Capítulo 6

Por aquellos días sufrieron los germanófilos una grave defección. El Faro Iberiense, el diario más modesto y aburrido de los tres con que contaba la ciudad, y que defendía la acción de los Imperios Centrales, se pasó al enemigo con sus tres redactores, sus cinco cajistas, el administrador y siete vendedores callejeros. El tránsito fue tan brusco que causó sensación. Sin que ningún indicio anterior pudiera hacerles sospechar aquel cambio, sus ochocientos lectores vieron con sorpresa una mañana en la hoja que les suministraba el desayuno espiritual grandes titulares que afirmaban que Guillermo II era un monstruo abominable y que sus ejércitos no tardarían en ser aniquilados.

Como no ofrezco estos apuntes únicamente a la efímera curiosidad del lector de novelas, sino que los brindo también a los historiadores que hayan de reconstituir, pasados los años, las memorias de este tormentoso periodo, debo consignar lealmente que no era ésta la primera brusca desviación que sufrían las opiniones de El Faro. Al estallar la guerra, se declaró francófilo, y el director, don Silvino Pérez, pedía todas las mañanas la devolución de Alsacia y de Lorena con tanto ahínco como si tuviese propiedades en aquella comarca y se las detentasen los germanos. Poco tiempo después, coincidiendo con la aparición de unos anuncios de casas alemanas, El Faro separose de la Entente y rindió pleitesía a Hindenmburg. Su justificación ante los lectores fue el arribo al frente de batalla de un regimiento de senegaleses. El Faro declaró adolorido que era incompatible con los senegaleses. La santa causa de la Libertad, la Civilización, el Derecho y las Pequeñas Nacionalidades, no podía admitir, sin denigrarse, la colaboración de aquellos bárbaros de oscura piel traídos a Europa como feroces instrumentales de muerte.

Don Silvino Pérez afirmó, en un alarmante artículo, que las consecuencias de esa colaboración de hombres salvajes en la guerra sería funesta para todo el continente. Varias veces en las equilibradas columnas de El Faro se había llamado la atención de las potencias acerca del “peligro amarillo”. Cuando El Faro se dedicaba a meditar –cumpliendo uno de sus más importantes deberes- acerca del posible fin de la hegemonía europea, tenía la profética visión escalofriante de una irrupción abrumadora de hombres de las grandes emigraciones asiáticas, incontenibles como las avenidas de sus grandes ríos. Veía El Faro juncos chinos cubriendo el mar, acercándose a las playas del viejo continente. Veía hombrecillos de color azafranado saltar por las playas y los cantiles, formando un cordón que había de estrangular a Europa… Veía sus ojos oblicuos, sus bigotes lacios, sus túnicas de seda, sus sombreros en forma de setas, sus largos sables curvos, sus zapatos de punta retorcida…; y en todas las pequeñas embarcaciones había un estandarte en el que se retorcía, temible, un dragón. En estas imágenes recogía don Silvino Pérez todos sus recuerdos de las bandejas y los veladores de laca. Pero su fantasía achacaba gestos aún más terribles a los hombres de cabeza de marfil que habían de acabar con nosotros. ¿Qué ferocidades extraordinarias serían las suyas…? Evocaba los refinamientos de los suplicios asiáticos. Europa incendiada, toda Europa, una hoguera, y las figuritas menudas, de ojos torcidos, brincando entre las llamas, jubilosas, como salamandras vestidas de seda.

Pues bien: el peligro que El Faro Iberiense había denunciado en varias editoriales, amenazaba ya muy próximo. La visión profética del minúsculo diario iba a comprobarse en una fecha no distante. Y éramos nosotros mismos, los hombres de raza blanca, los que abríamos las puertas a las extrañas hordas feroces. Los japoneses ocupaban las Carolinas, donde los españoles vivieron; los negros de África estaban en Orleáns… Venían en calidad de fieras devoradoras de hombres, en calidad de máquinas de matar. Ya estaban en Europa, con sus rostros hocicudos, con sus ojos ensangrentados, con su recio pelo y su prominente dentadura blanca, de antropófagos… Imprudentemente, les enseñábamos los modernos sistemas de exterminio, enconábamos su odio contra el europeo, albergábamos la sierpe junto al corazón…

No… El Faro reconocía haberse equivocado en sus preferencias. La maravillosa raza india, embrutecida y esclavizada por el inglés; y ahora, los senegaleses… No. Ni la razón ni la justicia estaban de esa parte. Entrar los africanos en Francia y salir la simpatía de El Faro por la otra puerta, había sido simultáneo. Bien comprendía ahora que los aliados no esperarían mucho tiempo el fracaso final.

