Capítulo 12

Al salir de la iglesia, doña Laura Quesada se acercó a la mujer de Casal. Había acabado la misa de las doce, preferida por la “mejor sociedad” de Iberina para comunicar con Dios. En el penumbroso recinto del templo, cada cual lanzaba hacia la Divinidad la recomendación de sus deseos. Pedían el socorro de las pequeñas miserias humanas: la angustia económica, la enfermedad; y el amparo de sus ambiciones y el logro de un amor. El que estaba en un momento feliz, rezaba maquinalmente; el que comenzaba a advertir en sus negocios la caricia de la prosperidad, pedía que la guerra durase aún algún tiempo, un poco tiempo más… El turbio vaho de las almas pugnaba por subir hacia aquel Dios a quien los beligerantes habían alistado a sus filas y con el que cada nación, al disparar sus cañones, creía contar como un aliado más, enamorado de la violencia como los dioses que lucharon ellos mismos en el sitio de Troya, ávido de hecatombes como el Jehová de los judíos que repartía el dolor y la muerte y aspiraba con delicia el aroma de la sangre humana.

Doña Laura quería saber qué había de cierto en los rumores que corrían acerca de la posible destitución de Casal. Y doña Elisa se alarmó bruscamente. ¿Destitución? ¿Por qué? Nada había oído, y pidió a su amiga noticias más completas de aquella amenaza. Pero su amiga quiso tranquilizarla. Seguramente, no era más que una murmuración de los malintencionados. Que no se preocupase doña Elisa. La gente envidiosa…, los que nada tienen que hacer…; y… ¿quién está libre de enemigos?

Sosegada a, la mujer de Casal se dolía:

–          ¡Señor, señor, qué sobresaltos!… ¿Y qué nos tienen que envidiar a nosotros, como no sea nuestra honradez?

La de Quesada insistió en los augurios felices y pronto la conversación derivó por otros derroteros. Hablaron del lujo de la familia A, de la ruina de la familia B y comentaron la próxima inauguración de un gran almacén, el Bazar Moderno, que ya había adquirido la mejor casa en la calle principal de la ciudad y proyectaba instalar sus servicios suntuosamente.

–          Todos los dependientes serán señoritas- explicó Quesada-; hasta habrá una cajera.

–          ¿Señoritas?- indagó cándidamente admirada la de Casal.

–          Si, es la moda del extranjero; como todos los hombres están en las trincheras, las mujeres les sustituyen.

–          Pero… ¿señoritas?

–          Bueno: jovencitas, muchachas- aclaró doña Laura-. Naturalmente que una señorita de principios no iba a descender…

–          Naturalmente- atajó doña Elisa.

–          Sin embargo, he oído decir que las de Villar habían solicitado plaza en el almacén y que la habían obtenido. Ya ve usted…, de tan buena familia como eran…

–          ¡Oh, no tienen un céntimo los pobres!… Hace tiempo que bordan de ocultis para las tiendas. ¡Infelices!

Al lado de su madre, Aurora caminaba enmudecida, atenta al diálogo. Mientras subían las escaleras, suspiró doña Elisa:

–          ¡Mira que si eso de tu padre fuese verdad!…

Y ella no contestó. Tenía el rostro serio y una arruguita de voluntad en la frente. Las frases oídas aquella mañana perseveraron en su memoria, y por la noche, en su cuarto, meditó largamente. Por una tendencia natural al pesimismo, justificada por lo precario de su vivir, se inclinaba a creer en la posibilidad de la cesantía de su padre. Pero, aun no siendo así, ¡si él muriese!…!- se le empañaban los ojos de lágrimas-, el pobre padre, tan bueno, tan generoso, avejentado por una vida de azares…! ¿Qué sería de todos?… Los dos únicos hermanos varones eran los más pequeños… ¡Cuando ellos pudiesen ganar…! El destino le ofrecía a ella una solución: casarse. Casarse con veinticinco duros al mes, volver a vivir la historia conocida, a agonizar, a embrutecerse en una miseria angustiosamente disimulada… No; prefería correr la suerte común. Sentía hora para la lucha un impulso varonil. ¿Varonil? ¿Por qué no había de ser también femenino el amor al trabajo y la redención por el esfuerzo propio?… Hasta entonces ella había sido en su casa menos que un animalito, casi un objeto. ¿Qué finalidad era la de aquella vida imbécil, llena de monotonía, consumidora de años?… Dormir, comer, coser, pasear los días de sol por la Alameda y algún día de lluvia por los soportales de la Plaza de la Constitución; pasar largas horas tras los cristales de la galería, escuchar las quejas de su madre, intervenir en las riñas de los arrapiezos… ¡Oh, qué estúpida esterilidad se encerraba en todo esto!… Y un año así, y otro, y la vida entera. Sin más preparación que la vigilada experiencia que los años pudieran darle, sus padres creían que sólo debía seguir el camino del matrimonio. Cuando creció, le alargaron las sayas hasta taparle las pantorrillas y, después de este simple cuidado, decidieron: “Puede casarse ya.” ¿Nada más? ¿No podría hacer nada más? ¿Ni acercar su hombro para llevar también la carga de la casa y tornarla más ligera y alegre?… Porque ella nunca podría ser dichosa viendo la triste expresión de la madre y la ruina del hogar. Pensaba con horror en que cuando su hermana Olimpia llegase a tener como ella veinte años, llevaría también unos sombreros ridículos y se pasaría con su madre por la Alameda y bajo los porches, buscando el marido de quien tener otra hija para pasearla también, reviviendo la historia entera.

