Capítulo 9

La noticia del arrebato belicoso de Jorge Pons se extendió prontamente por Iberina. Los amigos del proyectista acudían a él para comprobar la veracidad del articulito publicado en El Eco acerca de su marcha. El menosprecio que existe en España hacia los frutos de la inteligencia se hizo bien notorio en esta ocasión para Medina, porque casi nadie habló de El pequeño héroe, mientras todo el mundo se ocupaba de Pons. No es posible decir que el joven escritor sintiese envidia, porque –como él proclamaba con irrefutable veracidad- el día que se le antojase, por una sencilla decisión de su albedrío, podía él también alistarse en la Legión Extranjera; mientras que Pons, aunque consagrase a ello toda su vida, sería incapaz de componer un cuento como el suyo.  No le envidiaba, y hasta le parecía encantador que los aliados recibiesen aquel refuerzo; pero comprendió claramente que él representaba el Ideal,  y Pons, la Práctica; y le dolía la ceguera del populacho que anteponía en su admiración la brutalidad de un sujeto dispuesto al homicidio, a los méritos de una labor intelectual que insinuaba en las almas y las conquistaba para la Buena Idea. Más por corregir este defecto de las muchedumbres que por zaherir a su contertulio, lanzó subrepticiamente unos burlones pareados contra Pons. Algunos socios del Casino, que eran germanófilos, los retuvieron en la memoria y los celebraron grandemente.

Pero pronto quedó Jorge dueño del campo. Una tarde, Medina anunció en la tertulia del café del Siglo que se marchaba a Francia. Abrevió el asombro de sus amigos. No por mucho tiempo. Una vueltecilla nada más. Verdaderamente, iba a San Sebastián a recoger a una anciana tía suya que no se atrevía a viajar sola; pero aprovecharía la ocasión para asomarse a Francia y admirar de cerca el espíritu de la nación heroica.

– Siempre se aprende con ello- aseguró-; se orea el alma… Y quizá envíe algunas crónicas a El Eco.

Al día siguiente ocupó una butaca junto a ventanilla de un vagón de primera. Se paseó largamente por el andén, con irreprimible ansia de ser visto; pero el temor de perder su privilegiada plaza, desde la que se proponía hacer interesantes y nuevas observaciones sobre el paisaje, le obligó a recluirse en el coche veinte minutos antes de la partida. No tuvo suerte, porque de los cinco viajeros que se instalaron e las restantes butacas sólo conocía a don Arístides Sobrido, que iba en un breve viaje a visitar al capitán general para agradecerle la protección que había dispensado a la proyectada fiesta de los boy-scouts y a someter a su consejo algunos detalles del programa. Los otros cuatro señores eran militares: un comandante que marchaba a inspeccionar sus fincas, un capitán invitado a una cacería y dos tenientes que aprovechaban una licencia para correr en busca de sus novias lejanas. Cuando apareció el revisor, mostraron sus carnés con ademanes distraídos, sin suspender su charla.

Ninguno de ellos reveló la menor extrañeza cuando, de un extremo a otro del departamento, Medina comunicó al señor Sobrido que “iba a dar una vueltecita por Francia”. Quizá esta indiferencia lesionó el espíritu impresionable del joven o acaso se debió tan sólo a su grave ignorancia del régimen de un país el con que, poco después, mientras fumaban un cigarro en el pasillo del tren, dijo a don Arístides:

–  ¿Ha visto usted estos señores? Mientras nosotros pagamos los billetes del tren más caros que en ninguna nación de Europa, ellos los obtienen a un precio tan irrisorio que puede decirse que sus carnés son como pases de libre circulación por todas las líneas férreas.

Sobrido contestó secamente:

– ¿Y qué hay de malo en eso?

– ¿Y por qué han de disfrutar de un privilegio tan inexplicable?- saltó Medina-. Yo voy a buscar a mi tía, y pago. Ellos no están en actos de servicio, van a ver sus fincas, sus novias, van a divertirse o a pasearse, y no pagan… Eso no está bien.

– No está bien cuando se trata de jueces, de empleados de Fomento, de personas que pueden tener relación con las Compañías y que por aceptar ese favor ven mermada la absoluta independencia con que deben obrar respecto a ellas. Pero los militares no están en ese caso. Si cien oficiales, si ochenta capitanes, si cuarenta comandantes, si veinte coroneles, si diez generales cometiesen la extraña locura de presentarse ante el Consejo de Administración de una Compañía ferroviaria, y dijesen: “Pidan lo que de nosotros deseen”, al consejo no se le podría ocurrir ninguna idea, como no fuese la de organizar con todos ellos un tren botijo. Entre las Empresas de ferrocarriles y los militares no hay conexión. Pero todo lo que pudiera decirle a usted en apoyo de esto, huelga, porque las Empresas no hacen regalo alguno a los militares.

