Capítulo 8

Don Arístides Sobrido estaba en su despacho ocupado en organizar la fiesta en que había de ser entregada a los boy-scouts una bandera bordada por algunas damas de la ciudad. Tenía que idear todos los detalles de la ceremonia, le era preciso interesar en la fiesta a las autoridades, redactar sueltos para los periódicos, pedir tiendas de campaña a la Intendencia Militar, preparar una arenga… El cerebro del señor Sobrido, como el de cualquier grande hombre que se encontrase en trance análogo, funcionaba a muchas atmósferas de presión, cuando la criada rompió sus meditaciones para anunciarle:

– Está aquí un explorador que desea verle.

– Que pase- concedió don Arístides moviendo apenadamente la cabeza en ese gesto que quiere decir: “no le dejan a uno!…”

Y apenas había concedido su venia aparecieron en el vano de la puerta, tiesos, con la mano derecha sobre el corazón y el sombrero Baden Powel sostenido a la espalda por el barboquejo, los tres palmos de estatura que componían la persona de Tintín Ampudia, primer premio de aplicación en el Colegio de San Antonio.

–  ¿Qué te trae, Titín? –preguntó con repentino aire de tedio el señor Sobrido-

– Vengo, porque…; una desgracia…, ¿sabe usted?… Pasaba yo por ahí, por las afueras…, cerca de la Plaza de Toros, y encontré a unos chiquillos que estaban atormentando a un pobre animal…; que iban a matarlo… Si no es por mí, acaban con él ahí mismo… Y fui yo…, fui yo y les di una peseta que me había dado mi papá… Porque eran muchos, y no podía quitárselo…

– Muy bien, Titín –alabó sin gran efusión don Arístides-; me gusta que tengáis buenos sentimientos y que protejáis a los débiles. Ya sabes que es una de vuestras obligaciones.

– Sí, señor. Está en el libro.

– Así es. ¿Traes ahí el pajarito ese?

Tintín había ido ya cuatro o cinco veces a perturbar las tareas de Sobrido para llevarle gorriones o golondrinas que rescataba de las crueles manos de los pilluelos.

     Pero esta vez dijo el explorador:

– No, señor; no es un pajarillo.

– ¿Qué es, entonces?

– Mírelo usted.

– ¿Dónde?

Solo entonces reparó Sobrido en una masa color barro que temblaba fuertemente a los pies de Titín.

– ¡Dios mío, una cabra!- exclamó.

– No es una cabra, don Arístides: es un perro.

– Nadie lo diría- aseguró el excelente hombre-; en mi vida he visto un animal más feo y sucio. ¡Infeliz!

– El rabo viene aparte- explicó Titín, dejando sobre un silla algo envuelto en un periódico-, porque se lo habían cortado ya.

– ¡El Señor nos valga!

– Si no aparezco yo- siguió el chiquillo, con la sana alegría de su acción- lo hubiesen matado. Lo iban a ahorcar. Entonces fue cuando les di la peseta.

– Está bien pagado- gruñó Sobrido, ya porque el can se le antojase una birria, ya porque temiese que el boy-scout abrigase la intención de pedirle los cuatro reales-. Está bien pagado. Seguramente nadie daría más, amiguito.

     El premio de la aplicación continuó:

– Y como mis papás no quieren animales en casa, dije yo: “se lo voy a llevar a don Arístides”.

– Claro, claro- gruñó el favorecido-; no me parece mal, no me parece mal… Ahora que…, no vaya a ser el diablo… ¿Tú te enteraste de si está rabioso?

– ¿Rabioso? No señor. Cuando están rabiosos se les conoce en seguida. No hay más que cantarles: “Marcha can; -marcha can; -agua clara- te darán”, y como no pueden ver el agua, se escapan corriendo.

El jefe de los exploradores se mesó su barbita de chivo. ¿Cómo se le dice que se vaya enhoramala con su puerco y moribundo perro a un boy-scout al que se le ha enseñado a amar a los animales? Don Arístides le alargó la mano como un hombre.

– Has cumplido, Titín. Te felicito. ¡Siempre adelante, hijo mío!

Titín le agitó la mano como si tocase una campanilla, y se marchó.

– ¡Eusebia!- gritó Sobrido, apenas se hubo cerrado la puerta-. Llévate de aquí a este montón de inmundicia.

