Capítulo 11

 Las damas de Iberina habían terminado de bordar la bandera de los exploradores, con el afán meticuloso y concentrado que las mujeres ponen especialmente en embellecer las enseñas belicosas y las casullas. Arístides Sobrido subió victoriosamente la cuesta de todas las gestiones precisas para el más grande esplendor de aquel acontecimiento: las autoridades ayudaban sus intenciones, los periódicos publicaban los sueltos en que con cálidas frases daban noticias de la “fiesta patriótica”, la Intendencia militar le había facilitado tiendas de campaña… El campamento transfiguraba el aburrido aspecto de la Alameda cuando amaneció el radiante día de la ceremonia.

Espléndida mañana de sol. La banda municipal del pueblo, ni muy numerosa ni muy afinada, tocó durante una hora, sin interrupción ni descanso, el ensordecedor pasodoble titulado Pacomio Peribañez. A su son llegaron los boy-scouts especialmente formados, animosos y erguidos, mirando al frente, con el barboquejo ceñido a las redondas mejillas impúberes, garrocha al hombro, pañuelo a la garganta y una cuerda, una cantimplora, un morral… Las enseñas de los diferentes grupos mostraban la simbólica zoología del lagarto pasmado, el alacrán venenoso y el gato enfurecido. Y don Arístides, liado en su uniforme, movía las torcidas piernas con un ritmo gallardo, enardecido por el aire animoso y torero del pasodoble.

El gentío negreaba en la Alameda. La mitad de la población de Iberina estaba allí para presenciar la fiesta, animada por el doble júbilo del sol y de los chiquillos uniformados. Y entre la espesa muralla del público ocurrió todo. Un capitán y dos tenientes de infantería revistaron a los pequeñuelos, pasando dos veces hacia la derecha y dos hacia la izquierda, acompañados por Sobrido. Los pequeñuelos presentaban sus palos, muy serios, muy dignos, en actitud de firmes.

Después prometieron obedecer a don Arístides, amar al jefe del Estado, respetar la bandera que les había sido entregada, amparar a los animalitos de Dios y recoger todas las cáscaras de naranja que encontrasen tiradas por las calles de Iberina, para evitar resbalones. Era una ceremonia emocionante aquella en que los arrapiezos se comprometían a tan graves empeños. La bandera amarilla y roja cruzada por una franja verde, se dejaba estremecer por una blanca brisa; la muchedumbre se apiñaba en torno a los niños; el sol deslumbraba; la banda municipal repetía por centésima vez las notas de Pacomio Peribáñez.

Una alocución del capitán se diluyó casi inaudible en la anchura de la mañana. Don Arístides sintió humedecerse en lágrimas sus ojos al recibir la bandera. La tremoló, gritando con voz enrojecida:

–          ¡Siempre adelante, hijos míos!

–          ¡Siempre adelante!- berreaban los treinta Pulgarcitos.

Después se instalaron en el campamento. Tensáronse las tiendas de campaña y delante de ellas se establecieron centinelas con su buen palo y una rígida inmovilidad. Los curiosos que durante todo el día permanecieron contemplándoles, pudieron ver cómo fue encendida una hoguera y cómo don Arístides presidió la tarea de cocer patatas, asar sardinas y preparar, en fin, una comida poco complicada, labor que ningún boy-scout debe ignorar enteramente, para mejor cumplimiento de sus destinos.

Al anochecer destribuyose la guardia, recogiéronse los chicos en las tiendas, y don Arístides luego de dar una vuelta por el campamento, retirose a su cónico albergue en el que un trozo de lona fuertemente amarrado y extendido entre cuatro estacas, había de servirle de lecho. Estaba confortado por la satisfacción de su buena obra. Veía frecuentemente pasar ante la abertura de su tienda la silueta microscópica de un boy-scout abrigado en su ancho capote, con la pértiga al hombro, y experimentaba esa sensación que debe de hacer feliz a un general que descansa de una victoria. Le molestaba únicamente el ruido chillón del órgano de una barraca de feria, cercana al campamento, que no cesaba de tocar. Aquel asmático armatoste, especializado en jotas bullangueras, quebrantaba la solemnidad militar del ambiente. Tentado estuvo de ir a ordenar que callase. Cuando, después de un breve silencio, volvía a bramar plebeyamente el barroco utensilio por todas sus bocinas, don Arístides se soliviaba en su catre, murmurando:

–          ¡Vive Dios que…!

Y volvía a tenderse pensando que había muchas cosas que modificar, con rígida disciplina, en los municipios y en el Estado español, y que esa labor bienhechora para la felicidad de la patria sólo podría emprenderse con la energía indispensable cuando Alemania hubiese vencido e impuesto al mundo entero las excelencias de su carácter.

