Capítulo 10

La guerra salpicaba de violencia al mundo entero. Todo se creaba para la guerra y todo provenía de la guerra. En las comarcas fabriles de España las pugnas de intereses entre el obrero y el patrón revestían una saña especial y menudeaban hasta el punto de que el espacio reservado en los periódicos a noticias de huelgas, sabotaje, lock-outs y atentados era mayor que el concedido a reseñas de toros y a informaciones políticas. Los bien enterados veían en este recrudecimiento de la vieja lucha la intervención de Alemania, deseosa de perturbar una producción consagrada en gran parte a suplir la forzosa y temporal insuficiencia de las industrias de Francia.

Los aliados, por su parte, habían ideado las Listas Negras.

Las Listas Negras eran el terror de los germanófilos de Iberina.

Cuando el excelentísimo señor don Juan Lobo exteriorizó en el Casino Iberiense su vaga simpatía hacia los Imperios Centrales, recibió el aviso formal de que algunos bienes que poseía en Inglaterra le serían incautados si perseveraba en él aquella sentimental propensión a germanizarse. A los hermanos Zaera, dueños del mayor almacén de comestibles de la ciudad, les fueron anulados unos importantes créditos que tenían contra varias casas de Burdeos. Manu militari. Las reclamaciones eran inútiles y el desafuero triunfaba al amparo de las leyes de la fuerza y de la necesidad, esgrimidas por los pueblos rabiosamente empeñaos en la contienda.

Se conoció entonces el espanto de las delaciones, la sutil perspicacia del espionaje. Orejas invisibles escuchaban de las naciones injuriadas una referencia minuciosa de lo que habían podido oír. Taberneros, oficinistas, abogados, comerciantes, todos cuantos se atrevieron a ansiar, en el ardor de una discusión o en la necesidad de una confidencia, el triunfo de Alemania, fueron cuidadosamente registrados en las Listas Negras. Podía decirse que en aquellos tiempos, el cónsul inglés, un sujeto rubio, seco, reservado y desdeñoso, era la máxima autoridad de Iberina, el hombre más temido y más odiado, tal vez.

Frecuentemente, el germanófilo fichado como tal y que creía estar al abrigo de males por la tibieza de sus simpatías o por la discreción con que las guardaba, al intentar salir de España para atender a sus negocios, o a sus conveniencias, o a su placer, se veía rechazado en la frontera como indeseable, y no era rara la ocasión en que, ya en el Extranjero o a bordo de un buque inspeccionado en alta mar, se le detenía y obligaba a sufrir una prisión más o menos larga. El censo de los enemigos de la Entente, copiosísimo, casi llegó a ser una obra perfecta.

Medina, como era de esperar, no sufrió el menor contratiempo. El mismo día que regresó a Iberina se presentó triunfalmente en el café del Siglo. Le acogieron con aclamaciones:

–  ¡Venga acá el valiente!

– ¡Muy bien venido, gran hombre!

– ¡Cuente usted, cuente usted!

El escritor saludó uno por uno a sus amigos, repartió algunos abrazos y pidió café mientas extraía cuidadosamente sus manos del interior de unos guantes color limón, que merecieron el elogio de Suárez.

– Franceses- explicó concisamente Medina, arrojándolos con un gesto de elegancia sobre la mesa.

– ¡Ah, son franceses!

– Mire usted.

Y enseñó la tirilla de tela blanca cosida al revés, donde se leía en letras rojas: Marque déposée.

–  Auténticos.

Dilató con una larga espera la impaciente atención de sus contertulios, interrogándoles acerca de cien diminutas cuestiones de la localidad. Algunos clientes que saboreaban en las mesas cercanas los venenos de su predilección, se aproximaron disimuladamente.

– Entonces, ¿nada nuevo durante mi ausencia?

Nada nuevo. Se había marchado Pons. El mensaje a Bélgica contaba ya con numerosas firmas. Pero, ¿querría hacer el favor aquel diablo de Medina de decir qué impresiones traía de aquellas tierras?

Y Medina, al fin, comenzó. En su afán de envolver los lugares pisados por sus plantas en un fuerte resplandor de tragedia, usaba imágenes que se despegaban un poco de la sencillez de una conversación. Probablemente había estudiado sus frases y quizá pensaba utilizarlas en los artículos que había anunciado al director de El Eco.