– Entonces, ¿quién paga el billete?

– El Estado

–  ¿El Estado? ¿Con mi dinero? ¿Con el dinero de usted? ¿Con el de todos?… ¡Eso es peor, mil veces peor! Yo le digo a usted que siento muchísimo que mi dinero…

– ¡Calma, calma!- atajó Arístides-. Un momento… A primera vista parece difícil explicar por qué un teniente puede recorrer toda España en tren, casi de balde, para ir a ver a su novia, o un coronel gotoso marchar en las mismas condiciones a un balneario, y un comerciante, un médico o un empleado se ven forzados a pagar. Pero nada hay que no tenga su intríngulis. El ejército español no suele hacer maniobras. O está en los cuarteles o en África. No existe término medio. Hay quien dice que las maniobras militares no sirven más que para sugerir asuntos a los libretistas de operetas; pero esta es una opinión irrespetuosa que solo recojo para condenarla con todas mis fuerzas. Ahora, ¿por qué no se hacen maniobras en España? Porque resultan carísimas. Traer y llevar a tanta gente…, gastar pólvora…

–  Sí, es muy caro.

– Terriblemente caro. El país es pobre. Sin embargo, los militares no podían pasarse la vida mirando las paredes del cuartel. Entonces se ideó un sistema de pequeñas maniobras, de maniobras individuales, cuyo precio es comparativamente irrisorio. Gracias a la virtud mágica de un carné, los oficiales y jefes del Ejército pueden conocer el país de punta a cabo. Estos viajes, ¿son solo de recreo? ¿Sirven únicamente para estrechar la temblorosa mano de la amada, confortar al pariente enfermo, asistir al examen de los hijos o vigorizar el cuerpo en las aguas del Cantábrico? No, sino para estudiar, para enterarse, para ver. Usted es un literato. Se asoma a la ventanilla, piensa “¡qué bello paisaje!”, y supone que bajo la gorra de cuartel de su compañero de vagón, también asomado, se formula el mismo pensamiento lírico. Y no es así. Él piensa, seguramente: “para tomar aquella cota…”; o bien: “en este río, los pontoneros tendrían que…”; o acaso: “¡vaya una cabeza de puente la que ahí queda!” ¿Comprende usted?

–  ¡Hombre!- concedió Medina-. Viajar ilustra. Yo no digo…

–  Claro que ilustra- remachó Arístides.

Pero llegaban a la estación donde debía abandonar el tren, y se despidió presurosamente.

Una semana después los carteros de Iberina repartían afanosamente por la ciudad un montón de tarjetas postales de Biarritz, firmadas por el autor de El pequeño héroe. Al otro día, las tarjetas eran de Bayona; tarjetas auténticas, con su timbre francés y su matasellos tan legible como si Medina hubiese pedido a los empleados postales que lo imprimiesen con cuidado para que se advirtiese que era legítimo, que no había mixtificación. Todas las cartulinas contenían la misma frase: “Desde esta tierra maravillosa le saluda afectuosamente. Medina.”

Fue un aluvión, un verdadero aluvión. Pocas familias del pueblo dejaron de recibir aquella prueba de que Medina estaba en la nación angustiosamente sacudida por los horrores de la lucha. La madre del temerario joven iba y venía llena de sobresalto, doliéndose, como si él estuviese en el frente de batalla.

–  ¡Este hijo mío es un loco! ¡Un loco!

Sin embargo, Jorge Pons continuaba absorbiendo el interés de la ciudad. Había enderezado aún su alta estatura y lucía una corbata que tenía los colores franceses. También había compuesto para su semblante un gesto mitad heroico, mitad resignado, como hombre que va a la muerte con una fría decisión, empujado por la fuerza de sus ideales. Algunos chiquillos le seguían constantemente y muchos graves vecinos de Iberina gustaban de acercarse a él para darle consejos, hacerle preguntas y hasta ayudarle con regalos. Estas dádivas fueron cambiando lentamente su indumentaria. Llevaba ahora unas fuertes botas de becerro engrasadas y unas tiras de lana inglesa enrolladas a las robustas piernas. Contaba también con un impermeable y una gorra pasamontañas. Misteriosamente, por conducto de un golfillo, que le había entregado además una breve carta escrita con letra de mujer, recibió un utensilio voluminoso que era a un tiempo navaja, cuchara, tenedor, escarbadientes, sacacorchos, tijera, lima, punzón y otras cosas. Incontables veces cada día le interrogaban:

–  ¿Es cierto que se va usted a las trincheras?