En aquel instante un explorador le avisó de que una señora acababa de llegar al campamento a hablar con él.

–          ¿Quién es?- dijo con voz autoritaria el caballero de la Cruz del Mérito Agrícola.

–          La mamá de Pepito- contestó el centinela sin bajar la mano derecha del costado izquierdo-; de Pepito Avilés, del grupo de los “alacranes”.

El jefe masculló unas frases de mal humor contra la mamá de Pepito por su desusada ocurrencia de entrar en un campamento después de anochecer. Salió de la tienda. La visitante le saludó riente y amable, hablando a gritos, sin la menor solemnidad.

–          Muy bien, muy bien, señor Sobrido; ha resultado muy bien todo esto. ¿Y mi Pepito? ¿Dónde está?

–          Estará en su tienda, señora.

–          Dígale usted que venga.

Y empujando al boy-scout, que estaba plantado como una estaca cerca de don Arístides le dijo:

–          Vete a avisarle.

Don Arístides volvió a fruncir el ceño ante aquella ingerencia y ante aquella ingerencia y ante aquella desconsideración para un boy-scout en funciones de guardia; pero calló. A los dos minutos, el centinela volvió con un explorador gordo y pequeñito, de poco más de medio metro de estatura. La dama se puso de cuclillas para abrazarle.

–          ¿Cómo te va cielín? ¿Ya hiciste el soldadito, encanto mío?

De pronto arrugó la nariz y dio un soplido de disgusto:

–          ¡Uf! ¡Cómo huele este chiquillo! ¡Qué peste a sardinas asadas! ¿Es que comió sardinas asadas?

–          Comió el rancho de todos- respondió don Arístides agriamente.

–          ¡Ay! –gimió alarmada la señora-. ¡Ojalá no le siente mal! ¿Te duele el estómago, monín?

La pelota de carne tierna vestida de explorador aseguró que no le dolía el estómago.

–          ¿Y la barriguita?

El pequeño “alacrán” declaró que tampoco le dolía la barriguita.

Su madre volvió a besuquearle, conmovida como si hubiese corrido el grave riesgo de que las sardinas se lo comiesen a él.

–          Bueno, pues vámonos a casa.

Don Arístides intervino:

–          ¡Cómo a casa! No se lo lleve usted, porque tiene que dormir en el campamento.

–          ¡Jesús, María y José! ¡Bueno estaría mañana el hijo de mis entrañas!

–          ¡Pero yo ya le he dicho a usted…! Me parece que era cosa sabida…

–          No; por la noche, no, señor Sobrido. No va a pasar Pepito la noche así, al raso, como un vagabundo.

–          La pasa en su tienda.

–          Déjeme de tiendas. La pasará en su camita, cerca de sus padres. ¡Hijo de mi alma!

–          Pues los demás no son de peor pasta, y se quedan aquí- gruñó irritado don Arístides.

–          ¡Ah…, los demás…, por mí…; si sus familias lo consienten!

Por debajo de la lona de las tiendas comenzaron a aparecer algunas cabezas infantiles. La mamá de Pepito cogió a su hijo de la mano y se despidió. El pequeño “alacrán venenoso” desasiose para saludar a don Arístides con arreglo al Código. Después caminó gravemente junto a su madre; pero a los pocos pasos por natural reacción contra la larga inactividad, comenzó a dar brinquitos y a hacer cabriolas. Sobrido volvió a entrar en su tienda, mascullando denuestos contra las gentes incultas que tomaban aquella ceremonia como un juego de niños y no sabían apreciar la trascendencia que para la formación de los ciudadanos tiene una noche pasada en un campamento. ¡Cuándo se impusiese la educación alemana, se pensaría de bien distinta manera! Pero no transcurrieron muchos minutos sin que otra señora acudiese a buscar a su hijo, y otra después, y media docena más… Don Arístides ya no luchó. Se quedó sin centinelas, vio vacíos los refugios de lona… Al fin sólo quedaron dos boy-scouts: Titín Ampudia, premio de aplicación del colegio de San Antonio, y Juanito, el hospiciano que tocaba la corneta. Inundado su espíritu de amargura, don Arístides no desmayó. Cuando, a las diez de la noche, intentó acercarse a su tienda la criada que enviaba su esposa para ver si necesitaba algo, el jefe de los exploradores gritó, irritadísimo:

–          ¡Atrás! ¡No se puede entrar en el campamento!

–          Soy Maripepa- explicó la fámula-, que vengo de parte de la señora…

–          ¡Juanito- vociféro don Arístides-, pégale un palo a esa intrusa!