Habló de la tristeza de Biarritz bajo el cielo casi invernal que amenazaba lluvia. El sobrecogimiento de la lucha, el horror de la larga hecatombe se advertía en todo: en los escaparates de las tiendas de novedades y de joyas, privados de la anterior esplendidez; en el esfuerzo del hombre lo dispuso todo para el placer en una labor lenta que se cuidó hasta de alzar entre las aguas rocas de caprichosas siluetas. Era, en la pequeña ciudad organizada para la vida venturosa y fácil, algo así como si sobre la mesa adornada para un banquete se desplomase de bruces, muerto, el anfitrión. En el aspecto de las cosas parecía haberse cortado bruscamente una sonrisa. Por las calles, bien cuidadas, corrían los automóviles que lucían sobre la blancura de sus toldos de lona la roja cruz del servicio sanitario. Los grandes hoteles estaban mudos, tristes… En las pocas ventanas que conservaban abiertas, no se veían más que rostros de convalecientes. Allí donde antes se alojaban los millonarios del mundo, gemían ahora los heridos. El Casino de Bellevue era también un hospital. Medina había visitado el Hotel de Inglaterra, y describió los soldados que fumaban junto a la verja, envueltos en arbitrarios uniformes incompletos; habló del olor a ácido fénico, a yodoformo, a dolor; de la escalera que aun conservaba su alfombra lujosa, del hall lleno de camas improvisadas sobre pequeñas plataformas de madera, en largas filas… Los ojos de los heridos le seguían un instante; luego tornaban a su contemplación obstinada de un detalle del techo, de la ventana, de la pared, pensando en sabe Dios qué angustias, demacrados, exhaustos… Parecía imposible que aquellos cuerpos héticos hubiesen forcejeado pocos días, pocas semanas antes, en una lucha feroz, animosos y fuertes. Las habitaciones principales del Hotel estaban convertidas en despachos y en salas de operaciones. Medina acumuló el negro y el rojo en su relato. Luego mostró dos postales: se había hecho fotografiar en la avenida de los Tamarindos y en la Roca de la Virgen. Proyectaba publicarlas en El Eco.

Después habló de la vieja Bayona, de sus porches, de sus estrechas calles mal empedradas, de la caduca Catedral “que clavaba en el cielo las agujas de sus torres”, de los enverdecidos fosos románticos. Hizo pasar de mano en mano un billete de cincuenta céntimos expedido por la Cámara de Comercio, y aseguró que pensaba guardarlo como un recuerdo de la guerra.

– Hubiera querido acercarme al frente- añadió-. Ya…, de estar en Francia… Pero como mi viaje fue tan imprevisto, no pude llevar recomendaciones, y en París no conozco a nadie.

– Ir al frente- comentó Suárez Meditabundo-, visitar las trincheras, ya es más grave la cosa…

–  En Francia es un deporte- definió sencillamente Medina.

Había conocido a un muchacho, escritor, que vivía en París casi siempre, y este joven le contó que las damas de la aristocracia francesa solicitaban y obtenían frecuentemente permisos para recorrer en automóviles la línea de fuego. También le oyó decir que, desde que Alemania había intentado el bloqueo submarino de las islas británicas, las más distinguidas ladies y los más empaquetados gentlemen de Londres se dedicaban a cruzar el Canal.

– Es un deporte- agregó con una tranquilidad que hacía presumir que también él lo hubiese practicado, a serle posible-. Todos los deportes tienen algún parentesco con la muerte.

En este momento aproximose el ex conserje de San Antonio, que había entrado en el café acompañado de un hombre pequeño y barrigudo cuya cabeza surgía como un tampón de entre las vueltas de una bufanda de lana verde.

– ¡Salud a la compañía!- dijo el ex conserje-. Me alegro mucho de que no le haya ocurrido nada malo en su viaje al señor Medina.

– Gracias, Rosendo.

Y reanudó sus consideraciones sobre la frialdad inglesa. Pero Rosendo le interrumpió.

– Señor Casal- y extendió un dedo por encima del hombre para señalar al sujeto que le seguía-, permita que le presente…, aquí, mi amigo el señor Fandiño, un hombre honrado…

Y dio algunos manotazos en la espalda del amigo, como para comprobar ante todos la fortaleza de aquella honradez.

– ¿Están ustedes bien?- preguntó el señor Fandiño, exhibiendo al descubrirse un mechón de grises cabellos alborotados-. ¿Y sus familias…, bien?