Pero Eusebia cantaba un cuplé a grito herido en un lejano lugar de la casa, y no acudió. Arístides miró al montón de inmundicia y el montón de inmundicia le miró a él con los tristes ojos de los animales castigados. Luego, acaso transido de gratitud, se acercó arrastrándose, con el tierno propósito de rozarse con los pantalones del caballero.

El caballero apartó su sillón de la mesa, recelosamente, para ponerse en pie.

– ¡So! ¡So! ¡Chucho! ¡Pobrecillo él!- aduló Sobrido.

Y volvió a gritar, mientras daba la vuelta alrededor del mueble.

– ¡Eusebia! ¿No oyes, Eusebia?

Cuando la criada apareció, la paciencia del jefe de los exploradores estaba a punto de agotarse y su labor personal había sufrido una gran merma. Así, no es de extrañar que, libre ya de la amenaza del perro mutilado, cuando volvió a su labor y se vio nuevamente interrumpido en ella por el canto de la criada, la volviese a llamar para notificarle con el conminatorio acento de las grandes decisiones inquebrantables que “aquello era ya demasiado” y que “en su casa no cantaría en lo sucesivo nadie más que él”, aunque esto no quería decir de ningún modo que alguien hubiese de oír nunca entonar una nota a un ciudadano embargado de continuo por tan graves preocupaciones.

La criada opuso tranquilamente a aquella admonición.

– Si es así, ya puede buscar el señor otra para mi puesto, porque yo me voy. De todas maneras, pensaba hacerlo, y tanto da un día como otro. Pienso ser cupletista.

Y se fue, mientras don Arístides pensaba, con desesperación, que se hacía esperar demasiado el triunfo de Alemania, ya que, cuando Alemania hubiese vencido, no serían posibles muchas cosas que entonces amargaban la vida de los españoles amantes del orden: que le llevasen al hogar un perro sarnoso, que una criada se dedicase al cuplé…

Ya fuese, en verdad, porque todavía no se hubiera impuesto el espíritu teutón al mundo, ya por otras razones menos comprensibles, lo cierto es que de las oscuras cuevas de las porterías, de entre el vaho sofocante de las cocinas, de los obradores donde las muchachitas se inclinan, aguja en mano, sobre la policromía de las telas, ríos de juventud afluían a los escenarios del “género ínfimo”. Aquella que tenía un lunar estratégico, una naricilla graciosa, un talle flexible, o algo menos que todo esto: un diente de oro, se lanzaba a cantar o a bailar con el mismo rabioso afán de ganancias que los vendedores de cereales. Se incrustaron en los teatros, invadieron los cines, asaltaron los cafés, se apelotonaron en los carteles de atracciones de las casas de juego, densas, estólidas, perfumadas indiscriminadamente, contorsionándose como lagartijas o gritando que “eran las más bonitas de Andalucía”, o que “su madre era una maja de Maravillas”. ¡Patética marea de ansiedades, cañaveral de piernas bonitas que caminaban hacia la conquista del “auto” y del bocadillo de jamón, y en el cual el viento de los trombones silbaba cazurramente! Al firmarse la paz, cayeron en montones en la nada, como caen las moscas, al llegar el invierno, ante las puertas cerradas de los establos.

Esta muchedumbre juvenil tenía sus parásitos: agentes, musiquillos de ocarina, urdidores de “letras” para los cuplés.

Jorge Pons se alistó entre ellos y acertó el tono increíblemente estúpido, manicomial, de aquellas composiciones. Pero el insigne proyectista quiso reforzar los no muy copiosos ingresos que obtenía con tal trabajo, y jugó. Entonces era casi imposible sustraerse a esta tentación, porque las casas de juego eran tan numerosas como los bancos, o quizá más, y esto convenía a aquellos tiempos en que la impaciencia de enriquecerse se clavaba como una espuela en el espíritu. Jorge Pons jugó y perdió, aunque él había estudiado una martingala con la que las probabilidades de ganar aumentaban considerablemente. Nadie puede extrañarse de que aquel hombre, aligerado de la última peseta, llegase a la tertulia del café del Siglo hosco y taciturno, después de un largo y solitario paseo en el que consideró el fracaso de su “combina” con la amargura con que se enjuicia la ingratitud de una mujer amada.

