Capítulo 7

Es cierto que Jorge Pons se hacía pagar el café en la tertulia de don Amaro. Pero no sin dolor de su corazón. Toleraba la generosidad de sus amigos con la melancolía de quien sabe que es víctima de una persecución personal y enconada de la Fatalidad. La principal desgracia de Pons, base de todas sus otras desgracias, era haber nacido español. Muchas veces aseguraba a sus contertulios, con la voz empañada, los ojos fijos en la lejanía, que si hubiese tenido la suerte de nacer ciudadano de Norteamérica o de vivir en un país joven y ávido, como la Argentina, su nombre resonaría en el mundo con el áureo estrépito del de un Morgan o un Rockefeller, de un Stinnes o de Vanderbilt. Conocía las biografías de muchos grandes fundadores de fortunas, y sentía en su interior hervir estérilmente la pujanza precisa para superarlos. Iniciativas diversas que confluían en la aspiración de hallar dinero, brotaban dentro de su cráneo rapado y se hinchaban hasta parecer que empujaban a sus ojos saltones. Era capaz, según decía, de urdir cada veinticuatro horas una idea suficientemente jugosa para enriquecer a un hombre. Pero… en España…, ya se sabe: mediocridad, tradicionalismo… y la terrible timidez del dinero…; no se concibe el crédito personal…; se fía una cantidad sobre un reloj, sobre unas sábanas viejas, sobre una capa en cuyos embozos viven millones de bacilos; pero nadie prestaría una peseta a un hombre que no tuviese otra cosa que una idea genial. ¿Qué se puede esperar de un país donde el propio Banco Nacional toma dinero en sus cuentas corrientes sin pagar interés y lo presta a un alto tanto por ciento y con garantías superiores al valor del préstamo? En la hora de la Revolución, había que llevar a la barra, como primeros responsables del atraso económico de España, a todos los consejeros y gobernadores de este sórdido negocio de judíos, turbio e intolerable.

Y Pons cerraba contra ellos sus manos peludas. ¡Todo el mundo enriqueciéndose a su alrededor, y él allí, pobre como un ratón de iglesia, fracasado sin lucha, sintiendo cómo el café, que ni aun podía pagar, excitaba en su cerebro las cien inspiradas ocurrencias que le enriquecerían si el ambiente mezquino y su mala suerte no le mantuvieran inmóvil, oprimido y desesperado, como entre dos topes poderosos.

Verdaderamente, era un proyectista, como se les llamaba entonces, de despierta facundia, y acaso no fuesen del todo injustas sus quejas contra el emplazamiento que le señalara la casualidad. Otros como él, con igual incultura, triunfaron y triunfarán en tierras próximas o lueñas, y hay que creer que algún delicado tornillo faltaría en el mecanismo del carácter de Pons cuando no consiguió alcanzar un éxito análogamente provechoso.

Porque sabía luchar, y no se resignaba nunca al knock-out en que parecían querer sumirle los golpes de la suerte. Antes de que ella contase diez- o anotase el camarero veinte consumiciones en el cuadernito de las deudas- ya estaba Jorge Pons en pie, tambaleante todavía, dispuesto a probar fortuna nuevamente en el ancho ring de los negocios.

La última tentativa había errado en torno a los combustibles. La Compañía Eléctrica de Iberina suministró en aquellos tiempos a sus abonados apenas la cantidad de fluido necesario para enrojecer débilmente los filamentos. Era imposible trabajar durante la noche, las calles tenían sombras de caverna, en los ascensores sólo podían subir– y únicamente los días de fiesta- las personas en último grado de anemia perniciosa y los niños menores de diez años. Cuando las quejas eran demasiado iracundas, la Compañía enviaba largos comunicados a los periódicos explicando que para producir electricidad regularmente era preciso que lloviese también con regularidad. Ahora, esta condición no se cumplía nunca por parte de las nubes iberienses, porque- como hasta los más ignorantes en estas cuestiones podían comprobar- en verano casi nunca llovía y durante el invierno se abrían cataratas celestiales. Mientras esto ocurriese así, ¿qué podía hacer la Compañía?

Las quejas arreciaban aún, y entonces la Compañía, excitada por el desprecio contra aquella incomprensión, duplicaba las tarifas. Cuando sus acciones decuplicaron su valor, decidiose a hacer algo serio y organizó una rogativa, con sus ingenieros y su Consejo de Administración al frente, para pedir al cielo que lloviese con arreglo a las necesidades de la fábrica.