– Todos están perfectamente- le informó el mismo Rosendo-. Siéntate, Fandiño.

Palmoteó, pidiendo café, y explicó:

–  Hace tiempo que este hombre deseaba conocerles a ustedes, venir a la tertulia, y, como es de los nuestros, le he dicho: “¡ea, pues va a ser esta tarde!”

– Sí, señor- corroboró el otro-; soy de los de ustedes. Y siempre lo he sido…

Llenose de pronto de una cólera que le inflamó los ojos, para añadir:

– ¡Y el que me culpe de lo contrario es un canalla que no merece más que la horca!

–  Muy bien, muy bien- aprobó sonriendo Casal-. Nos alegramos, nos alegramos, amigo.

El hombre pareció después de esto más aliviado; sopló en la arruga que formaba la bufanda cerca del mentón para aventar una increíble cantidad de ceniza, y, después de una laboriosa busca en los bolsillos de su chaleco, ofreció a los contertulios:

–  ¿Unos puritos?

Se los rechazaron e insistió, afirmando que eran muy buenos. El ex conserje aconsejaba con ternura:

– Fúmenlos, fúmenlos. Son de confianza.

Medina estaba disgustado de tanta plebeyez, y continuó su charla sin esperar a que terminasen los tenaces obsequios del intruso. Fue tan evidente su desprecio, que Fandiño inclinó hacia él la cabeza para rogar, conservando aún en la mano los cigarros, del mismo color que sus dedos:

– Usted perdone, señor.

El joven le dedicó una sonrisa, porque le había parecido aquel hombre demasiado bruto y temía de él cualquier violencia.

– De nada… Es que estábamos hablando de unas cosas…

– Pues siga, siga- casi ordenó el recién llegado, frunciendo pavorosamente las cejas peludas-; y si quiere decir algo fuerte de esos bochófilos del diablo, aquí estoy yo para ayudarle.

A propósito, para humillar a Fandiño o para situar la conversación fuera del alcance de sus intervenciones, el colaborador de El Eco pasó a referir algunas de sus charlas con aquel escritor “que vivía en París”. Declaró que el viaje había sido muy útil para sus orientaciones literarias, porque “después de haberse asomado un poco al mundo, comprendía perfectamente que la guerra señalaba al comienzo de una nueva era para el pensamiento humano y, muy especialmente, para el arte. Sería inútil continuar insistiendo en las normas anteriores. Las trincheras, que habían abierto un largo foso entre los pueblos, cavaban también un abismo entre la producción anterior y la futura. En lo sucesivo se diría: “hasta aquí llegó aquel arte” y “desde aquí –desde la guerra- comenzó estotro”. Nada de empalagosos sentimentalismos, nada de temas amerengados. La poesía, la novela, el teatro, se insinuaban ya bajo nuevas formas magníficas, desempolvadas de tópicos. Su reciente amigo, el de París, le había hablado largamente de esto. Medina, claro está…, en la confianza…, entre colegas…, requerido por el otro, nunca por propia iniciativa, había sometido a su opinión algunos cuentos, algunos proyectos… Pues bien, debía decir francamente que no mereció el aplauso del de París. Elogiar- naturalmente- elogió algunas cosas…, pero le dijo: “Parece mentira que usted, con su talento, con su juventud, cultive aún ese género fósil; hay que hacer algo nuevo, y usted puede intentarlo tan bien como los mejores.” Esto había dicho. Medina- lo confesaba- sintió como si le deslumbrase una nueva verdad. “Fue mi camino de Damasco literario”, añadió riendo. Ahora venía decidido a ensayar, a estudiar, a buscarse a sí mismo, para completar su evolución. Algo tenía pensado ya, aunque no maduramente… Desde luego había resuelto incorporar a la literatura muchos temas nuevos que- estaba seguro- causarían escándalo entre los trogloditas de las Letras.

– ¡Ahí, ahí!- rugió cavernosamente el hombre gordo-. ¡Darles en la cabeza esos tíos! ¡Boches, más que boches!

Corrió una sonrisa por los rostros. Casal, francamente alejado de las preocupaciones literarias, preguntó:

– Pero, ¿y el espíritu, qué tal se sostiene en Francia el espíritu del pueblo?

– ¡Maravilloso!- ensalzó Medina-. ¡Con una entereza!…

–  ¡Eso es patriotismo!- suspiró Casal.