Y otras tantas respondía sonriente:

– Para allá vamos, sí, señor.

Entonces le hacían encargos. Querían que enviase trozos de granada, cápsulas de cartuchos para convertirlas en mecheros, balas que si pudiese ser, “hubiesen herido a alguno”. Y cascos. Cascos, sobre todo. Hasta Suárez le había pedido uno, alemán, “que no estuviese muy estropeado”.

Cuando se enteró de que, al alistarse, perdería su nacionalidad y la protección del Estado español, abrió los brazos melancólicamente.

– Sin embargo, yo sé que al servir a Francia sirvo a mi patria.

Y aquel gesto, para los ojos de Iberina, era como si Pons se despojase de un escudo para ir pecho al aire a su arriesgada aventura. Se le admiraba unánimemente. Los mismos germanófilos hablaban de él con cierto respeto, y proclamaban:

–  ¡Eso debían hacer los demás, los que como él piensan! ¡A las trincheras, a las trincheras! ¡Allí es el sitio donde se prueban las simpatías!

No hay razón ninguna para ocultar que Pons recibió más consejos que donativos prácticos. Pero muchas veces un consejo vale más que un tesoro; y con la misma sinceridad debe decirse que jamás ningún otro hombre salió para un campo de batalla tan asesorado e instruido por la sabiduría de todo un pueblo. En él se vertió toda la ciencia belicosa de Iberina, ciudad tres veces heroica, que se defendió contra los ingleses, los franceses, los romanos, los fenicios, los moros, los piratas normandos y los godos. Muchos señores que habían meditado largamente planes guerreros de infalible eficacia, no tenían recelo en comunicárselos a Pons. Un fumista le regaló el proyecto de un alicate automático para cortar alambradas, que iba unido a una coraza encargada de proteger al individuo que los manejase. Otros ponderados vecinos le decían sencillamente, con aire de preocupación paternal:

–  Sobre todo, ¡ojo con los gases asfixiantes! ¡Son terribles!

Y también:

– Nada de imprudencias ni de andar asomando a cada instante la cabeza sobre los reductos para curiosear. Podría costarle la vida.

Don Amado le dijo cierta noche, a solas, después de pagarle el café:

–  Hombre, como usted tendrá, probablemente, ocasión de ver a Joffre y de hablarle, ¿por qué no le entera del sistema de guerrillas tan característicamente español? Me parece que si ellos siguiesen nuestro sistema de guerrillas… Ya ve usted: a nosotros nos ha dado siempre un resultado admirable. Puede usted citar el caso de nuestra guerra de la Independencia…; en la misma guerra carlista hay ejemplos sorprendentes… Y… ahí está Viriato; Viriato no fue más que un maravilloso guerrillero, y ya ve usted lo que dio que hacer a la nación más fuerte de su época… Dígale usted estas cosas a Joffre, si viene a cuento…

Pons sacó el cuadernito donde apuntaba los encargos de la gente y anotó el nombre de Viriato y la fecha de la guerra contra Napoleón. De pronto le asaltó un escrúpulo:

–  Digo yo…: ¿y esto no será vender un secreto nacional?

–  ¡Hombre- replicó don Amado-, creo que no! ¡Vamos: a mí me parece que no!… En todas las historias puede leerse eso…

–  ¡Bueno, bueno- atajó Pons-, por mí que no quede!

Un día planteó a sus contertulios un grave problema. ¿Cómo ir a Francia? Esta era la cuestión. ¿Cómo ir a Francia? Porque, como todos sus amigos sabían, él no tenía un céntimo. Y necesitaba hacer gastos para su equipo, gastos para su viaje… Una empresa de tal índole, al fin, exigía algún dinero. ¿Cómo procurárselo?. “¡Si él pudiese encontrar una madrina de guerra que quisiese ayudarle…, la mujer o la hija de algún francófillo…”, dijo mirando casualmente a Suárez, casado y con dos hijas. Pero Suárez declaró en seguida que no tenía fe en que las señoras o señoritas de Iberina “quisieran significarse” ¿Entonces? Se habló y se discutió largamente, y al cabo vino a decidirse que lo más recomendable era abrir una suscripción entre los aliadófilos.

Don Amado Casal puso más ardor en aquel empeño que el que nadie pudo poner en equipar un tercio para combatir en Flandes o una galera contra el turco. Él mismo hizo el sacrificio de quince pesetas. Se habló a los amigos de la Entente, se escribió a los pueblos más importantes de la provincia… Muy trabajosa, muy lentamente, la suscripción iba engrosando, y Pons, más animoso cada día, esperaba el momento de partir.