Mientras tanto, Pons había ideado unos aparatos de carburo; y como no le produjesen más que ganancias irrisorias, se lanzó a inventar sustitutivos para el carbón y la gasolina. Aquella era la época de los sustitutivos, y aun podría decirse que la necesidad y el afán de lucro colaboraban para conseguir que todo estuviese sustituido. Jorge Pons contribuyó al mayor bienestar de la sociedad robinsoniana que era entonces España- isla de paz en un océano de violencias- inventando la “pinita” y la “naranjina”. La “pinita” era una pasta de hojas de pino, brea, papeles viejos y cerillas usadas, y estaba concebida para sustituir al carbón en el consumo doméstico. Verdaderamente, era un combustible magnífico, y el cálculo en que se basaba no parece ninguna tontería. Pons sabía perfectamente que los fumadores utilizan las cerillas apenas dos o tres segundos, lo suficientes para encender el cigarrillo, y las tiran después. De esta manera se pierde una cantidad considerable de hilillos empapados en estearina, que son arrojados desdeñosamente al suelo. Es preciso contar también en este despilfarro los fósforos que el viento apaga y aquellos que no llegan a encenderse nunca por mala calidad de la pasta. Pues bien: si todo el mundo guardase esos preciosos residuos y se los vendiese a Pons a un precio naturalmente razonable- diez céntimos el kilo-, Pons ofrecería a su patria un nuevo combustible de eficacia garantizada y de basura plausible. Lo que ocurrió fue que, a pesar de un anuncio publicado en El Eco, nadie se presentó a venderle restos de cerillas. Como Pons dijo después, con gran acierto, esto pinta a España. Somos perezosos; y ahí está el mal. No sabemos aprovechar las últimas materias. Cogemos el metal y tiramos la ganga que también puede enriquecernos. Si la “pinita” no llegó a aparecer en el mercado y sólo existió representada por un trozo único del peso de un kilo, que ardió con grandes bufidos y chisporroteos en presencia de unos cuantos representantes de la Prensa local invitados al experimento, no fue por culpa de Pons. Eso lo sabe toda Iberina.

Pero Pons no cejó. Simplemente, enfocó su poderoso cerebro hacia otro problema, y caviló algún tiempo- ¡oh, veinte o treinta días, nada más!- en el medio más práctico de sustituir la gasolina, que escaseaba terriblemente. Todo el mundo ha advertido que al apretar entre los dedos la cáscara de una naranja salen proyectados con violencia unos chorritos apenas perceptibles, que si nos alcanzan un ojo producen escozor y si atraviesan una llama se inflaman súbitamente. Esto pertenece a la experiencia popular. Sin embargo, a nadie más que al activo proyectista Jorge Pons se le ha ocurrido pensar:

–          Aquí hay una sustancia inflamable de gran fuerza explosiva. ¿Por qué no ha de servir para mover los motores?

Y como esta pregunta quedó formulada sin merecer respuesta hostil, Pons entrevió la posibilidad de la “naranjina”. Científicamente, la “naranjina” existe, descubierta por Pons. Comercialmente, no llegó a cotizarse. Pons necesitaba grandes cantidades de mondas frescas de naranja, y ofreció, en un anuncio que apareció tres días en la cuarta plana de El Eco y que aun figura sin pagar en los libros del administrador, señor Quncoces, cinco céntimos por cada diez kilos de aquella materia. La indiferencia española que desatendió el submarino de don Isaac Peral, que toleró la retención de Gibraltar, que dejó que la salsa mahonesa, concebida en Mahón, nos llegue impuesta del Extranjero con el nombre de sauce mayonnaise; el desamparo en que olvidamos nuestros talentos nacionales- como hizo observar muy bien el señor Pons-, impidió que la “naranjina” derrotase a todos los incontables y pestíferos sustitutivos de gasolina que por aquel tiempo estropeaban el motor de los automóviles en España. En la Naturaleza no llegó a existir nunca más de medio litro de aquella rara sustancia; y no pura, sino mezclada con aguarrás, tal y como había de ser utilizada en la industria. Esta composición pudo ser vista en un cazo de aluminio en la taberna de Juan Cajigas, por dos representantes de la Prensa local, invitados con tal objeto. Al acercar Pons una cerilla varias veces, con bruscos movimientos naturales en un hombre que sabe lo peligroso que es manipular estas sustancias, no se notó alteración e el transparente líquido. Esto impacientó a Pons, que mantuvo la tercera cerilla dos minutos cerca de aquel cuartillo de “naranjina”, que, cuando ya nadie lo creía, se inflamó magníficamente. Parece que el ilustre inventor no fue el menos sorprendido; su sobresalto le hizo retirar la mano con tal brusquedad que rompió los lentes del reportero de El Faro sobre las narices de su dueño, que contemplaba el cazo con gran atención y una sonrisa escéptica. Por su parte el redactor de La Gaceta, que mondaba prematuramente unos camarones (incapaz de contener su gula, a pesar de que Pons le había advertido varias veces con aire malhumorado e inquieto “que eran para después”), al producirse la llamarada exclamó: “¡Carape! O algo quizá más enérgico, y, al levantar un codo para protegerse la faz, derribó el recipiente, con lo que la “naranjina” se extendió sobre la mesa y el suelo, humeante y terrible, y todos salieron corriendo, aunque ninguno tanto como Pons, que había oído gritar a Cajigas:

–          ¡Usted será el que pague todo esto!

Otro cualquiera hubiese cedido ya; pero Pons era un proyectista de pura sangre, y algunos días después de hacerse pagar le café por los aliadófilos del Siglo, ya había puesto en marcha un nuevo negocio.

Esta vez la química no tenía nada que ver en el asunto. Algo más pacífico y también más vulgar se había delineado en el fecundo cerebro de aquel hombre

“a la americana”, como él mismo gustaba llamarse. Esta vez se trataba de un Banco, de un simple Banco, de uno de los Bancos que nacieron por centenares en España durante la guerra europea, ávidos de recoger y manejar los millones que entraban en la Península, y que desaparecieron luego sin dejar rastro de los millones ni de sí.

Pons había visitado a un hombre tosco y cazurro que comenzaba a amasar una fortunita con una pequeña fábrica donde se ponían en conserva numerosos peces averiados, más o menos próximos a la putrefacción, y le había pedido la ayuda de su dinero.

– Pero en Iberina- dijo el conservero- hay ya siete Bancos.

– Exactamente- corroboró Pons- ¿Y qué son siete Bancos? ¿Sabe usted cuántos millones de pesetas hay en Iberina? ¿Cree usted que todos están en esos Bancos? Pues no, señor: mucha gente guarda el dinero en sus casas, muchas personas se pasean llevando en los bolsillos cinco duros, veinte duros, acaso mil pesetas… Pues bien: mientras ocurra esto, aun puede haber otro Banco.

El señor Garcés, el conservero, se rascó la cabeza.

– Oiga, Pons: aunque sea así… ¿Usted por quién me ha tomado? Yo no tengo bastante dinero para afrontar la tal empresa… Y, de tenerlo, lo pensaría mucho… ¿Por qué no se dirige al señor Lobo o al señor Melgar?

– ¡Lo que yo me temía!- doliose Pons como hablando consigo mismo-. No están enterados de nada. Se enriquecen por milagro de Dios. Para fundar un Banco, amigo mío, lo de menos es el dinero.

– ¡Esa es buena!- gruñó, asombrado Garcés.

– Lo menos preciso es el dinero. El dinero lo traen los demás: el que teme que se lo roben, el que ha de enviarlo de aquí para allá, el que quiere ordeñar- y no sabe cómo- esa ubre que tiene cada peseta y que segrega cuatro o cinco centimitos anuales… Es estos tiempos hay en España más dinero que nunca, y mucha gente, desconcertada por la riqueza, no sabe qué hacer. Un país súbitamente invadido por el oro corre tan grave peligro como una persona a la que se le hace respirar, demasiado oxígeno. Por eso se abren con toda prisa esos sumideros que son los Bancos. Yo no le pido a usted más que el dinero necesario para pagar durante tres meses un local, los muebles y los empleados precisos.

– ¿Qué local?

– Planta baja.

– ¿Qué muebles?

– Pupitres de pino, sillas altas…; pero, sobre todo, seis o siete máquinas de escribir y un mostrador con reja. Si el público ve que el mostrador de un banco no tiene reja, cree que no hay dinero que guardar y no deposita el suyo.

– ¿Cuántos empleados?

– Dos meritorios bastarán. Pero son indispensables cinco “botones” que recorran incesantemente la ciudad, con el nombre de banco en la gorra, y un portero uniformado.

– Y cuando tengamos todo esto, ¿qué hacemos?

– Atraer el pequeño ahorro. Sugerir a la cocinera que sisa, al empleado que dejó de fumar, al camarero que recibe buenas propinas, a todo aquel, en fin, que llega a últimos de mes con un duro ocioso en el bolsillo, la visión de una vejez desvalida, achacosa y tremenda, de la que puede librarse confiándonos esas cinco pesetas con las que ahora no se puede procurar ningún bien. A los diez años de depositar en nuestra caja un duro mensual, tendrá… ¡qué se yo!… Tendrán, por ejemplo, una pensión de un duro diario.