–  Casi todas las mujeres de Biarritz y de Bayona visten de luto. Sin embargo, no oirá usted ni una sola queja.

– ¡Gran país, gran país!- alabó Casal, conmovido.

Y quiso saber cómo vivían, qué pensaban, los augurios que corrían en Francia acerca de la guerra. Pero el atrevido viajero que había dedicado doce horas a recorrer Bayona y Biarritz, se hundió en ambigüedades y concluyó por declarar que no se había resuelto a hacer indagaciones demasiado minuciosas por temor a la natural prevención que existía en Francia contra el espionaje. Como tampoco reveló su condición de periodista, porque el Gobierno francés cohibía las informaciones reporteriles, aun las realizadas de buena fe por amigos de la Entente, porque una indiscreción cualquiera podía acarrear serios perjuicios.

– ¡Y tantos!- apoyó melancólicamente Fandiño, temblándole las bolsas de las mejillas.

– A mí no me ha sucedido nada. Agregó el joven sin hacerle caso-; pero en San Sebastián me previnieron…

Don Amado caviló:

– Le envidio ese viaje.

– Sí- admitió Medina, con júbilo mal encubierto-, ha sido un viaje magnífico. Y luego… algo que ya no puede volverse a ver, porque una guerra como esta no se repite. Vale la pena de haberse asomado a Francia. Crea usted que me marché con tristeza. Me sentía allí otro hombre… No es que aquí estemos oprimidos, pero en ninguna otra nación como en aquella se respira tan puro y tan amplio el aire de la Libertad.

En su entusiasmo, Medina pronunció Libegtad como si durante su permanencia en aquel país se le hubiese pegado insacudiblemente la prosodia gala.

–  ¿Y dice usted que… todo el mundo de luto en esas tierras?- interrogó con apenada calma el señor Suárez, que había estado rumiando aquella espantosa noticia.

–  Todo el mundo.

–  ¡Es triste, es triste! ¡Cuántos hogares aniquilados! ¡Cuánta juventud deshecha!

Entre los simpatizantes españoles con uno y otro bando casi nunca aparecía la convalecencia que ahora, verdaderamente afligido, exteriorizaba el mueblista. Los muertos eran “bajas”. También se les llamaba “pérdidas”. Pero nunca “hombres despedazados”, “hombres agujereados”, y mucho menos “muchedumbres asesinadas”. Y no por falta de piedad, sino porque, para el furor partidista de los unos o de los otros, los jóvenes y los hombres maduros que caían por centenas de millares eran como peones de ajedrez. Peones de madera, como los que se mueven sobre el tablero en los cafés y en los casinos donde se discutían las batallas. Peón comido, peón apartado. No se pensaba que tuviesen nervios, cerebros, corazón, afectos, una inteligencia, muchas cosas irreparables y preciadas que cesaban de funcionar cuando un pedacito de hierro desgarraba violentamente sus carnes. Se leía: “Escasa actividad en el frente; hemos tomado un bosquecillo”, y se decía: “Ayer nada ha ocurrido”. Y nadie sabía imaginar el montón de cadáveres que había costado la ocupación de aquel grupo de árboles mutilados por las granadas; nadie quería comprender que eran vientres perforados, sesos esparcidos, miembros desgajados, dolor, dolor y dolor de seres impelidos a dar la muerte y a recibirla; a nadie se le había ocurrido pensar que solo, uno solo de aquellos hombres enlodados, desangrándose por sus heridas o al que la metralla hubiese escindido una rebanada de cráneo, uno nada más que fuese paseado así por la calle Alcalá, de Madrid, o por la calle Larga, de Iberina, hubiese bastado para hacer llorar de horror y de pena a toda una ciudad. Uno. Y eran millones los que caían. Pero la guerra, de lejos, era una partida emocionante, la agigantada proyección de las impresiones que recibe el espectador de un match futbolista de campeonato. Los políticos mendigaban el favor de los Gobiernos de Inglaterra, de Francia, de Alemania, buscaban su apoyo para someterse o para trepar. Cotizaban sus transigencias, sus servicios, sus tolerancias y, a veces, sus claudicaciones. Se comerciaba con los permisos de exportación. Los industriales, los armadores, los comerciantes, se enriquecían en progresión rápida y fabulosa. Las embajadas compraban, con arreglo a generosas tarifas, oradores, periodistas, agitadores, espías, folicularios de lenguaje grosero… Lejos, morían ejércitos de hombres. Pero, ¿sabíamos cómo eran los huracanes de hierro de Verdun?