La intrusa huyó. Don Arístides la persiguió con sus voces:

–          ¿Se ha creído usted que esto es la cocina? ¡Habrase visto atrevimiento parecido!

El corneta y Titín estaban junto a él compartiendo su disgusto. El caudillo consideró a sus dos leales y, cediendo a un impulso de gratitud y de ternura, cuando un soplo cargado de la humedad del mar escalofrió sus cuerpos, decretó amablemente:

–          Trae mi termos, Juanito; tomaremos un poco de café.

Sentáronse en la tienda de Sobrido, sobre el lecho y en banquetas plegable. El café no tenía azúcar y Juanito fue enviado a comprar unos terrones. El jefe de los exploradores abrió un silencio reflexivo, mientras Titín encantado de la proximidad del hombre poseedor de una cruz del Mérito Agrícola, atormentaba su imaginación en la busca ansiosa de un tema instructivo, impaciente por exhibir aquella aplicación que había merecido como recompensa ejemplar de Botánica elemental ilustrado en colores.

–          Don Arístides- dijo, al fin-, ¿es verdad que el azúcar se hace de la remolacha?

Sobrido se estremeció. Los asaltos del chiquillo a sus escasas reservas de cultura le amedrentaban. Las preguntas del ejemplar mozuelo se le aparecían como un enjambre de insectos, de ávidas trompas que iban a chupar en su poco jugosa masa gris, y sentía por anticipado la secreta vergüenza de que no hallasen zumo aprovechable. La víspera Tintín Ampudia se había presentado en su casa con un gato moribundo al que unos bárbaros habían roto una pierna y saltado un ojo, a garrotazos. Sobrido ante aquella estremecedora desgracia había bramado de asco y de indignación; pero cuando sus ojos se elevaron al Cielo, no fue para pedir el castigo de los culpables, sino para preguntar desesperadamente hasta qué punto quería ponerse a prueba su paciencia con tanta intromisión de pájaros heridos, de perros sarnosos, de gatos reventados… El animal maullaba triste y pavorosamente, lúgubre como si se hubiese muerto ya y pretendiese desde el otro mundo despertar el remordimiento y el espanto en el corazón de los hombres crueles.

–          ¡Llévatelo, Titín! ¡Por tu madre! ¡Llévatelo!- había rogado Arístides.

–          Pero, ¿adónde?

–          A donde quieras, Titín; llévatelo. O, al menos, acaba de arrancarle ese ojo que le cuelga… Pero que no te vea yo.

El “lagarto pasmado” excusose de aquella cirugía y dejó al agonizante en un rincón. Sobrido sólo se pudo consolar un poco pensando en el aspecto que ofrecería el propio Titín si hubiese sido a él a quien le diesen los garrotazos.

Pero aquella noche su corazón se inclinaba benévolamente hacia el boy-scout que permanecía en el campamento, fiel a sus deberes, y hasta llegó a pensar, arrepentido, que no había sabido comprender todo lo que alentaba de disciplinado, de germanizado, en aquel arrapiezo. Se dispuso entonces a contestar amablemente a sus inquisiciones, e inclinó hacia la voraz inteligencia de Titín el jarro de sus conocimientos.

-¿Es verdad que el azúcar se hace de la remolacha?

El ganador de la cruz del Mérito Agrícola respondió cautelosamente:

–          Según.

Y mirando a los ojos al “lagarto”:

–          ¿A qué remolacha te refieres?

–          A la azucarera.

–          Bien- concedió don Arístides; y añadió vagamente-: pero hay muchas clases…

–          ¿Muchas clases?

–          Por ejemplo, una produce el azúcar en polvo…

–          Sí.

–          Y la otra en terrones.

Titín acaso pensó en lo agradable que sería un paseo entre campos de azúcar cuando respondió:

–          ¿Por qué no se cultiva aquí la remolacha?

–          ¡Pch! Por el clima. Sin duda es por el clima. Fíjate en nuestro clima. Plantas la remolacha, y, ¿qué sucede? Llega un día una nube; comienza a llover… ¡Adiós a la cosecha! El agua cae encima de los terrones de azúcar que brotan de la remolacha como copos de nieve, y lo disuelve en un santiamén. Después los labradores se tiran de los pelos, pero nada arreglan con esto. Y si se trata de azúcar en polvo, todavía peor. Viene un temporal de viento y se lo lleva.

–          Se podría poner paraguas.

–          Bueno, pero eso es muy costoso. En los países adelantados ya no utilizan la remolacha.

–          ¿Qué hace, entonces?

