sobre sus hombros, a pesar de la resistencia del teutón, y anduvieron algunos pasos con él hasta que logró desasirse.

Al siguiente día Hermann se presentó a don Manuel para comunicarle que había decidido marcharse de la ciudad. Don Manuel no daba crédito a sus oídos.

–          ¿Marcharse, Halp?… ¿Por qué?

El tudesco hizo un ademán desesperado.

–          Porque estoy en ridículo, señor. Todo el mundo es más germanófilo que yo en Iberina.

Costó gran trabajo lograr que abandonase su idea.

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