Llegó al café y sentose en un extremo del diván. Sombríamente. Eran ya las doce de la noche y los parroquianos tan solo ponían en el local las oscuras manchas de cuatro o cinco grupos.  En el que presidía don Amado Casal, dialogaban ya lánguidamente el mueblista Suárez, Medina y el ex conserje del Colegio de San Antonio. Un tema se iba adelgazando para morir, cuando Suárez dijo:

–  Bueno, Medina, ¿y por qué no nos lee usted ahora esas cuartillas?

Medina hizo un gesto recomendándole discreción.

– ¿Qué cuartillas son esas?- preguntó entonces don Amado.

–  ¡Nada…!- despreció modestamente el joven escritor-. No haga usted caso.

– ¿Cómo que no?- saltó el mueblista-. Si iba usted a leérmelas cuando vinieron los demás…

– ¡Ah!- hizo Casal-. ¡Si nosotros no merecemos su confianza…!

Medina pareció de repente muy afligido .

–  ¡No diga usted eso, don Amado! En verdad, tengo en el bolsillo un cuentecito que escribí para El Eco… Pero… no vale nada… No voy a molestarles con…

– ¡Vamos, vamos!- sonrió el ex conserje-. ¡Sáquelo usted!

Una mano de Medina se deshizo hacia el bolsillo izquierdo de la chaqueta, pero debió de ser sin el consentimiento de su propietario, porque su propietario continuó aún durante algunos minutos insistiendo en que “aquello” no merecía ser leído y que únicamente se decidiría si don Amado interpretaba su negativa como una falta de confianza. ¿Había hablado en serio don Amado? ¿Sí?… Entonces, naturalmente, no podía vacilar un instante e iba a “amargarles la noche”. Pero la culpa no era suya, ¿eh? Esto era todo lo que le importaba hacer constar: la culpa no era suya.

Extrajo las cuartillas. El ex conserje tuvo entonces la inoportunidad de hablar de una fiesta celebrada en el colegio, en la que el director del Instituto había leído también un trabajo “que… ¡vaya un primor de trabajo!… El buen hombre intentó recordar algunas frases  recitó seis o siete oraciones vulgares, que habían quedado colgadas en su memoria, como –en las aulas- los macacos de papel que los alumnos arrojaban al techo pendientes de un hilo. Luego le acometió la duda de si realmente había sido el director del Instituto o el catedrático de Química, “un tal don Manuel, que valía mucho”… Medina esperaba con las hojas nerviosamente apercibidas. Al fin preguntó, sin contenerse, temiendo que llegase la hora de cerrar el café:

– ¿Leo o no leo?

Sí, sí: todos le escucharían encantados. El mismo ex conserje cortó su edificante evocación sin enojo alguno y dijo: -“¡Venga!”, con un ansia que parecía sincera. Medina advirtió:

– Es un episodio de la guerra.

Carraspeó. Anunció con prisa nerviosa:

– Se titula El pequeño héroe.

– ¿Cómo?- preguntó Pons, que estaba un poco lejos.

El… pequeño… héroe– replicó Medina casi silabeando.

– ¡Ah! Había entendido El pequeñorro.

Todos rieron, menos Medina, que se limitó a fruncir la comisura de los labios. Pepe, el camarero, se acercó al grupo para escuchar. Temiendo nuevas interrupciones, el joven comenzó a leer sin otros estímulos, en tono que no tardó en hacerse enfático y solemne.

En una provincia francesa, la vanguardia de los invasores había llegado a cierto lugar donde existía una granja, y una patrulla se albergó en la humilde casita. Inmediatamente, los soldadotes habían cargado sus pipas con un tabaco nauseabundo y comenzaron a fumar. El descubrimiento de un barril de cerveza en una habitación de la casa daba lugar a un escena frenética de alegría. De pronto, el sargento que mandaba la patrulla imponía silencio con un ademán, y mirando con ojos terribles a la dueña de la granja, ordenaba:

– ¡Dinos dónde están los franceses! ¡Tú sabes dónde están los franceses!

La pobre mujer se ponía densamente pálida. Los franceses se habían marchado, en efecto, aquella mañana, hacia la derecha, por un desfiladero; pero la mujer- que en este punto de la narración ya estaba lívida- se aferraba a un silencio desesperado y tenaz. Medina hacía constar escrupulosamente que en sus ojos “lucía un fuego sombrío”. Entonces el sargento por una pierna al pequeño René, hijo de la granjera, que apenas tendría siete años, y le arrastraba hacia sí, “con una mueca de sarcasmo”.

– ¡Este será el que cante!