Pero dos meses después, acaso porque en una conferencia secreta, le hubiese convencido el cónsul de Francia, el director de El Faro amaneció con un traje nuevo y las antiguas ideas. Lo de los negros no tenía importancia. Era natural que se escatimasen las vidas de los hombres civilizados y que fuesen llevados a la lucha aquellos para quienes matar y morir constituía la única ocupación honrosa. A El Faro le constaba que los senegaleses se habían ofrecido a intervenir en la grave contienda, llenos de amoroso entusiasmo hacia la metrópoli amparadora. ¡De ellos debía aprender España! ¡Ay de las naciones que no acudiesen a verter sus sangre en la tierra sagrada de Francia en tales horas críticas! Cuando el momento de la liquidación llegase, recibirían el bien ganado castigo aniquilador. Era sonrojante que hasta los senegaleses nos dieran lecciones de cultura.

Después de esto, El Faro tornó a ser germanófilo y a pedir que cerrasen las fronteras y los puertos para que ni un solo grano de trigo, ni una sola mula fuesen exportados a los países beligerantes. Fue en aquel tiempo cuando el señor Pérez se mudó a la calle Larga, abandonando su fétido tabuco de la plaza del Pozo. Don Arístides Sobrido, el director del Colegio de San Antonio, los hermanos Zaera, que poseían un almacén de comestibles, y algunos otros significados germanófilos, habían comparado acciones del periódico. Pero no pudieron impedir el nuevo cambio de ideas sobrevenido cuando, después de negarse ellos a más importantes desembolsos, el señor Pérez les hizo saber que no podían tolerar el empleo de gases asfixiantes ideado por Alemania.

Es justo reconocer que las incesantes vacilaciones de sus preferencias no alteraban la felicidad del director de El Faro, que más bien ofrecía el creciente aspecto de un hombre satisfecho de su existencia. Sus deudores habían perdido la temible categoría de tales, y los tres desdichados que redactaban el periódico cobraban sus irrisorias gratificaciones con insólita puntualidad. Cierto es que el número de lectores disminuía en cada zigzag, pero todavía quedaba un grupo de leales. Un anciano sarmentoso y tullido, de humilde aspecto, aparecía el día primero de todos los meses en las oficinas y entregaba la peseta de la suscripción, recomendando:

-No se olviden de enviarme el periódico. Estoy muy intrigado. Me han dicho ustedes que debía ser francófilo; luego, germanófilo; aliadófilo, otra vez; después, partidario de Alemania… Soy viejo ya; pero sentiría morirme sin saber definitivamente lo que debo pensar de todo esto.

Los otros diarios locales, El Eco y La Gaceta de Iberina, se conservaban invariablemente fieles a sus primitivas devociones. El Eco defendía a los aliados, y La Gaceta hacía suya la causa de los Imperios Centrales. A lo largo de una polémica diaria, había concluido por encenderse también la guerra entre ambos periódicos. Varias veces se habían zurrado sus respectivos repartidores al encontrarse en la escalera de la misma casa; adjetivos incandescentes eran disparados desde las columnas de El Eco a las de su rival, y viceversa. Apretados ejércitos de letras del tipo ocho se lanzaban cada mañana unos contra otros en defensa de los opuestos amores. Y el grueso cañón que era la pluma de Atila tosía cotidiana y formidablemente desde La Gaceta. Atila era un comandante de la escala de reserva que escribía para el diario germanófilo la “crítica” de la guerra. Sabía zaherir a los adversarios, abultar las victorias, convertir las huidas en “retiradas estratégicas”, “rectificaciones del frente” y “cambios de posición”. Cuando los ejércitos de quienes se había declarado protector abandonaban una ciudad, explicaba que no la habían tomado más que para producir “un efecto moral”; disminuía el número de las bajas amigas en todos los partes y aumentaba las del contrario. Su popularidad en Iberina era inmensa, mucho mayor que la del crítico militar de El Eco, que era un simple pasante de notario y firmaba con dos asteriscos. Este caballero utilizaba los mismos trucos que Atila y equivocaba siempre los nombres de los lugares rusos y austriacos que aparecían en la roja pantalla de la guerra, y de los generales alemanes.