¿Habíamos visto esas coles verde-moradas que eran las cabezas de los rusos y de los alemanes podridas sobre la fangosa superficie de los pantanos, cuando la acometida de Hindenburg?

No; nadie las vio. Francia tampoco, ni Alemania, ni Inglaterra. Si todo aquel inmenso dolor fuese vigilado y percibido, el mundo hubiese impedido la continuación de tantos horrores. Pero entonces nadie atendía al hombre, ni se hablaba de él, sino de ejércitos en los cuales los hombres no eran más que partículas de esta o de la otra nación, de estas y de las otras razas, de la Humanidad, pomposamente. Y Goethe ya ha dicho que “no hay Humanidad: no hay más que hombres”. La Humanidad no sufre; el hombre, sí. No existe un solo dolor colectivo. De las desgracias de la Humanidad puede tratarse con la glacialidad y hasta con pedantería, y frente a ellas el individuo se siente tan solo historiador. El Diluvio no tiene para mí más interés que el de un cuento moral, un poco aburrido, y el éxodo de los Judíos por la aridez africana no me hace palidecer. Pero el niño que bracea en el estanque, a punto de ahogarse; el vagabundo famélico que tiende su mano y me mira con ojos de súplica y de miedo, de animal castigado, angustian mi corazón con un dolor reflejo del suyo, y, ante el espectáculo de su infortunio, siento las lágrimas y los impulsos generosos de la fraternidad.

Lo que ocurrió fue porque nadie quiso o nadie supo pensar en el hombre.

Cuando el mueblista Suárez expresó su condolencia con tan inoportuna lamentación, el señor Casal se esforzó en disimular un gesto agrio. Consideraba a Suárez como un hombre de convicciones tibias, y más de una vez había discutido largamente con él para apartarle de teorías que don Amado creía heterodoxas. Ahora se limitó a decir, en dulcificado tono de reproche:

– ¡Qué ideas se le ocurren a usted, querido Suárez! Es sabido que en las guerras se mata y se muere. ¿Qué quería, entonces? Las cosas son así y siempre han sido así…

– Es verdad- reconoció el mueblista, acorralado por aquel axioma.

El señor Casal se enterneció por aquella rápida entrega y quiso hacer alguna concesión cariñosa al mueblista.

– Ahora, si usted me dice que debe evitarse la violencia inútil, la crueldad excesiva…, ese es otro cantar, y yo confesaré que pensamos lo mismo. Si matar es indispensable, al menos debe procurarse hacerlo humanamente, piadosamente. Yo no aprobaré nunca lo que está perpetrando Alemania. Los gases asfixiantes me parecen una atrocidad; el bombardeo aéreo, un crimen; los ataques de los submarinos, asesinatos indisculpables. Llegará el día en que el káiser y sus cómplices tengan que rendir cuentas de tantas acciones indignas. Nadie en el mundo, ni las mismas fieras, aprobaría esos procedimientos de lucha.

Suárez meditó un poco:

– Es que yo- dijo, como resolviéndose a hacer una confesión- no acabo de comprender una diferencia tan sutil… Condenado el avión de bombardeo, ¿es posible aprobar los cañones? ¿Y las bombas de mano? ¿Y los fusiles? Para mí el instrumento de muerte tiene una importancia secundaria. El hacha de silex o la ametralladora realizan la misma condenable acción, solo desigual cuantitativamente. ¿Cómo puede dulcificarse en la guerra el tránsito de un individuo a la eternidad? ¿Se ha detenido usted a pensar lo que debían de sufrir los guerreros antiguos atravesados por el grueso astil de una lanza? Matarse dulcemente, amablemente, sin saña, con educación, es un bello ideal, pero ¿no resultará imposible conseguirlo? ¿No sería mejor decidirse a suprimir las guerras?

–  ¡Oh!- gruñó Casal, con un brusco movimiento de hombros-. ¡Si eso pudiera ser…! Mientras tano, humanicémoslas.

– No sé cómo…, no sé cómo…

Y hubo un silencio en el que cada uno buscó en vano lo que debía decir.