Y le interrogaba:

– ¿Dónde están los franceses?

El chiquillo sin pestañear, secundaba el materno silencio. El teutón le apoyaba la punta del sable en la garganta y rugía:

– Por cien bombas de mano!… ¿Tendré que matarte?

Y el pequeño René, inmóvil ante el centellear del acero, afirmaba:

– ¡Máteme, yo no vendo a mi patria!

El ex conserje interrumpió admirado:

– ¡Caray! ¿Dijo eso?

–  Sí- sostuvo Medina, releyendo-; dijo: “Máteme: yo no vendo mi patria!”

– ¡Muy bien, muy bien!- apoyó entre dientes don Amado.

Pero los invasores no ignoraban que el pequeñuelo había servido de guía a los franceses y querían a todo trance obtener su declaración. Helos ahí poniendo en práctica la espantosa idea de acercar los desnudos piececillos del héroe “al alegre fuego del hogar”… Se difunde por la estancia un fuerte olor a carne quemada, los ojos del niño se extravían con el dolor…; pero él calla. Las llamas prenden súbitamente en su trajecito…

– ¿Se dice “trajecito” o “trajito”?- quiso aclarar el camarero, que oía atentamente.

– Trajecito, bestia.

Pues bien: comenzaban a arder sus ropas. Entonces le soltaban y aun permitían que la madre le curase. Mas era tarde ya: el niño agonizaba. Al amanecer el nuevo día se oyen disparos. Son los franceses que vuelven. La patrulla alemana es batida y mueren todos los feroces soldados. En su alcoba, René escucha la Marsellesa que cantan los triunfadores, y abre sus ojos, “en los que ya se veían las sombras de la muerte”. Pero suenan pesados pasos y tintineo de espuelas: el general francés y el abanderado, que ya conocen la historia de lo ocurrido, vienen a felicitar al pequeño héroe. René alarga sus manitas hacia la bandera, la abraza y expira. Todos se descubren, hasta dos soldados rasos que habían quedado en la puerta. El general, entonces, arranca de su pecho la cruz de la Legión de Honor y la prende en la camisita del niño.

–   ¡Qué atrocidad!… ¡Qué fuere es eso! Expresó sinceramente Suárez, con los labios fruncidos por un gesto de lástima.

– ¡Esa, esa es una raza! – exclamó el señor Casal, entusiasmado con aquella narración, en la que Medina había exprimido sus reminiscencias de los cuentos escritos después de la guerra del 70- ¡Esa es una raza! Ahí se ve el individualismo latino. Un arrapiezo alemán le hubiese preguntado a su padre, por disciplina: “¿Lo digo o no lo digo?” Y este, ¡zas!, se deja achicharrar desde el primer momento, el pobrecillo.

– ¡Lástima que no haya sido verdad, para hacerle un monumento a esa criatura!. Se dolió, conmovido, el ex conserje de San Antonio.

– ¡Está muy bien, Medina!- insistió Casal.

Y el joven, guardando las cuartillas, atenuó, con modestia:

– Es original, por lo menos.

Y procuró oír lo que decía Pepe, el camarero, que estaba repitiendo la historia a unos parroquianos. Suárez gimió, en un momento de pesimismo:

– ¡Y pensar que, si Dios no lo impide, esos bárbaros terminarán por entrar en París!

Don Amado afirmó enérgicamente:

– ¡No entrarán!… Todas las naciones cultas intervendrán para impedirlo.

Entonces ocurrió algo inesperado. Pons dejó lentamente su taza sobre el platillo, se echó hacia atrás en el diván y habló:

– Lo que hay que hacer es dejarse de platonismos. La Libertad y el Derecho están en peligro. Los hombres que amamos el Derecho y la Libertad tenemos ya nuestros puestos designados.

Y pronunció, solemnemente, entre el estupor de todos:

– Yo voy a marchar a la frontera francesa.

Columpió una pierna, con un aire de naturalidad encantadora, mientras los asombrados ojos de los contertulios le asaeteaban. Gruñó el mueblista:

– Creo que no se debe bromear…

Pons extendió las manos.

– ¿Es preciso que lo jure?… Me alistaré en la Legión Extranjera. Usted me verá partir. Soy joven aún; no dejo a nadie en el mundo; nada espero, porque la desgracia me ha perseguido siempre; y la causa de la Civilización me seduce bastante para morir por ella.