En cuanto a los directores de los dos periódicos, habían dejado de saludarse a los seis meses de comenzadas las operaciones, y en Iberina era opinión corriente que en un momento cualquiera ocurriría un choque dramático entre ambos caballeros. Y así sucedió.

Fue el día del banquete de gala en la Diputación, en honor de un presidente que se había enriquecido mucho más que todos los anteriores. El director de El Eco, señor López, se dirigía al salón de la fiesta cuando se encontró con el director de La Gaceta, señor Gómez, que marchaba en sentido inverso buscando un escondite donde dejar a buen recaudo, para recuperarla después, la mitad de un cigarro que estaba fumando. Halláronse frente a frente bajo el dintel de la misma puerta. Cada uno esperó que el paso le fuese cedido. El señor López, al fin, lanzó un despectivo salivazo sobre la butaca que estaba a su derecha. Entontes, dignamente, el señor Gómez proyectó un decilitro de la misma sustancia sobre un cortinón. Después intimó:

– ¡Atrás, gabacho!

Y el señor López, heroico:

-Yo no cedo el paso a un troglodita.

– ¡Cipayo!

– ¡Boche!

Se miraron con ojos llameantes, casi rozándose las narices. De pronto, el director de El Eco lanzó una carcajada burlona.

– ¿Qué?- dijo-. ¿Se ha olvidado usted ya de la paliza del Marne?

El director de La Gaceta fue entonces el que no pudo contener una risotada altiva antes de preguntar:

– ¿Le escuece aún lo de Amberes?

– Por última vez: ¡sepárese!

– Por última vez: ¡paso!

– Perfectamente- rugió- ; vamos a ver, entonces, cuál es el más hombre de los dos.

Y alargando una mano hacia una silla próxima, la atrajo y se sentó ante la puerta. Aun no se había extinguido el golpe con que la hizo batir sobre el parquet, cuando sonó otro igual. El señor Gómez acababa de sentarse al otro lado del umbral, frente a su enemigo, dispuesto a no moverse nunca.

Se dice que estuvieron así media hora, retándose con la mirada, escupiendo, despreciando recíprocamente el peligro de una agresión, insensibles a los ruidos que llegaban del comedor, donde ya había comenzado la sabrosa comida. El caso es que cuando alguien les encontró en aquella actitud irreductible, tuvo que hacer venir al propio presidente para que cediesen en su brava tenacidad. Por entre los hombros de los amigos, que le arrastraban asegurándose que el puré de guisantes ya estaba frío, el señor Gómez lanzó un reto trágico a su rival:

– ¡En Verdun lo veremos, señor mío!

Y su rival, extendiendo un brazo amenazador sobre las cabezas de sus apaciguadores, replicó, con brío semejante:

-¡En Verdun, en Verdun les esperamos a ustedes!

Este impresionante choque entre los dos famosos periodistas fue muy comentado en la ciudad, y Atila hizo una enérgica y transparente alusión a él en su artículo ¡Venceremos a todos!, en el que fue especialmente celebrada su afirmación de que, para discutir “con cierto esbirro de Francia”, era indispensable el uso de la careta contra los gases asfixiantes; diáfana referencia a la ozena que padecía el señor López.

Se ha asegurado que tal artículo señaló la cumbre de las aptitudes críticas de Atila. No es absolutamente cierto. Al menos debe consignarse que el desbordamiento de la admiración popular hacia el valioso auxiliar de Hindenburgo ocurrió cuando el fuerte Douamont cayó por tercera o cuarta vez en poder de las tropas del Kronprinz. Refiriéndose a las enormes pérdidas de ambos ejércitos y alzando –con espíritu extrañamente sereno, casi regocijado- el Ideal por encima de aquel mar de sangre, trazó las vibrantes líneas de su crónica ¡No importa!, tristemente olvidada ya, que entrañaba el más sublime desprecio por la vida humana. Entonces fue cuando se le ofreció un banquete de trescientos cubiertos y se le invitó a pronunciar conferencias en cinco pueblos de la región, donde firmó innumerables abanicos, devoró abundantes manjares y suscitó la curiosidad pública en tan alto grado como si fuera el mismo Kaiser. En Campolirondo del Cid alguien gritó a su paso:

– ¡Viva el vencedor de Verdum!