¡Si su padre tuviese otro espíritu!… ¡Cuántas veces deseó Aurora un momento de confidencia en que poder abrir toda su alma al viejo querido y mostrarle su turbación y escuchar sus consejos…! Pero su padre tenía siempre mucha prisa; para su padre- estaba segura- ella no era más que una joven que vegetaba feliz, en esa inconsciencia con que acogen la vida casi todas las señoritas de la clase media. Si alguna vez la veía ensimismada o triste, se limitaba a pensar:

–          Aurora debe de tener rotos los zapatos.

Y, sin embargo, frente a la pobreza, la juventud piensa con más intensidad que un viejo envejecido.

Mediada la mañana del siguiente día, Aurora fue al edificio donde se preparaba la instalación del Bazar Moderno. La emoción le hacía sentir más frío aquel día invernal, pero en algún rinconcito de su alma un calor de ternura la acariciaba dichosamente. Sonreía de júbilo al meditar que le bastaría proponérselo, sin violencias, sin desgarramientos, sin drama, para alcanzar una libertad cuyos límites venturosos aun no veía completamente. Parecíale que su voluntad no había nacido hasta aquella mañana, y que ella misma, privada del derecho de regir sus destinos, no había sido hasta entonces más que un ser informe y vago, llevado y traído por lejanos azares, como a merced de ondas de indiferente vaivén. En sus días en blanco, un perfil de personalidad comenzaba a dibujarse vigorosamente. Y estaba gozosa de haberse encontrado y de ser.

El ejemplo de las de Villar la fortalecía.

Pensó que dirían de ella, también:

–          ¡Oh, una señorita, la hija de Casal!…

Y tuvo un sabor amargo; pero sacudió en seguida alegremente aquella preocupación.

Unos obreros pintaban aún la fachada del Bazar Moderno. Aurora pasó mirando a hurtadillas sin atreverse a entrar. En contraste con la claridad de la calle, el anchuroso interior aparecía sombrío, y la audacia de aventurarse en él, de hablar con los hombres sin el resguardo familiar, se le antojó excesiva. Pensó en su padre y en su novio… Llegó al extremo de la calle. Volvió. Sonaban dentro golpes de martillo y el áspero morder de las sierras en la madera. Un señor de largo gabán negro hablaba en un grupo, señalando aquí y allá con un bastón sostenido en una mano enguantada de amarillo.

–          ¿El señor gerente?- preguntó Aurora.

–          ¿Qué desea usted?

–          ¿El señor gerente?

Callaron, mirándose. El señor del gabán negro bajó su bastón y la contempló un instante antes de responder:

–          Soy yo.

–          ¿Cómo está usted?- balbució Aurora, azorada-. Quería hablarle…

Los demás se apartaron discretamente. Aurora comenzó a balbucir. Sabía que necesitan señoritas…, ella había estudiado contabilidad en el colegio…, tenía buena letra… Súbitamente, la esperanza de conseguir un empleo se había desvanecido, y su demanda se le presentaba como temeraria e inoportuna. El gerente le preguntó:

–          ¿Quién es usted, señorita?

–          Me llamo Aurora Casal. Soy hija del secretario del Ayuntamiento.

Y esperó oír el tono severo de una admonición. Pero el gerente limitose a inquirir:

–          ¿Sabe usted escribir a máquina?

–          Sí- afirmó con alegría, reanimada-; pero con lentitud; puedo practicar, si usted quiere…

El hombre sonrió. Bien. Que practicase. Hasta pasado un mes no podría inaugurarse el Bazar Moderno. Hacían falta empleadas, en efecto. Si ella sabía algo de contabilidad… podía auxiliar a la cajera; en Caja se necesitaba personal. Habló vagamente del sueldo. No mucho, para empezar, sin embargo, haría porvenir en la Casa.