Su voz se hizo plañidera cuando añadió:

-Y ahora que estoy sin un céntimo…

Casal se levantó para ofrecerle sobre el mármol de la mesa la efusión de sus brazos.

-¡Es usted un valiente, Pons! Da usted un hermoso ejemplo. Su nombre será conocido en toda España…

Le estrechó, conmovido. Pons tenía los ojos llenos de lágrimas, porque en aquel momento en el que le estimaban y se estimaba más, le dolía más profundamente la injusticia de la suerte que le había hecho perder en la ruleta. Su evidente emoción concluyó por disipar incredulidades. Todas las manos se tendieron hacia él.

– ¡Bien, Pons!

– ¡Bravo, Pons!

– ¡A machacar teutones!

Él explicó, aún conmovido:

– Hace días que rumiaba la idea. Hoy es ya una decisión firmísima que nada podría hacer vacilar.

Interiormente, Medina sentíase contrariado por aquel sacrificio de Pons, que atraía la atención de todos cuando aun no se había hablado suficientemente del cuento. Presumía que en toda la noche no volverían a comentar El pequeño héroe, y esta lógica sospecha amargaba su corazón. Es imposible saber si fue por halagar a Jorge o comprometerle más fuertemente, por lo que dijo:

– Escribiré esta misma noche un sueltecito para El Eco, dando la noticia…

Pero de pronto calló para batir con el codo un brazo de Casal, invitándole con un gesto a mirar a la puerta. En aquel momento entraba en el café Herman Halp, el mecánico de una casa alemana a quien la guerra había sorprendido montando unas máquinas en una fábrica de Iberina y que, después de haber intentado inútilmente volver a su país, se quedó en la pequeña ciudad donde los dueños de la fábrica le ofrecieron trabajo. Entre los contertulios se hizo el silencio. Suárez inclinó el busto para susurrar cerca de Pons:

– Prudencia, ¿eh?… Se lo ruego.

Temía ver saltar a Pons sobre el extranjero, ávido de sangre germana. Pons hizo un ademán con el que quiso dar a entender que, aunque violentándose, conservaba todavía suficiente dominio sobre sus nervios. Susurró, con los dientes apretados:

– No; aquí, no. Estamos en un país neutral. Parecía, no obstante, que en sus ojos había el pesar de que las columnas de hierro del café del Siglo no fuesen troncos de árboles de un bosque de la Argona. Consideró a Halp, que había pedido un bock de cerveza, y entreabrió el arca de sus propósitos para dejar huir esta frase:

– Cuando los tenga delante de mi fusil…!

Su mano se abatió con aparente tranquilidad sobre la mesa y apresó un terrón de azúcar que, poco después, trituraron con ruido los dientes.

– ¡Ah- suspiró don Amado-, si yo fuese joven también…!

Y salieron. Medina no quiso acompañar aquella noche al grupo de Casal, Pons y el ex conserje. Marchó con Suárez, y fue explicándole, sin referirse concretamente a nadie, que, para la causa de los aliados, más útiles que las manos que arrojaban bombas podían ser las que moviesen una pluma culta y prestigiada, encendida en entusiasmo, como una antorcha capaz de prender su llama en todos los corazones.

– Es verdad, es verdad, Medina- concedió el mueblista, bostezando ante la puerta de su casa y haciendo girar la llave alrededor de un dedo-. Hasta mañana, que hay que madrugar.

Medina hubiera querido hablar un poquito más de Pons. Tenía aún muchas ideas profundas que comunicar a su amigo. Pero se azoró ante la franca despedida que coraba la charla y saludó:

– Hasta mañana.

Se alejó. La llave del mueblista rechinó en la cerradura; giró la puerta… Bruscamente, Medina, a seis metros ya de distancia, se detuvo para preguntar:

– ¿De veras le ha gustado mi cuento?

– ¿Qué?- preguntó, desde el portal, Suárez.

– ¿De veras le ha gustado mi cuento?

Suárez asomó la cabeza, con las cejas contraídas.

– No le oigo, Medina. ¿De veras… qué?—

El joven sintió un nuevo y mayor azoramiento.

– Digo que si verdaderamente tiene que madrugar mañana.

– ¡Ah!… ¡Más que usted! ¡Vaya una broma!

Y cerró la puerta. Medina se rió para que le oyese, pero después continuó su camino con un mohín de desprecio. Y aun gruñó más de una vez:

– ¡Imbéciles!

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