Y él sonrió; pero, dueño de sus vanidades y esclavo de la verdad, extendió su mano para recomendar calma, y opuso:

– Todavía…, todavía, amigo…

Era un hombre abnegado y tranquilo a quien, a lo largo de los incidentes de una guerra espantosa, nadie vio nunca perder serenidad ni ceder un milímetro de las posiciones que ocupó el primer día. El sujeto de los dos asteriscos también se portó valientemente, y sería injusto quien negase importancia a sus esfuerzos por convencer al mundo de que los franceses eran latinos y los iberienses también. Nunca razonó esta oriundez; pero si sus frases no tenían la fuerte contundencia de las afirmaciones científicas, poseían, en cambio, el irresistible atractivo de las corazonadas. El tenaz escritor modestamente oculto tras las dos estrellitas tipográficas conquistó medio mundo para el latinismo en aquellos años de fiebre. Avanzaba por el mapamundi, incontenible y dominador, y ponía la marca del Lacio, con el hierro –enrojecido de entusiasmo- de su pluma francófila, en todos los rincones de la Tierra. Esto bien vale algo, digo yo. No obstante, en ningún momento llegó a alcanzar la popularidad de Atila.

Atila tuvo en Iberina tanta importancia como Hindenburg y llegó a parecer, no un crítico, sino un personaje de la guerra. Hoy comenta los estrenos teatrales de La Gaceta, y guarda, como recuerdo de las admiraciones suscitadas entonces, seis estilográficas de oro.

En cuanto al hombre de los dos asteriscos, del gran imperio latino que fundó y unió tan trabajosamente… ya no queda nada.

Sí… Algunos tenderos franceses que quieren colocar sus mercancías en Sudamérica, algunos argentinos que visitan París y sucumben al deseo de llamarse a la parte en sus grandezas, hablan todavía de latinismo… Pero pocos…, mal…, sin fe suficiente… Vedijas de una nube que se deshace… Dispersos residuos de lo que debió de ser tan amplio que precisaba el nombre de la raza. Supervivientes, más bien. Como los comanches, los mormones, las ballenas azules, los parches de sebo contra la tos…

 Adelanto del  Capítulo 7

Es cierto que Jorge Pons se hacía pagar el café en la tertulia de don Amaro. Pero no sin dolor de su corazón. Toleraba la generosidad de sus amigos con la melancolía de quien sabe que es víctima de una persecución personal y enconada de la Fatalidad. La principal desgracia de Pons, base de todas sus otras desgracias, era haber nacido español. Muchas veces aseguraba a sus contertulios, con la voz empañada, los ojos fijos en la lejanía, que si hubiese tenido la suerte de nacer ciudadano de Norteamérica o de vivir en un país joven y ávido, como la Argentina, su nombre resonaría en el mundo con el áureo estrépito del de un Morgan o un Rockefeller, de un Stinnes o de Vanderbilt. Conocía las biografías de muchos grandes fundadores de fortunas, y sentía en su interior hervir estérilmente la pujanza precisa para superarlos. Iniciativas diversas que confluían en la aspiración de hallar dinero, brotaban dentro de su cráneo rapado y se hinchaban hasta parecer que empujaban a sus ojos saltones. Era capaz, según decía, de urdir cada veinticuatro horas una idea suficientemente jugosa para enriquecer a un hombre. Pero… en España…, ya se sabe: mediocridad, tradicionalismo… y la terrible timidez del dinero…; no se concibe el crédito personal…; se fía una cantidad sobre un reloj, sobre unas sábanas viejas, sobre una capa en cuyos embozos viven millones de bacilos; pero nadie prestaría una peseta a un hombre que no tuviese otra cosa que una idea genial. ¿Qué se puede esperar de un país donde el propio Banco Nacional toma dinero en sus cuentas corrientes sin pagar interés y lo presta a un alto tanto por ciento y con garantías superiores al valor del préstamo? En la hora de la Revolución, había que llevar a la barra, como primeros responsables del atraso económico de España, a todos los consejeros y gobernadores de este sórdido negocio de judíos, turbio e intolerable.

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