– ¿Cómo, “por ejemplo”, Pons?

– Quiero decir que si no los atrae esa ganancia, ofrecemos dos duros diarios.

– ¡Oh, eso sí que no lo creo, amigo mío!

– Con números, si a usted no le importa perder diez minutos, puedo demostrarle que es posible ofrecer cuatro o cinco. Y para la seriedad de un banco basta que sus números estén bien. Si después la realidad desbarata los cálculos…, la culpa es de la realidad. Pero dígame, ¿conoce usted algún banco que tenga la realidad encerrada en los sótanos?

Garcés se pellizcaba la barbilla.

– No…; eso es cierto…; no la tienen, no…

– ¿Entonces?

– Déjemelo pensar veinticuatro horas, Pons –rogó el conservero, pasando amablemente un brazo por los hombros del proyectista.

Y poco tiempo después comenzó a funcionar el Banco Mutual de la Clase Meida y Ayacentes (B. M. C. M. A), titulado también, con acierto menos pomposo, pero más patriarcal y sugeridor: El Día de Mañana.

Pronto quedó demostrado que al menos un pequeño grupo social sentía la necesidad de tal organismo. Algunos agricultores, diversos empleados y más de una docena de criadas que depositaban insolentemente el cesto de la compra sobre la mesa cubierta de revistas financieras del año anterior, corrieron a entregar pequeñas cantidades, ansiosos de asegurarse un porvenir que nunca habían podido contemplar serenamente. Ignoro la marchas de los negocios de El día de Mañana en aquellos sus primeros tiempos. Yo estuve una vez tan sólo en las oficinas. Entré porque necesitaba camibar un billete de cien pesetas, y siempre procuro hacer estas operaciones con el máximo de garantías. No había más que una mujerona del pueblo aguardando ante una ventanilla, y yo me dirigí a la del otro extremo y batí en el cristal con los nudillos.

Al lado opuesto del mostrador, listado el rostro por los barrotes dorados de la reja, apareció un empleado. Fue un momento.

– A la otra ventanilla- me dijo antes de recibir mi saludo.

Y volvió a desaparecer.

Juraría que era el mismo sujeto el que me preguntó medio metro más allá, en el siguiente hueco del cristal enrejado:

– ¿Qué desea?

– Cambiar un billete.

– A la otra ventanilla- me ordenó.

Di dos pasos a la derecha, y un individuo que se parecía al anterior tanto como un empleado puede parecerse a sí propio, indagó:

– Usted dirá…

-¿Pueden cambiarme…?

Indicó, cerrando el cristal…

-Vaya a la ventanilla siguiente.

     Esto ocurre en todos los bancos serios, y yo quedé bastante bien impresionado. Si lo cuento es para que se advierta que Pons tenía una idea suficientemente atinada del funcionamiento de una entidad de esta índole.

Me puse a esperar ante el ventanuco inmediato, cuando por el que estaba al final, cerca de la mujerona, me reclamaron con un “¡chts!” imperioso. El empleado a quien ya había visto tres veces me aguardaba, asomando la cabeza, en la conocida actitud de un hombre que ofrece su cuello a la guillotina. Le sonreí como a un viejo amigo; pero él se limitó a inquirir:

– ¿Libras? ¿Florines? ¿Coronas? ¿Rublos?

– No- interrumpí casi avergonzado-; cien pesetas…

– Cien pesetas… Muy bien… ¿Las tiene ahí?

– Sí, aquí las tengo.

– A verlas.

Cogió el billete, lo examinó y desapareció tras un biombo.

Entonces oí, involuntariamente, el diálogo que Pons, en la ventanilla de al lado, sostenía con la mujer gorda.

– ¿Qué me da usted aquí?- interrogaba con cierto tono de escándalo la voz del gerente.

– El duro del mes- afirmaba la mujerona-. Mi cuota es esa.

Un silencio; y después un opaco sonido de la moneda fuertemente batida contra el mostrador.

– O esto es plomo- gruñó Pons- o hay una riqueza en las cañerías de la casa.

– No sé lo que quiere usted decir- respondió la mujer dignamente.

– Señora- acusó Pons en lenguaje que me pareció poco bancario-, el pasado mes nos colocó usted un duro más falso que Judas, que se lo cobré yo mismo, y ahora viene a repetir la maniobra, ¿no? Suelte usted cinco pesetas de ley, o no hacemos negocio.