El señor Fandiño comunicó, con la vista fija en el baboso extremo de su puro, en un afán de aparecer enterado:

– Cuando yo estuve en América, ya se hablaba de eso.

Nadie le animó a expansionarse. Entonces, como si hablase tan solo con el ex conserje, continuó:

– Cuando el general Trinidad García se sublevó… Fue terrible… Tuvo su cuartel en la hacienda donde yo trabajaba, y sus hombres se comieron quinientos bueyes en un mes. Prisionero que cogía, prisionero que colgaba, cabeza abajo, hasta hacerle morir. También les arrancaba las uñas y los dientes, o los empalaba. Un día llegaron unos señores yanquis, diplomáticos o militares, o no sé qué, pero desde luego muy importantes. Y le dijeron al general Trinidad: “nada de torturas; usted va a hacer una guerrita cristianamente, y si quiere matar a los prisioneros, que sea con decencia; si no, el Gobierno de Norteamérica intervendrá contra usted”. Una semana después le traen al general Ibarra, derrotado y preso. Entonces llamó al Mezclado, que era como el ejecutor de las sentencias. “Mezclado- le dijo-, despácheme a este pelao, pero con buenos modos; nada de brutalidades, que al fin es un general, y pueden enterarse los gringos que estuvieron aquí el otro día; asegúrelo delicadamente no más; si puede ser, sin que él mismo se entere”. “Descuide, jefecito”- dijo él Mezclado. Y lo pensó bien. Y va a la mañana siguiente y se presenta en la celda del prisionero, y le dice: “¿Qué hay, amigo? ¡Qué buen aspecto tiene usted! Si no le afeasen esas barbas de una semana, se diría que le aprovecha el cautiverio. Voy a afeitarle yo mismo.”

“Le colgó una toalla al cuello, le enjabonó y le rasuró perfectamente. Al final le causó en la garganta un pequeño arañazo.

–  Esto no es nada- aseguró-; mañana habrá cerrado ya.

– Al día siguiente volvió a afeitarle y le clavó un poco más la navaja.

–  Usted disimule- rogó-, pero ha tropezado la hoja en el rasguño de ayer. ¡Como no tengo la habilidad de un profesional verdadero!

Al otro día cortó un poco más hondo.

– ¡Qué torpe soy!- comentó.”

“Al cabo de una semana casi había llegado hasta la tráquea. El prisionero estaba pachucho, pero no experimentaba el menor sobresalto, porque, en conciencia, no podía afirmar que lo matasen.”

–  “¡Uf!- exclamó el Mezclado, al entrar cierta vez en la celda-. ¡Cómo está esto! Me parece que se le ha enconado a usted el arañazo de la semana pasad. La verdad, amigo, para estar así, más vale proceder con energía. ¿Sabe usted lo que hago yo cuando un botón de mi traje amenaza caerse? Lo arranco y lo guardo para no perderlo, y si no hacemos ahora igual, se le va a desprender por sí sola la cabeza. Espere… Es un momentito…

Y le rebanó lo que quedaba.”

“Aquello se comentó mucho, y aunque no faltó quien lo censurase, casi todos convinieron en que era lo único que cabía hacer para matar piadosamente a un hombre.”

– ¡Está bueno eso!- aprobó, riéndose largamente el ex conserje de San Antonio.

Medina, ahíto de ordinariez, indignado en lo íntimo contra Rosendo y el intruso, se despidió, y Suárez fuese tras él, a su tienda de muebles.

Entonces, Fandiño miró con ternura al señor Casal.

– ¿Una copita?- le preguntó.

–  Gracias; no bebo nunca.

–  ¿Otro cafecito?

–  No, no.

El ex conserje acercó más su silla.

–  Oiga usted, don Amado, aquí, mi amigo querría pedirle un favor.

–  Veamos.

El hombre gordo asentó las dos manos en los muslos, movió la cabeza en el holgado enchufe de la bufanda y comenzó:

– Mire usted, señor: es que hay cosas que no está bien que se le hagan a un hombre honrado. Yo tengo, para servir a usted, una tiendecita en el arrabal. Cuando volví de América empleé en eso las pesetitas ahorradas. Y al principio, no iba mal. Mi mujer cocina bien y el vino es excelente. Que lo diga Rosendo. Pero hace unos meses, todo va de cabeza. Hay días que no gano ni cinco pesetas; la gente huye de mi casa como si en ella hubiese el cólera. ¿Por qué ocurre esto? Le aseguro que no hay ninguna razón para que sea así. Yo me volvía loco cavilando: ¿por qué será, por qué no será? Hasta que recientemente descubrí el misterio.