Medina no había vuelto a enviar postales. Su viaje a Francia- Casal lo supo después por una ingenuidad de la anciana tía- se había reducido a una excursión doce horas. Llegó hasta Bayona luego de pasearse por Biarritz, compró un par de guantes y un frasco de esencia, y volvió a San Sebastián. El único momento en que tuvo la sensación de peligro, aquel en que su boca se secó y sus piernas temblaron, fue cuando, al detenerse el tranvía eléctrico en Irún, creyó el joven literato que los carabineros iban a adivinar que llevaba el pomo de perfume atado a la cintura con un cordel, enfriándole terriblemente los riñones.

La suscripción para el viaje del legionario llegó, rechinando, como un coche sobre los frenos, a seiscientas cuarenta y siete pesetas y cincuenta céntimos. Después se paró definitivamente. Cuando Casal tuvo en su poder esta cantidad, le comunicó a Pons su sospecha de que sería imposible hacerla mayor.

– ¿Qué le perece? ¿Bastará?

El rostro de Pons se arrugó en un gesto de desencanto.

–  ¡Es una inmundicia, señor Casal!

– No es gran cosa, en efecto- reconoció don Amado, bajando los ojos.

–  ¡Una cochinadita! ¡ Son de una sordidez espantable!… Entonces, ¿cree esa gente que yo no valgo más que seiscientas pesetas y unos céntimos?

–  No es eso, no es eso precisamente…

–  ¡Oh, qué país, qué país!

Y quedó silencioso, como si profundizase en el tema que su propia frase le proponía. Al cabo de un minuto, Casal murmuró:

–  Usted dirá lo que hacemos.

Alzó los hombros.

–  ¿Y qué hemos de hacer? Venga este puñado de calderilla… Mañana marcharé…

Guardó el dinero, y añadió con amargura, mientras se esforzaba en abotonar sobre los billetes el bolsillo interior del chaleco:

– De nadie tengo que despedirme… No dejo aquí ni un pariente, ni un amigo…

Casal se conmovió:

–  No es usted justo, Pons. Nosotros no le olvidaremos nunca.

Y le abrazó con los ojos húmedos.

Al día siguiente, quince minutos antes de salir el tren, Jorge Pons apareció en los andenes, donde ya estaban las principales figuras del grupo francófilo de Iberina. La elevada estatura del legionario descollaba entre todos. Con sus medias inglesas, su gorra pasamontañas, los gemelos pendientes de unas correas sobre el costado derecho y un termos y una cartera de oscura piel, con un botiquín de urgencia, sobre el izquierdo, muy digno, muy grave, Pons estaba, en verdad, imponente. Nadie advirtió en él decaimiento alguno. Ni palidez. Ni el más leve temblor en la mano con que encendió un cigarro magnífico. Dialogaba con serena firmeza. El fuego de la decisión, el entusiasmo que le llevaba a verter su sangre por la causa de la Justicia, brillaban en sus ojos. Suárez le regaló para el camino una empanada de lampreas, y en el gesto de indiferencia con que la recibió pudo notarse que ya se había infiltrado en él la preconizada condición de la sobriedad, tan precisa en un buen soldado. Acaso también influyese en su conducta la falta de un concepto cabal acerca de la suculencia de la lamprea; porque debe decirse que, dentro de sus conocimientos ictiológicos, la lamprea era un pez que fluctuaba vagamente entre el tiburón y la sardina, sin encasillamiento decidido.

Cuando salió el tren, Pons asomado a la ventanilla, agitó insistentemente su pañuelo. El grupo de fracófilos, deshecho, prolongado a lo largo del andén, como si, al desplazarse el tren, lo succionase, atrayéndolo, se descubrió respetuosamente. Don Amado, con voz extraña, enronquecida por la emoción, gritó, estirando el cuello, como un gallo al cantar:

–  ¡Viva Francia!

Y el agente de policía se le acercó apresuradamente para rogarle:

–  ¡Don Amado, haga el favor!… ¡No me ponga en un compromiso, caramba, que parece mentira!…

El pañuelo blanco de Pons aún lucía, lejos, cándido, inocente y cordial.

–  Acaso- dijo alguien al salir- hayamos visto a ese hombre por última vez.

Y todos callaron. 

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1 Response to “Capítulo 9”


  1. 1 Parado amancebado diciembre 31, 2009 de 2:50

    Entre el perro-cabra, los cuplés, el tren botijo y las aventuras de nuestro valiente “conciudadano” Pons, no paro de troncharme para acto seguido quedarme meláncolico y pensar que qué poco hemos cambiado… ¡qué risa y qué espanto!

    Muchísimas gracias.

    ¡Ojo con los gases asfixiantes y muy feliz año 2010!


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