–          Deme usted unas señas.

Llamó a un joven que esperaba en el grupo.

–          Anote la dirección de esta señorita.

Y se marchó, con un saludo en el que apenas llegó a tocar el ala de su sombrero, pero afable, cortés.

Aurora salió turbada por la misma alegría de su éxito. Aquella feliz facilidad con que había conseguido el triunfo, hacía florecer en ella un concepto bondadoso, cálido y cordial de los hombres y de la vida. Encontró el mundo mejor y sintió el contento de una actividad que le aseguraba fines más nobles, vagamente esbozados aún. El miedo de su posible ineptitud para el trabajo desconocido, hizo pasar rápidamente una sombra por el largo paisaje de su dicha. Luego pensó en las palabras con que había de anunciar a los suyos el cambio hondo y ancho que trastornaba su existencia.

Yo era aún novio de Aurora, y recuerdo aún- y no lo olvidaré nunca- lo que ocurrió en tales días.

Leí y releí, sin entenderla, la carta que me envió aquella tarde. Todo había acabado…; se había impuesto un deber…; me quería aún, pero procuraría olvidarme pronto; que yo hiciese igual y fuésemos en adelante dos amigos que se saludan subiendo la misma cuesta y que se hacen el bien recíproco de un poco de charla para distraer el cansancio…

Entonces vertí en cinco pliegos mi extrañeza y mi desesperación. ¿Qué había ocurrido? Sin duda algún enemigo de la dicha ajena había ideado una miserable calumnia contra mí. No podía ser otra cosa. Pero yo quería saberlo, quería probarle la falacia de mis enemigos… (aquí una página de irritadas consideraciones contra estos enemigos); era indispensable una entrevista; no podía terminar así un amor que… (aquí cuatro páginas de interesantes ponderaciones de aquel amor). En la busca de los motivos de aquel brusco cambio, recordé que quince días antes había estado hablando durante diez minutos con una modista, en la esquina de la calle Larga, y temblé.

Al fin, Aurora me concedió una cita. Como siempre, nos acompañaba su madre. En aquella ocasión comencé a ver a mi novia como una mujer distinta, llena de un carácter que yo no había sabido sospechar en la muchachita obediente y dulce. La fácil crueldad de las mujeres brotó en ella desde las primeras palabras para ahondar en la separación. Me embrollé en un emocionado discurso. Me habían calumniado. Quería que lo pensase bien. Yo sólo vivía para ella… Nunca otro cariño como el mío…

Me interrumpió:

–          No me han dicho nada de ti; no se trata de ti.

¿Entonces? ¿Entonces de qué podía tratarse? ¿Acaso quería volverme loco? ¿Se enamora así a un hombre para después decirle, de la noche a la mañana…? Comencé a pronunciar algunas palabras indignadas: coquetería…, engaño…, traición…

Doña Elisa intervino:

–          ¿Por qué no se lo dices, si al fin y al cabo ha de saberse?… Lo que ocurre es que Aurora ha decidido trabajar.

Me detuve estupefacto.

–          ¿Trabajar?

Era la palabra que menos esperaba oír en aquella entrevista.

–          ¡Trabajar! Pero… ¿cómo?… No entiendo…

Aurora explicó, con una voz resuelta en la que yo creía advertir duras tonalidades. Ella no quería seguir así; en su casa hacía falta dinero… Y el trabajo no era una deshonra…

–          Bueno…; sin duda, no es una deshonra- balbucí-…, según en qué… ¿Cuál es tu propósito?

Cuando hube oído lo del Bazar Moderno, crucé los brazos, espantado.

–          ¡Pero eso es una locura!… ¡Una señorita como tú…! Porque tú eres una hija de familia…

La madre asintió tibiamente:

–          Ya se lo hemos dicho… Usted no sabe… Por nuestro gusto no es… Hasta le hemos reñido… Pero ella es así…, es así… Nadie lo esperaba… Yo no sé qué ideas se le han metido de repente en la cabeza…

Yo bramaba, escandalizado:

–          Estar allí, a la vista de todo el mundo…, vendiendo objetos, hablando con unos y con otros, envuelta en un blusón…; porque te harán poner un blusón…

Concedí:

–          Yo no digo que no trabajes…; hasta me parece bien… Y si crees que os hace falta, a ti o a los tuyos… Pero, Señor, trabaja en algo más recomendable…, más propio de una señorita, como eres tú… Muchas cosen en su casa. Nadie se entera. Hay también otras ocupaciones. Iluminar postales, por ejemplo. ¿No sabes iluminar postales? Se aprende en seguida. O cualquier cosa… En los periódicos he visto anunciada una máquina de hacer calcetines. Se compra, se produce en casa y se vende a las tiendas… Pero lo otro, ¡por Dios!, lo otro es para hombres, son ocupaciones de hombre…

–          De hombre, ¿por qué?- se revolvía ella-. ¿Qué incompatibilidad existe entre las ocupaciones aritméticas y el ser mujer? Si hago sumas, ¿me saldrá la barba?