Clavó sus ojos abultados en Casal, subiendo una ceja y bajando la otra. Añadió:

– Me han incluido en las Listas Negras.

–  ¿En las Listas Negras?- repitió Casal, preocupado-. ¿Y por qué?

–  ¡Qué se yo!… Por venganza, por envidia, para hundir mi negocio.

–  ¿Quién se lo ha dicho?

–  Concretamente, nadie. Pero, ¿qué otra cosa puede ser? No hay ningún motivo. El vino es mejor que el del año pasado…

–  Si no es más que una sospecha de usted, si usted no hizo nada…

– ¡Nada! Se lo juro. Son las malas almas, los envidiosos, que no reparan en calumniar. ¡A mí qué me importa Alemania! ¿No comprende? Pero me han denunciado; no lo dude usted. Han engañado a Inglaterra y eso es todo. Ahora viene Inglaterra y dice: “ya no se va más al bochinche de Fandiño”, y Fandiño se revienta por muy inocente que sea.

Trazó un rápido ademán con el puño cerrado, como si cepillase el aire.

– A mí me parece una suspicacia de usted –rechazó Casal.

–  ¡Suspicacia! La tienda está donde estaba, el vino es mejor, los precios casi iguales, la gente bebe sin más… Si no es por las Listas Negras, ¿cómo quiere usted que me explique mi ruina? ¡Y tiene que ser, tiene que ser! Se han visto muchos casos parecidos. A los Zaera no han querido pagarles unos miles de duros, a Requejo le negaron el suministro de primeras materias para su fábrica, a Menéndez no le compran ni por valor de un maravedí… Hoy no ocurre nada en España sin que intervenga la voluntad de estos países.

Un poco aburrido de aquella temerosa manía, preguntó Casal:

– Aunque así fuese, ¿qué quiere usted de mí?

–  Que sea mi cónsul y le hable en mi favor, que le diga que estoy a la disposición de Inglaterra, que nunca dije ni hice nada contra su patria, que me pongan a prueba.. Yo vendré aquí todas las tardes: a ver si me oye usted nunca nada contra los aliados. O vaya usted por mi casa, que será una honra para mí. Que le diga Rosendo. Inglaterra está equivocada; se lo aseguro. Ya ve: podría pasarme al otro bando, y no lo hago porque no me tira el corazón para ese camino. Usted puede afirmarle al cónsul: “Fandiño no quiere la guerra con ustedes; Inglaterra hace mal en perseguirle; Fandiño es un buen amigo de Inglaterra…” Y si usted garantiza, le creerán.

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4 Responses to “Capítulo 10”


  1. 1 Parado Amancebado enero 12, 2010 en 18:15

    Pensaba que estaba echando mucho de menos un nuevo capítulo pero hasta que no lo he leido no me he dado cuenta de cuánto… ¡Es demoledor, una montaña rusa de espantos y risas!. ¡Un montón de gracias por estos buenos/malos ratos!

  2. 2 teoriadecatastrofes enero 12, 2010 en 20:19

    Este capítulo es uno de mis favoritos. Muchas gracias por pasarte y comentar, qué haría yo sin ti!

  3. 3 S-e enero 16, 2010 en 15:45

    ¡¡Bestial!!

    Me quedo sin palabras.

    «[…] nadie quería comprender que eran vientres perforados, sesos esparcidos, miembros desgajados, dolor, dolor y dolor de seres impelidos a dar la muerte y a recibirla; a nadie se le había ocurrido pensar que solo, uno solo de aquellos hombres enlodados, desangrándose por sus heridas o al que la metralla hubiese escindido una rebanada de cráneo, uno nada más que fuese paseado así por la calle Alcalá, de Madrid, o por la calle Larga, de Iberina, hubiese bastado para hacer llorar de horror y de pena a toda una ciudad. Uno. Y eran millones los que caían».

  4. 4 Parado Amancebado enero 17, 2010 en 15:24

    Jajajaja ¡Muchas gracias! yo diría más bien que qué haría yo sin estos capítulos que nos ofreces tan amablemente; francamente espero que tarden mucho tiempo en terminarse porque son un dulce envenenado delicioso.

    ¡Un abrazo!


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