–          ¡Diablo! ¿Qué hacen? Lo que se hace en Cuba. Se siembra el azúcar y sobre la semilla se pone una caña hueca. Nace un cuadradito de azúcar, luego otro, luego otro, y se ven obligados a subir por el interior de la caña. Aunque llueva o ventee, el azúcar está allí dentro, bien resguardado. Cuando la caña queda llena –lo que se averigua golpeándola con los nudillos-, se arranca y se vacía. Este es el mejor procedimiento. Y muy barato. Las cañas apenas cuestan, porque se utilizan de escobas viejas.

Titín le oía profundamente interesado. Juanito reapareció con su compra. Tomaron el café. Don Arístides mandó acostar a los dos muchachos. Antes de alejarse Titín, posó Sobrido una mano en su hombro y, acometido por misteriosos escrúpulos, le advirtió:

–          No hace falta que le cuentes a nadie lo que te he dicho del azúcar.

Después como para aliviar una íntima preocupación, anunció:

–          Dormíos. Yo voy a hacer una ronda.

Se paseó por el límite del campamento, con su bastón en la mano. La alameda estaba oscura, pero a lo lejos se veían las luces de la barraca del órgano y las de unos cafetines instalados también en ligeras construcciones de madera. A contra luz, en uno de los bancos del paseo, don Arístides vio las siluetas, demasiado juntas, de un hombre y una mujer. Más allá, en otro banco, otra pareja cuchicheaba. Cogidos del talle, desdibujados en la oscuridad, pasaron un marinero y una moza. Sobrido movió la cabeza reprobadoramente.

–          ¡Qué escándalo! Las costumbres se envilecen, la moral se va. Y nadie para mientes en ello. Después del triunfo de Alemania, esto no podrá continuar así.

Y retornó abismado en una serie de consideraciones que enlazaban de manera extraña el éxito de las armas del Kaiser con la militarización de España: de las madres de los boy-scouts, de las barracas musicales, de los marineros enamorados… Eran las doce de la noche cuando se acostó. Durante un largo rato le taladró el cráneo, de oído a oído, el preludio de El anillo de Hierro que soplaba el órgano. Después, muy tarde ya, se durmió.

A la mañana siguiente levantose molido. Le dolían los huesos y sus pies estaban helados. Permaneció algún tiempo sentado en la lona. Entonces, involuntariamente, ofredciósele la imagen de los soldados que luchaban en países de clima riguroso. Pensó largo rato, con las manos sobre las huesudas rodillas, revuelto el cabello que ya comenzaba a grisear, caído el mentón, relajados aún sus músculos por la blandura del sueño. Pensó… En el fondo de las trincheras, las pisadas amasarían un fango negruzco o rojizo; en los campos debía de haber una inacabable mancha de nieve, y un viento frío, entumecedor… ¿Cómo dormirán?- se preguntó dolorosamente. Se supuso él mismo tendido sobre el suelo fangoso, esperando el sueño. Poco a poco, el agua iría calando las ropas. Y los hombres, extenuados, rendidos, continuarán durmiendo. Pero tendrán pesadillas horribles sugeridas por el frío y por la humedad… Cuando se levanten, en los momentos que tarde el espíritu en recobrar la lucidez, sus entusiasmos bélicos estarán también entumecidos, y, en tales instantes, la patria y la bandera, y el deber de morir, y el deber de matar, se ofrecerán confusamente a su ánimo. Lívidos, cansados, con una añoranza infinita de los días de paz, pegadas las ropas a los cuerpos irán arrastrándose por el gris día naciente picado de balas…

Suspiró don Arístides, estiró sus brazos en un largo desperezamiento y se santiguó. Luego planchó con rápidos alisamientos las arrugas de su traje y salió a pasar revista a sus dos boy-scouts. Uno de ellos, Titín, se había constipado.

La mujer de Sobrido apareció entonces en el campamento. Estaba inquieta. Declaró que no había podido reposar pensando en lo que le ocurriría a su marido acostado en la alameda “como un vagabundo”.

–          ¡Válgame Dios, qué noche habrás pasado- comentó al ver el rostro descompuesto de don Arístides.

Y don Arístides respondió como hubiese respondido Hindenburg:

–          El deber ante todo.

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2 Responses to “Capítulo 11”


  1. 1 Parado Amancebado enero 18, 2010 en 7:35

    ¡Esto si que es empezar el día con alegría, y además por fin descubro cómo se planta el azucar para que salga en terrones! Pero qué grande era Wenceslao Fernández…

    ¡Muchas gracias!

    P.S: Después de la frase “El deber ante todo” se repite otra vez el estupendo fragmento de la “siembra” del azucar.

  2. 2 teoriadecatastrofes enero 18, 2010 en 15:22

    Buf, vaya carajal había montado… Creo que ahora ya está bien, gracias por avisar!


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