– ¡Pues no sé qué tiene este duro!

– Lo que no tiene es ni pizca de plata.

La mujer perdió su tesón. Dijo con desenfado:

– Bueno, y aunque así sea… ¿qué diablo quiere usted que traiga? ¿Mis ahorros? Pero yo no puedo ahorrar más que las monedas falsas, porque no me las admiten en ningún sitio. ¿A usted qué más le da? Un banco es un banco, y entre tantos duros como manejan ustedes no se ha de notar si uno es más o menos honrado. Más adelante, cuando los negocios me vayan bien… Tengo cuatro hijos… Y la verdad es que yo he tomado este duro engañada, creyéndolo bueno… Algo han de hacer por mí que les traje dos clientes hace diez días..

Pons vaciló un poco, mirando y remirando la moneda, antes de decir:

– Transijo por esta vez. Que sea la última. El condenado se parece más a un higo que a un duro, y me voy a ver negro para echarlo de encima. Ya el del mes pasado me costó mis sudores… En fin, ahí va su recibo.

La mujer salió rápidamente, mascullando su gratitud. Pons comentó después, dirigiéndose al empleado que esperaba a su espalda:

– Si no viene alguien más, no creo que podamos tomar hoy el aperitivo, Eduardo.

Pero Eduardo le hizo un gesto, y el gerente entonces reparó en mí. Se enteró de mi ruego mientas el empleado doblaba y desdoblaba el billete.

– ¿Cambio de qué? ¿De cien pesetas? Pero… habría que ir a la fábrica del señor Garcés. El señor Garcés es quien tiene el dinero…

La fábrica está a las afueras de la ciudad-

– Acudiré a otro banco- dije.

– Quizá sea más cómodo. No sabe usted cuánto lo siento, señor Velarde… Y… ¿no quiere usted hacerse un capitalito para la vejez? ¿Ahora que está en fondos? ¿Eh? Con esas cien pesetas paga el primer trimestre y… al cabo de diez años, tres duros diarios de renta… ¿Qué tal? ¡Trae un impreso , Eduardo!

Mi corazón latió apresuradamente y me enchufé en la ventanilla con tal impulso que Jorge, conocedor de los hombres, comprendió que en el Banco Mundial de la Clase Media y Adyacentes no había nadie con elocuencia bastante para hacerme renunciar al billete. Me lo devolvieron, suspiré y salí. Esto es todo lo que yo puedo contar de aquel negocio.

Ocho o diez días después, por motivos absolutamente ajenos a las operaciones del banco, que atañían sólo a los gastos personales de Pons, el señor Garcés le expulsó de El Día de Mañana, sin indemnización alguna, cuando el proyectista no tenía en su bolsillo más que diez pesetas recaudadas durante toda una jornada tras el mostrador enrejado.

Entre esta fecha y aquella en que el activo personaje tomó la resolución que honrará para siempre su nombre (haya lo que haya de cierto en lo que se dijo después, la resolución era enternecedora) transcurrió un mes. En este tiempo, Jorge Pons atendió decorosamente a su subsistencia cultivando un oficio que en los años de la guerra reforzó en proporción considerable los ingresos de muchos dependientes y oficinistas: escribió cuplés.

Consigno este nuevo avatar del proyectista porque revela la amplitud de sus facultades y, sobre todo, nos muestra su espíritu- saltando hasta la posía desde un Banco Mutual- poseído de una inquietud que difícilmente podrá encontrarse en los hombres de España fuera de aquel agitado período en que se buscaba el dinero por los procedimientos más extraordinarios y el dinero acudía hasta al más trivial de los reclamos. Esto explica también la prodigalidad con que era derrochado, ora en pianolas, ya en gramófonos, bien en automóviles y en fin, escapándose de las manos en despilfarros tan alegres, inusitados y delirantes que hasta hubo cuarenta o cincuenta españoles que acordaron por aquellos tiempos adornar sus casas con otras tantas bibliotecas en las que llegó a haber libros, clara revelación de rastacuerismo que hizo morir de risa a nuestra vieja plutocracia, que siempre supo mantenerse alejada de esas perturbadores frivolidades.

 

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2 Responses to “Capítulo 7”


  1. 1 Parado amancebado diciembre 13, 2009 en 9:26

    Muchas gracias por la actualización y ¡muchas felicidades!

  2. 2 teoriadecatastrofes diciembre 19, 2009 en 18:15

    Gracias, gracias! Esto de la maternidad primeriza y la regularidad friki no es muy difícil de compaginar, pero lo intentaré. Gracias por pasarte por el blog!


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