–          Sin embargo, no está bien..

–          Cualquier cosa es mejor que esta vida de ahora sin presente y sin porvenir, como no sea el de llenarse de hijos y suspirar entre cuatro paredes, como en un ataúd anticipado. Vosotros trabajáis y traéis el pan, a veces muy escaso; pero tenéis el alivio de vuestra misma labor y el espectáculo del mundo; nosotras quedamos encerradas con lo más pequeñito, lo más vulgar y lo más miserable: la telaraña del rincón, los calcetines rotos, el niño enfermo… Estoy harta ya…

–          Calla, Aurora, calla- reprendió tristemente la madre.

–          ¿Y qué quieres?- opuse- La vida es así. No se puede cambiar la Naturaleza., Cada uno nace con su destino.

–          Pero es un destino que habéis fabricado vosotros, los hombres. Nos apartáis cuidadosamente de un trabajo que tiene sin duda sus fatigas, pero que es más alegre que el nuestro. Cuando habláis de la oficina o el taller parece que habláis a la vez de un templo y de un calabozo y, por estar en él unas horas, exigís nuestra admiración y nuestra piedad. Nunca serviríamos para una labor análoga- decías-; la mujer no es más que una madre. Y cuando os lanzáis en esa estupidez de la guerra y faltan brazos y cerebros en el país, se ve que nosotras, improvisadamente, podemos hacer lo mismo: guiar un tranvía, llevar una Caja, defender a un procesado, despachar expedientes en un ministerio… Ya no volveremos a pensar nunca con sentimiento de respetuosa inferioridad en vuestro taller y en vuestra oficina. Hemos entrado en los lugares prohibidos y sabemos que también nos es asequible vuestra obra.

Era un lenguaje espantoso, nuevo para mí. Silbé entre dientes:

–          Bonita moral! ¡Bonita moral!

–          ¡La otra era mejor- repuso con apresurada ironía-. Cuando el padre se llevaba a la tumba la llave de su despensa, las hijas que no tenían más que su juventud y no sabían otra cosa que arreglar una casa, no servían más que para criadas o… para algo mucho peor. ¿Qué les aguardaba en el mundo? Para asegurar su vida no les quedaba otro camino que el de la deshonra. O casarse… Si había con quién y si llegaba a tiempo. Casarse por necesidad, sufriendo, hasta morir, a un hombre al que no se quería… Cuantos pensaban como tú habrán visto su última hora atormentada por esta terrible pregunta: “¿qué va a ser de estas hijas hermosas e inútiles que dejo en el mundo?”.

–          Aurora- supliqué-, tu caso no es el mismo… Me tienes a mí… Te ruego aún que reflexiones.

–          Ya he reflexionado.

–          Piensa que te quiero tanto… Soy capaz de todo por ti.

Pareció conmovida:

–          ¿Y qué puedes hacer, ni qué puedo yo tampoco, mi pobre Javier? Somos dos animalitos de carga. Yo también te quiero y si tú pensases como yo, nada en mi nueva vida estorbaría nuestro cariño. Al contrario: ¡recibiríamos tantos alientos de él…! Pero sé que sería imposible. Te opondrías; lucharías diariamente por hacerme abandonar mis propósitos…; acaso yo concluyese por ceder… Y no quiero. Si tú comprendieses…

–          No.

–          ¿Lo ves?

Me dominaba una ira sorda contra aquella voluntad que se alzaba insospechadamente frente a la mía, por encima del amor. Creía que mi dignidad varonil se menoscababa si accedía. Y luego la convivencia de mi nueva con los demás dependientes del Bazar, entre hombres… ¿Cuándo se había visto que una hija de familia…?

–          ¿Es tu última palabra?- pregunté con el empaque de un caballero ofendido.

–          Sí.

–          Entonces… adiós.

Me alejé agraviado, entristecido, celoso.

Por aquel tiempo- y fue ayer- los hombres aun no comprendíamos…

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1 Response to “Capítulo 12”


  1. 1 Parado amancebado enero 27, 2010 en 21:09

    Vaya cañozazos tan precisos… yo me he quedado sin palabras: ¡viva Aurora!

    Muchísimas gracias.


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